Definiciones del arte

Siete manifiestos en potencia para una era sin vanguardias

Edward Tufte, Art is Art And Everything Else Is Everything Else

¿Qué es el arte?

He ahí una pregunta célebre. Otras han tenido su momento y se quedaron sin aire, o bien se vieron aplacadas por una respuesta tolerable, pero esta insiste con perseverancia abrumadora. Como un zombi, siempre se pone de pie y ataca de nuevo. La hemos escuchado tantas veces, formulada en contextos y con intenciones tan distintas, seguida de tan variadas afirmaciones, que probablemente nuestra primera reacción sea un cierto hastío: un impulso urgente de pasar a otra cosa. Una fatiga proporcional a nuestro grado de participación en el campo artístico, y por ende, a la cantidad de veces que nos la hemos llevado por delante. Una vaga irritación que se parece a la que provocan otros interrogantes igual de estériles y pretenciosos, como la inquietud adolescente por el sentido de la vida.

Durante el siglo que pasó las vanguardias se ocuparon de poner en escena esa pregunta con tal tenacidad, de atacarla una y otra vez con instrumentos de tan variada forma y filo, que ha quedado agotada, como un reloj blando de Dalí, incapaz de forma o consistencia alguna. Sacarla del archivador y ponerla sobre la mesa es un gesto ligeramente indecoroso, que requiere una dosis de coraje y explicaciones que lo justifiquen, al menos en círculos profesionales. Sólo la esgrimen con desenvoltura quienes recién se inician en los misterios del arte, o legos que todavía se escandalizan porque tal o cual cosa fea se presenta como obra.

El fastidio de los enterados es, a fin de cuentas, una especie de respuesta. Al menos en el sentido de una reacción, y con suerte en el sentido budista de algo tan verdadero que no se puede decir con palabras. El hecho cierto es que, a esta altura de los acontecimientos, la pregunta por el arte sólo puede tener por respuesta una indefinición.

No hay cuestión allí. Pero tampoco debería haber clausura o liquidación. El peligro de esta conclusión inevitable es que la indefinición sea indiferencia: encogimiento de hombros y me-da-igual. Es decir, un vacío conceptual, un lugar sin pensamiento. Sin embargo, decir de cierta cosa que es arte todavía es decir algo. O bien, si lo decimos, lo decimos para algo. La categoría de arte, aunque inasible, es necesaria. Llamar arte a una cosa, o mostrarla en el lugar del arte, es proponer algo. Una idea del arte es una idea del mundo.

Sin algún tipo de tensión con la pregunta por el arte, la labor artística se vuelve una acción sin concepto — una actividad ciega que tiende a quedar en un sitio peligrosamente cercano de la lógica capitalista de la producción como fin es sí mismo. Entonces se cumpliría la profecía tantas veces augurada de la disolución del arte en otros sistemas de producción simbólica, como el diseño, la publicidad o la decoración, y ya no tendría sentido usar la palabra, más que como gesto retrógrado o nostálgico de evocación de una tradición muerta.

Por suerte existe la posibilidad de mantener viva la indefinición del arte como el tema de un debate incesante, o como la consigna de un juego que se ejecuta en las obras y en todo el aparato institucional y discursivo que las rodea. “Qué es el arte” es una pregunta imposible pero indispensable. Tal vez no esté mal, a fin de cuentas, que tenga esa capacidad inagotable de retornar. Tal vez no sea un zombi sino un fénix: en lugar de negarse a morir, renace cada vez a una vida nueva. Debe, entonces, insistir — pero como se resiste a alojar una respuesta, ha de hacerlo bajo la forma de la multiplicidad. Se transforma en la pregunta por los artes.

Me parece necesario que los productores, pensadores y gestores asociados al campo del arte consideren el menú de alternativas existentes y posibles en esa multiplicidad, y que tomen posición. Es decir, que propongan un arte. Hacer, pensar o mostrar una obra sería, entonces, poner ante todos una determinada visión del arte y, por consiguiente, del mundo.

Para unir el ejemplo al concepto, y como gentileza hacia los aspirantes a artistas que todavía están considerando qué ha de ser el arte para ellos, van aquí un puñado de definiciones posibles — apenas una muestra, tal vez el semillero de una colección potencialmente infinita de artes, que podrían catalogarse con cierto orden, o al menos criterio estético, como mariposas en la vitrina de un gabinete de coleccionista.

El arte como excepción
o el arte como diseño de una situación singular
El mundo es un múltiple de cosas mayormente comunes, es decir, producidas en serie, replicadas sobre los mismos moldes una y otra vez, agotadas por la repetición.
El arte es, entonces, la ruptura de esa continuidad de lo mismo, bajo la confianza de que lo extraordinario es posible.
Lo singular no es necesariamente la obra en tanto cosa, sino la situación artística: puede tratarse de un objeto cualquiera en un contexto desusado, de un conjunto de cosas banales en una disposición o cantidad extraordinarias, de un cambio de escala que transforma lo ordinario en asombroso, etc. Son recursos variados para recuperar, tal vez, el carácter aurático de la obra de arte como cosa excepcional, el sobrecogimiento propio de la experiencia artística, trabajando a la vez con materiales ordinarios para reclamar contemporaneidad. Se trata de volver asombroso lo banal, de encontrar el punto de belleza o de sublimidad que se esconde en la trama regular de las cosas que nos rodean.

El arte como simulación
o el arte como diseño de un sistema experimental
El mundo es una multiplicidad sin ley: un caos del que nos vemos forzados a hacer sentido todo el tiempo, pero en el cual todo sentido posible es contingente y variable — muy en especial, el que dictamina el orden establecido.
La obra artística es entonces la propuesta de un orden posible de la experiencia sensible. Un experimento temporario y acotado, una hipótesis puesta a prueba, un como si.
La simulación se propone en general bajo la forma de un conjunto de reglas, y se efectúa como un experimento social, un juego colectivo, una economía alternativa, una micro-nación, una comunidad virtual u otra figura de regulación de los intercambios entre un grupo más o menos abierto de participantes en el proceso. La obra no es una cosa, sino algo que se produce entre los elementos de una multiplicidad que se pone en movimiento, con resultados siempre inciertos.

El arte como evidencia
o el arte como producción de pruebas
El mundo es esencialmente misterioso: una reunión de apariencias engañosas, una ficción muy elaborada, o el sitio de una vasta conspiración.
La obra es un rastro de la realidad oculta tras el velo de la ilusión o la mentira. Hay que aproximarse a ella en un estado de sospecha, con el ánimo de un investigador en la escena del crimen. Es un trozo de verdad, de aquello que, siendo lo más importante, se encubre; y que hay que reconstruir laboriosamente a partir de los indicios disponibles.
Se trata de un estado de ánimo vecino de la paranoia, que pone al arte en el lugar de un lenguaje marginal que permite la comunicación más o menos clandestina de quienes pueden entrever el revés de la trama, las fuerzas invisibles que realmente mueven al mundo.

El arte como artesanado
o el arte como reunión de la idea y de la ejecución
El mundo está organizado en base a una división social del trabajo: están los que tienen ideas y los que las materializan, los que planean y los que llevan a cabo los planes. Las alternativas son excluyentes: o bien uno hace lo que otro dice, o bien otros hacen lo que dice uno.
En ese contexto, ser artista es conservar el raro privilegio de hacer lo que uno dice, de ejecutar la propia idea, de mantener unidas las manos a la cabeza. La sociedad post-industrial crea distancias cada vez más grandes con el mundo real, organizaciones productivas más enrarecidas y dispersas, nuevos refinamientos de la alienación. El arte es el último reducto del oficio del artesano, de una intimidad con la materia y una autonomía del ciclo productivo que se vuelve una forma de resistencia: un testimonio, tal vez un poco anticuado, de que hay otra forma de vivir.

El arte como idiolecto
o el arte como forma pública de hablar solo
El mundo es un lugar agobiado por la comunicación: la multiplicación de los medios tecnológicos y el imperativo de expresarse resultan en una saturación que ahoga el sentido, un ruido paradójicamente aislante.
La necesidad de abreviar, simplificar y volver entendibles todos los mensajes, la permanente puesta en común que impone un modo de vida hiper-conectado, atentan contra la posibilidad de tener algo propio que decir, o de tener siquiera tiempo de pensar lo que se dice.
El arte es el único lenguaje que puede sustraerse al mandato universal de la inteligibilidad, y que puede presentarse como una comunicación incomunicante, como un lenguaje que sólo entiende el propio autor, como diario íntimo o chiste privado. Es un soliloquio despreocupado de su audiencia.
Hay en esto algo de confesional u obsceno: se trata de hacer público un acto de introspección, una obra para una audiencia de uno, que sólo de manera azarosa, incontrolable y seguramente imperceptible puede entablar una vínculo real con algún otro, que se reconozca de pronto a sí mismo en esa escena que se le ha invitado a espiar.

El arte como corrección
o el arte como obra de bien
El mundo es, en resumen, el lugar donde las cosas están mal: un orden signado por la injusticia, la explotación, la discriminación y otras formas del abuso de poder.
En tal contexto, el arte sólo puede ser una actividad de mejoramiento, educación o denuncia. En otras palabras, sólo tiene sentido en la medida en que contribuye, directa o indirectamente, a que vivamos mejor, hagamos oír nuestra voz, cuidemos el medio ambiente, nos entendamos los unos a los otros, etc.
El artista adquiere según el caso el papel de un periodista de denuncia, un facilitador de procesos de cambio, un vocero de los desposeídos, un aliado intelectual de minorías excluidas del saber, un guía de culturas exóticas, o un profeta del apocalipsis. Es, en general, una persona comprometida con su tiempo y su contexto que, en la estela del “arte político”, se propone que su arte tenga efecto en el entorno social en que se inserta, y encuentre de ese modo su sentido y su razón de ser.

El arte como artefacto
o el arte como ejercicio del exceso
El mundo está completamente atrapado en la lógica capitalista de la producción, y por ende cada parte de nuestras vidas está orientada a un fin que es en sí mismo un sinsentido (un fin sin fin).
El arte sería un intento, que no deja de resbalar en su perpetuo fracaso, de sustraerse a esa lógica. Apela para ello a las categorías de lo inútil, lo excesivo, lo artificioso, lo obsceno y lo absurdo. La medida de su eficacia es el desconcierto y el shock. Su misión es la ruptura de la continuidad homogénea de la vida para habilitar el ingreso de otra cosa, aunque en general no se pronuncie sobre qué sea esa cosa. No se trata tanto de proponer órdenes alternativos como de desarticular el existente.
Bajo este signo, el arte quiere ser una excrecencia sin lugar en el sistema: no integrarse. Como un tumor o una malformación. La contradicción esencial es que el sistema no deja de integrar y de volver mercancía a todos los gestos de ruptura que tienen algún éxito, en una suerte de carrera armamentística que demanda apuestas cada vez más extremas — o un cinismo que acepta la derrota de antemano.

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