Era domingo

“¿Lo hacemos grande? ¿Quieres hacer ESTO de verdad muy grande?”, le pregunté, como una loca, al policía, armado hasta los dientes. Y entonces cambió su discurso: que si yo tuviera hijos pequeños estaría enojada por el olor penetrante de la marihuana. Le dije que yo esperaba que él estuviera deteniendo el crimen en la gran ciudad, no hostigando a una bola de adolescentes con un churro, que para ese punto ya estaba desaparecido. Sabemos que, de haber podido, los hubiera sobornado y criminalizado.

Media hora después de un “diálogo”, se retiraba con los dedos llenos de anillos de oro y una certeza: tarde o temprano alguien más levantaría una denuncia. Y vendría a hacer lo suyo.

Abracé a mis vecinos y les dije que cualquier cosa me llamaran. Este es el mundo que les dejamos. Yo de por sí ya traigo mis propias muletas como para juzgar al ajeno.