Ensayo sobre las bases de una ciencia social (I)
La pérdida del patrimonio cultural es una de las cosas más tristes que pueden pasar, ya que el pasado perdido no se recupera. De todas maneras, la conservación del pasado en la época actual está en manos del Estado y quizá no hay nada peor que el Estado para la conservación del patrimonio. El Estado es algo frío, impersonal, a quien le importa su subsistencia más que los seres humanos, es un aparato burocrático que no sabe distinguir realmente entre el bien y el mal. Sólo el pensamiento puede hacer esa distinción y ponerle un límite a la bestialidad natural de los Estados modernos. Sin embargo, el pensamiento de los individuos forma parte de un sistema que desnaturaliza a su vez el pensamiento. Un individuo, por más que por un esfuerzo casi sobrehumano de pensamiento y voluntad, pueda resistirse a la influencia cultural impuesta por el Estado, no puede sin embargo quebrantar ese sistema, pues él lo alimenta y vive de todos modos de él. El Estado es como una bestia que sólo puede ser domada, pero no cambiar su naturaleza, pues jamás poseerá la capacidad de pensamiento. Así pues, es un mal necesario (por eso el ideal anarquista es absurdo). Una ciencia social sería aquella capaz de proporcionar principios para dominar a la bestia estatal. No existe tal cosa. Marx por ejemplo, notó muy bien la naturaleza burocrática y animal del Estado moderno, pero solucionó artificialmente el problema, no por la constitución de una ciencia social, sino por la fantasía de la desaparación del Estado tras una revolución política, debido a algo parecido a una providencia histórica que lleva sus movimientos de la menor a la mayor perfección. Así se puede justificar toda catástrofe histórica o todo acontecimiento penoso, así se puede tener compasión por la desgracia sin realmente tener compasión. Lo que pasa es que el pensamiento, incluso el de los materialistas, está dirigido hacia algún bien siempre, por más fantasioso que sea, de otro modo se volverían literalmente locos. Así que la idea de providencia histórica común no es más que un producto de la necesidad de finalidad del pensamiento dirigido hacia un bien. Pero ya Platón decía en una de sus sentencias más insondables que existe una diferencia infinita entre la naturaleza de la necesidad y el bien. De ahí pues podemos suponer, como también supone él mismo que realmente existe otra concepción de la providencia procedente del bien, pero no de la necesidad. En el Timeo complementa dicho pensamiento diciendo que la necesidad se subordina al bien por una persuasión divina. La providencia divina entonces, desde este punto de vista es concebida como la dominación del bien sobre la necesidad, pese a su infinita diferencia; pero esa dominación es secreta. Mientras que la necesidad domina todo lo material, la necesidad está a su vez dominada por el bien. Un ejemplo para percibir lo que se dice: imagínese una ola que sube y sube sin parar, la fuerza de la ola sólo encuentra su límite en la relación matemática o necesaria que domina sobre la materia, pero es invisible, como la matemática. Lo que vemos son las olas que por más desastrosas que sean encuentran un límite invisible. Así pues, se concibe un tipo de providencia invisible que pone un límite al mal. Este tipo de concepción de la providencia histórica implica que lo visible por lo general es la fuerza bruta de la materia sometida al rigor de la necesidad. Pero al estar sometida la necesidad al bien, todo lo brutal y malo en la historia obedece indirectamente al bien. Lo que obedece directamente sería la providencia propiamente dicha, pero como en el caso de las olas, sólo es visible invisiblemente. San Pablo decía que la fe es la visión de lo no visible. Se puede así enlazar sin mucho esfuerzo la noción de providencia directa de Platón y de San Pablo, pese a que a mis ojos, la diferenciación entre lo que podemos llamar providencia directa e indirecta aparece incluso más clara en Platón que en San Pablo. Como sea, lo que sobrevive a la historia es por lo general el mal, debido a la aparente omnipotencia de la naturaleza material, salvo algunos puntos de luz que proceden directamente del bien, como el límite de las olas. ¿Por qué sólo algunas cosas buenas sobreviven y no otras? Ese es el misterio de la providencia directa, sin embargo comprobado experimentalmente, pues es posible ver que pese a la aparente omnipotencia de la fuerza en la historia, hay puntos de luz. Desde el punto de vista indirecto todo está perfectamente bien por el sólo hecho de suceder. Desde el punto de vista directo, diríamos se reconoce al árbol por los frutos.
Pero eso no quiere decir que desde el punto de vista directo sea lo mejor lo que sobreviva tampoco, lo mejor puede perderse, los mayores genios, héroes o santos pueden ser anónimos, incluso para sí mismos y más para el mundo. Si llevamos al extremo la expresión de San Pablo, incluso habría mayor valor en amar el bien desconocido que el bien conocido, sin excluir que el discernimiento del bien en la historia sea una tarea de primera importancia, pues de todos modos, pese a que la comprensión de algo es un don, la educación es producto de una transmisión cultural, y no existe educación adecuada si no existe discernimiento del bien. Así pues es preciso concebir y diferenciar estas dos formas de providencia para la posible constitución de una ciencia social. Pienso que no hay peor concepción como el de la historia directamente dirigida sea por un espíritu o por la materia, pues entonces todo mal puede ser justificado por una compensación futura imaginaria. La noción indirecta permite comprender sin resolver el problema social, pero al menos permite ver el problema sin solucionarlo de forma ficticia. La noción directa, proporciona no una solución pero sí límites y puntos de apoyo.