Salí, expulsada de la casa de un conocido, intoxicadísima. De esas veces que no tienes ni idea de cómo seguir. Caminé y como bruma está el hecho de que no quería llegar así a mi casa.

-¿Cuánto cobras? -me dice un conductor de un coche blanco, del que no distingo nada, solo su voz agresiva.

Le digo que chingue a su madre, y me quedo quieta. No puedo correr. Me dice que estoy horrible, que ya me suba. Que cuánto le cobro por coger. Que pinche gorda. Que me suba ya. Se va poniendo más violento. Le digo que se vaya a la verga. Y siento, por dos segundos, que me va a subir de los cabellos y jamás se va a saber de mí, viva.

Me quedo quieta y sigo escribiendo en mi teléfono (después veo esos mensajes. En ninguno pido ayuda, porque es mi culpa. Yo soy culpable de todo, ¿no?). Me insulta y se va. Llega otro coche y se repite la escena, pero ya no respondo. Le marco en pánico a una amiga, me guía para pedir un uber y para llegar a mi casa: no te duermas, me suplica. No lo hago, trato de hablar poco para verme lo más normal posible. Pero es obvio que no puedo verme normal. No es ni la una y yo empiezo a tener más miedo.

Pido el uber, al día siguiente veo que llegué caminando a la Zona Rosa de la Juárez. Llego a mi casa a salvo, mi amiga cuelga el teléfono cuando sabe que estoy en mi cama. Al día siguiente llego tarde al trabajo, 11:40 am.

Pero casi oigo a la gente decir que por eso nos matan. Que nos lo merecemos. Que todo lo provocamos. Y mi única respuesta que tengo para todas es que debemos tener una persona que sea capaz de ayudarnos cuando estamos en problemas. No más. No importa que te hayan corrido de la casa en donde bebías o que te pasaste de tragos. Encuentra a alguien a quien le importes lo suficiente para que te guíe a casa y recurre a ella. Y abrázala cuando puedas, porque el pinche mundo es un horror.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.