Matilda o cómo emocionar sin ser ñoño
Hoy llovía en la tarde, por lo que mi hija y yo nos pusimos a buscar una película y, aunque en ese momento no lo sabía, saltó la mejor sugerencia que podría haberme hecho Netflix: Matilda. Hacía años que no veía esta película. Apenas la recordaba, sabía que en su momento me gustó mucho, pero era tan pequeña la primera vez que la vi que Dios sabe si realmente sería buena. Fue como verla por primera vez, y ha sido maravillosa.
Cuando era adolescente me gustaba Amélie, como a buena snowflake contemporánea, pero con diez y nueve años me curé de la enfermedad y pude darme cuenta de que en realidad Amélie era un quiero y no puedo que, sin embargo, Matilda consigue a la perfección.
Amélie busca hacer un canto a la vida en base a enfrentar la mediocridad con la belleza de lo que llena el mundo interior de una persona. El problema es que rezuma cursilería, y lejos de obtener como resultado una apreciación de lo hermoso de las cosas, lo que obtiene es una obra presuntuosa y pedante. Y no porque esté técnicamente mal hecha, sino porque se siente forzada, el espectador no fluye con la película, porque la película quiere estar sorprendiéndonos a cada instante mediante los mismos recursos y termina siendo tedioso por repetitivo y ñoño. Algún día tengo que hacer un artículo destripándola. Pero volvamos a lo que nos atañe:
Lo que me encanta de Matilda es que logra a la perfección ese objetivo. Lejos de intentar conquistarnos a través de sentimentalismos, lo hace mediante imágenes grotescas, toscas, se recrea en la fealdad hasta el grado de la caricatura. La película fluye porque no intenta vendernos al personaje de la niña mediante un Mary Sue de “chica especial”: esa niña tiene malicia, objetivos tan normales como estar con otros niños y divertirse, y el fin último de la protagonista es sencillamente salir del infierno familiar. El recurso de la inteligencia está fantásticamente llevado porque en lugar de hacerlo como en tantas películas en las que se hace alusión al destino, en esta película la grandeza de las inquietudes intelectuales de la niña está en que es su vía de escape para poder soportar su vida de mierda. De este modo, no es “súper lista y especial” por un deus ex machina, sino que es una cría que ha logrado por sí misma salir del atolladero. Este componente de esfuerzo y sufrimiento de la niña no se maquilla con esa tristeza trivial que busca sacarte la lagrimilla fácil. Al contrario, se exacerba el horror, se engrandece lo mediocre hasta la absoluta vergüenza ajena que dan la familia o la directora del colegio, y entonces el espectador: ríe.
Monstruos convertidos en bufones y milagros convertidos en cotidianidad: esto es lo que consigue hacer Danny DeVito en Matilda. Por eso Matilda es maravillosa. Es un filme inocente, pero con la picardía de un niño. Adulto, pero soñador de principio a fin.



Un detalle magnífico de la película es que la fealdad y el mal gusto de los antagonistas, tanto de la familia como de la directora, se exalta fundamentalmente al principio. Esos primeros planos, esos ángulos de la cámara para marcar los rasgos más rudos, llega un punto en que no son necesarios pues al ser vencidos a través de sus propios demonios (la ambición en el caso de la familia y la ira en el de la directora) su fealdad es tan obvia, tan manifiesta, por sus propios actos, que ya no es necesario acentuarlo más. Basta con despeinarles, literalmente.
Los antagonistas tienen una obsesión común por los objetos. Ambas casas están plagadas de bienes innecesarios que manifiestan la recreación de estos personajes en su propia bajeza.
Adoro el mal gusto de la familia. Es perfecto. La bajeza moral de los personajes es maquillada a nivel psicológico con un supuesto éxito social que creen tener. Sin embargo, el vecindario entero les repele, la gente del restaurante se avegüenza, llaman la atención constantemente porque quieren alardear de cualidades de las que carecen por completo. Esos colores chillones, esos estampados, las mesas llenas de cristales y figuritas, la comida congelada… Artificio forzado cuya metáfora sublime es que el corazón de la casa es la televisión en el peor sentido que puede tener ese término, y cuya culminación es aquel programa que miran absortos y sonrientes con la boca llena en el que un participante se somete por dinero a una humillación pública.



La casa de la directora es una extensión de sí misma, llena de objetos pesados, grandes, llena de utensilios ruidosos, llena de agujeros, cortes, carente de estética alguna. La única zona en la que hay una muñeca está cubierta de telarañas. La directora es una adulta total, un ser que ha suprimido toda capacidad de disfrute mediante lo bello y sólo obtiene satisfacción mediante el uso de la fuerza. No es una mujer, pero tampoco es un hombre. Es sólo un ser destructor.
Una de los planos que más me gustaron de la obra fue el de las bolas pesadas rodando escaleras abajo, de ahí que lo haya puesto entre las fotografías de este artículo. Ese plano de apenas unos segundos resume a la perfección lo que simboliza la caída de esta terrible persona.
En cualquier caso, el dinero es un factor clave del filme. La familia y la directora son despojos humanos resultado de situar la plata como el único centro de su existencia. Por dinero, el padre de la familia es un estafador. Por dinero, la directora del colegio es una asesina. Todos ellos, rechazan su propio interior, de ahí que todos estos personajes renieguen del afán por la lectura de la protagonista que ha logrado escapar a semejantes bestias gracias, precisamente, al amor por su propio mundo interno. Pero no vayamos tan rápido a decir “oh, qué malo es el dinero. Ese es el mensaje de la película”: ERROR. Fíjate, lector, que gracias al dinero Matilda sale del infierno familiar y gracias al dinero la profesora puede permitirse adoptarla. Creo que aquí DeVito advierte del peligro del dinero, tanto desde el lado del ansia por él como desde su desestimación, pero dejando claro, sin duda alguna, que el amor por el dinero y no por lo que da sentido a la existencia humana deviene en monstruosidad. Se revela aquí un interesante sentido del pragmatismo entrelazado con un gran aprecio por la sensibilidad como gran objetivo de la película.

Por último, quiero resaltar a la niña. La niña es muy guapa, pero no es ese su rasgo distintivo. Es muy inteligente, pero no dice ninguna frase sublime. Es muy sensible, pero no hace parecer burdos a los de su alrededor. Matilda es sencillamente, una niña que ha logrado luchar contra el absurdo humano. Con ego pero sin pretensiones ridículas, humorísticamente, sin dramatismos innecesarios, ella es ayudada por voluntad del que lo desea hacer y ella acepta gustosa y con la sobriedad que requiere el saber estar. Me gusta esta cría porque aún dentro de su ingenuidad propia de ser infantil, sabe del valor del orgullo y de la propia fuerza de su inteligencia, es un personaje con verdadero carácter, no un artificio que se desploma en cuanto lo aislas de las florituras que lo sostienen. Si Matilda fuera real, algún día se convertiría en una gran mujer.
En fin, magnífica película en todos los sentidos. Impecable.
