El (desperdiciado) recurso de la inmigración

Directo desde el Parlamento y dirigida a todos los descendientes de italianos en el mundo, llega el impuesto de 300 euros a todos aquellos que pretendan el reconocimiento de la ciudadanía italiana. Un impuesto que es por lo menos prohibitivo para buena parte de la población, si consideramos el salario medio en América Latina y lo que cuesta el euro.

La justificación de la medida reside — obviamente — en la gran cantidad de trabajo que tienen los consulados, sobre todos los sudamericanos, por el número de personas que pretenden el reconocimiento de la ciudadanía por línea de sangre. El gobierno italiano ya ha decidido recortar los servicios consulares, de por sí ineficientes e inaccesibles, cerrando agencias en varias partes del mundo. Y digo inaccesibles porque hay disposiciones absurdas, como días para conectarse en el sitio y sacar los turnos necesarios para hacer trámites, y horarios reducidos para comunicarse por teléfono.

Siempre tuve la sensación que la negación al acceso de los servicios consulares para adquirir la ciudadanía tenía que ver con ciertas ideas italianas xenófobas y racistas. En Italia existe un gran debate en materia de ciudadanía, que incluye a los que tienen derecho a adquirirla por descendencia. Los hijos de extranjeros nacidos en Italia no tienen derecho a adquirirla por nacimiento dentro del territorio. Se ha planteado ya la necesidad de reformar estas cuestiones, y siempre intuí que de alguna forma las reformas iban a afectar la ciudadanía por ius sanguinis.

No han revocado la ciudadanía ius sanguinis como yo temía, pero sí llega ahora este nuevo impuesto.

En Italia, la figura del inmigrante como aquel que viene a robar nuestros preciados servicios públicos, a violar nuestras mujeres y a ensuciar nuestras calles, es bastante habitual. Como en todo el mundo. Okay, no tengo una estadística precisa sobre la opinión, pero ¿no se cansan de escuchar repetidamente este discurso? ¿No lo piensan un poco ustedes cuando van en un colectivo lleno de inmigrantes?

Una figura un tanto irónica, si consideramos que los italianos emigrantes poblaron el mundo entre los siglos XIX y XX.

Cuando realizamos un análisis y llegamos a conclusiones equivocadas sobre los problemas que tenemos como sociedad, inevitablemente las soluciones que proponemos serán equivocadas. Los esfuerzos que hagamos por resolver los problemas serán inútiles, y el problema entonces continuará.

El tema de la inmigración puede analizarse desde este esquema (y sí, aquellos a los que se nos concede la ciudadanía italiana por línea sanguínea entramos en esta categoría para los italianos. Nunca seremos italianos para ellos). Si pensamos que los inmigrantes son la causa de la crisis económica y/o del colapso de los servicios públicos, restringir la inmigración o controlarla mejorará la situación. Por ejemplo, como ha intentado hacerse a través de la ley Bossi-Fini en Italia en el año 2002.

Y sin embargo, vemos que las cosas no cambian. A pesar de la ley Bossi-Fini, el pakistaní sigue saliendo a vender paraguas los días de lluvia, totalmente sumergido en el mercado informal. Y los africanos siguen llegando a la costa, arriesgando sus vidas y las de sus familias en el intento de cruzar el Mediterráneo. Y en Italia sigue sin conseguirse trabajo.

¿Es necesario reforzar el control? ¿Por qué nuestros problemas no se resuelven? Porque nuestro análisis sobre las causas son equivocados. No existen los extranjeros que vienen a robarnos trabajo o servicios públicos; existen sólo seres humanos en busca de mejores lugares donde vivir.

El inmigrante debería ser visto como aquel que viene a añadir valor a nuestra sociedad. Sea del más bajo nivel educativo o del más alto, toda persona aporta a la sociedad, incluso si trabaja en negro y usa los servicios públicos. Porque la economía es un orden dinámico, que no depende de los impuestos y la disciplina fiscal para sobrevivir. De todas formas, no me adentraré en el tema del funcionamiento de la economía, y mucho menos de los servicios públicos porque es un debate demasiado extenso. Quisiera agregar solamente que la xenofobia y la discriminación, son resultado en parte de ciertas ideas que nos hicieron creer que el progreso es posible sólo en el desarrollo de la nación como un conjunto, y que consecuentemente, los factores externos desequilibran este desarrollo.

Estas ideas ignoran que el hombre migra desde que existe como tal, y que el prefijo “in-migrante” tiene sentido solamente en un mundo donde las fronteras generan divisiones meramente circunstanciales y anti naturales.

Estas ideas radicaron tan fuertemente en los dos últimos siglos, que fueron capaces de llegar incluso a los lugares ocupados por las instituciones occidentales más antiguas. Roma, cosmopolita desde su nacimiento y habiendo sido alguna vez capital de un gran imperio y una vasta red comercial, se ve ahora cooptada por políticos que sólo debaten cómo expulsar inmigrantes e imponer a sus comerciantes mayores impuestos. Cooptada por personas que no ven la potencialidad que significa tener miles y miles de personas solicitando la ciudadanía italiana, sino que prefieren pensar que es una amenaza.

El italiano promedio se queja de que el chino evade impuestos… nuevamente, enfocamos mal la situación: el problema no es que los evada, sino por qué los evade y, sobre todo, porque que usted, italiano, se deja avasallar por impuestos que llegan en algunos casos al 70% de sus ingresos.

Italia — y el mundo occidental — no va a superar su “crisis” hasta que no empiecen a cambiar su paradigma respecto a la inmigración y las libertades del hombre. Los problemas, los diagnósticos y las “soluciones” propuestas serán errados hasta que no adaptemos nuestras formas de gobierno al hecho de que no somos grupos unidos por el interés nacional, sino individuos que tienen derecho a vivir libres. O mejor dicho: hasta que el interés nacional sea ya no considerado un ente cuasi divino, sino simplemente la suma del interés de los individuos.


Originally published at sofiaramirezfionda.wordpress.com on June 10, 2014.