La primera vez que fui al cine


Cuando era un niño de 10 años, en vacaciones de invierno, se estrenaba una película: El rey león. A los chicos del barrio, cada vez que llegaba la magia de Disney a los cines porteños, la alegría nos inundaba el cuerpo. Desde el primer avance por televisión, comenzábamos a pedirles a nuestros familiares, no importaba a cuál, que nos llevaran a verla. Para que las probabilidades de una negativa, fueran menores, realizábamos cualquier actividad doméstica; los adultos se darían cuenta de lo “buenos” niños que éramos. En esa época, para poder ver un estreno, se tenía que asistir al cine; la espera hasta que se emitiera en la televisión por aire (si es que lo hacían) resultaba eterna. Disfrutar de algo de lo que todos ya hablaron y muchos olvidaron, pero que uno, por faltar a la gran cita del cine Los Ángeles, nunca quiso dejar atrás ni guardar en el baúl de la omisión. Luego de una semana de insistir hasta el hartazgo, Elba, mi abuela Elba, “mi madre”, con infinita ternura y compresión, aceptó llevarme; ¡la diplomacia había triunfado! Antes de salir, mi abuela se vio bombardeada por un aluvión de besos que impactaron en su rostro; mis cortos brazos trataban de rodearla, sujetarla con fuerza, creyendo que la potencia del abrazo era directamente proporcional al cariñó que yo sentía; cuanto más apretara, más rápido se daría cuenta de mi gratitud.
Llegamos a las tres de la tarde. La esquina de las avenidas Corrientes y Callao desbordaba de padres e hijos que aguardaban a que se abriesen las puertas del cine Los Ángeles; la fila se extendía hasta la mitad de cuadra de Callao. No era raro que aconteciera semejante colorinche de campera, gorro, sobretodo y guante: los miércoles, históricamente, fue el día en el que la entrada se encontraba a mitad de precio. Los pibes corrían y gritaban de un lado a otro; los padres sólo gritaban. Nos ubicamos al final de la estridente hilera de almas humanas. La impaciencia me gobernaba; un reflejo de excitación recorría mi cuerpo; saltaba como si un choque eléctrico me sacudiera desde el huesito dulce hasta la nuca. No lograba dominarme: el día en que vería la animación de mis sueños, había llegado. La fila se movía a paso lento; la distancia hacia mi Tierra Santa se abreviaba. En el camino, mi abuela me aconsejaba sobre cómo actuar ante algún probable problema dentro de la sala; ella no iba a entrar: a pesar del descuento, nuestra economía estaba en plena guerra. Llegamos a la puerta; mi abuela se despidió con un beso y más consejos; no presté atención, sólo quería pasar a la sala. Subí corriendo la escalera al cielo, con la entrada en la mano y una sonrisa amplia; el hombre que las cortaba hizo su trabajo con la mía. Corrí por los pasillos en busca de la mejor ubicación en el centro. Me lancé de cabeza sobre una butaca; me quedé quieto unos cinco segundos, mientras que por mi mente pasaban todo tipo de reflexiones acerca del éxito de estar frente al paredón blanco. Me saqué la campera, los guantes y el gorro; los hice una gran bola y la tiré al piso. A mi alrededor, los pibes todavía gritaban y corrían; los padres no sólo gritaban sino que, ahora, caminaban con celeridad golpeando con fuerza el suelo a causa de la inclinación del pasillo. Poco a poco, se callaba el trajinar de padres e hijos. Aún antes de que comenzara la película, los adultos tenían cara de aburrimiento. Sobresalía, de la quietud de la sala, la voz de los vendedores. Saqué mi arrugado billete de un peso, pedí dos cajas de maní con chocolate: uno de los mejores manjares para ver una película. Si uno evalúa en la distancia, no existía mejor situación que esa a mi corta edad. Cuando las luces comenzaron a apagarse, se produjo un tenso espasmo de concentración seguido, al instante, de un reposo inducido por el chisporroteo de los parlantes y el comienzo de la proyección en fílmico. Tenía la mente alerta, los nervios tensos, vibrantes. Se producían los últimos cuchicheos: los que deseaban toser, tosían. Las luces se apagaron completamente; la única iluminación era la del proyector contra la gran pantalla blanca.
Lo primero que vi fue el sol del amanecer que ilumina a los habitantes de la planicie. Cada animal se mueve con alegría y rapidez a un llamado: el del rey de la selva, Mufasa, el león de abundante melena color ladrillo, que los mira con orgullo desde su alto pedestal. Me sumergí en un universo maravilloso: los colores brillantes, vivos; la armonía de El ciclo sin fin, ritma y complementa el movimiento dibujado. Años más tarde entendí, que esa sensación es, simplemente, meterse en una película más del “mágico mundo de Disney”: el color refleja el ánimo de situaciones dramáticas o cómicas, el diálogo carece de importancia y la música funciona como parte indivisible del film.
La secuencia de los primeros cinco minutos cambió mi forma de concebir un dibujo animado. Sentado firme, con la vista y el oído sobre estimulados por lo que veinticuatro cuadros por segundo me ofrecían: una historieta moviéndose a gran velocidad, sin tiempo de reacción. En mi cabeza se disparaban resortes e impulsos que me convencían de que lo que veía era real. En el pedestal que se erguía por sobre la cabeza, incluso de las jirafas, se hizo la revelación en sociedad del joven príncipe de la selva: Simba. El viejo Rafiki (que en la lengua swahili significa amigo), gran chamán y sacerdote supremo de la tribu, bautiza al futuro jefe con los frutos de la tierra. Lo alzó en sus brazos, lo presentó; el tótem animal de los cielos se abrió paso entre las nubes y dio su bendición definitiva, cerrando el rito de iniciación.
Pasados 30 minutos de película, la muerte de Mufasa transforma el encantador hechizo en una terrible maldición. Scar, hermano menor de Mufasa, personaje sin escrúpulos, haría cualquier cosa por llegar a ser rey. Le tiende una trampa que desencadena su muerte; sobre mis mejillas caían lágrimas. Ese gran león, que miraba desde lo alto y respetaba el ciclo de la vida, comenzaba su viaje a las estrellas, desde donde observaría el destino que iría forjándose su propio hijo. A su lado, el joven Simba, creía que su padre dormía tendido en la hierba. Trató de despertarlo, como en ocasiones anteriores, pero no hubo respuesta. Aún no concebía qué era la muerte. Yo tampoco sabía. Desconocía, en concreto, qué significaba. De niño, uno exclamaba: “¡Me quiero morir!”, pero nunca en sentido literal, por eso sería la primera vez que me impactó, sufrí y lloré. El pequeño cachorro se siente culpable, primer sentimiento que se instala en nuestro cuerpo cuando se le apaga, a un ser amado, la llama de la vida. Culpa… culpa por haber sido incapaz de hacer más, incapaz de evitarla. Esa escena me pegó en lo más insondable de mis emociones. Peor aún que la vez en que, el gordo Martínez, me dió una patada en las pelotas, en la clase de gimnasia. Mucho peor. Porque aquél había sido un dolor físico que, en caso de recordarlo, no te vuelve a doler, en cambio, este dolor intangible volvería con igual intensidad cada vez que lo rememore. El problema era que yo proyectaba en lo que veía, mi propia realidad, mi propia vida. Imaginaba qué sería de mí si perdiera a mi abuela. No terminé de hilvanar las ideas que golpeaban mi corteza cerebral cuando, Simba se acurrucó debajo de una de las patas de su padre muerto; no logré contenerme y exploté en un llanto mudo de proporciones astronómicas. Cuando miré hacia los costados, los otros espectadores, inclusive los que antes estaban gritándose, ahora lloraban tomados de la mano.
Por suerte para nuestros ojos, secos de tanto llanto emotivo, Simba debió huir; el malévolo plan de Scar, incluía el alejamiento y posterior muerte del único heredero al trono. Luego de correr extensos kilómetros, por sobre las afueras del reino de su padre, perseguido por los fantasmas de la culpa, Simba se encuentra con dos grandes personajes: Timón y Pumba. De ese encuentro surgen dos palabras que quedarán por mucho tiempo en la sabiduría popular: Hakuna Matata; la traducción sería algo así como No (Hakuna) problemas (Matata). Estos dos personajes consiguieron enseñarle a Simba cómo olvidar los males que lo aquejaban. Un rock ‘n roll suave, con letra pegadiza y divertida, desvaneció el sentimiento de dolor y pérdida, inducido por la misma película minutos atrás. A Simba lo sedujo el nuevo estilo de vida; todos los espectadores fuimos seducidos por una vida sin complicaciones, sin tener que sufrir, ni andar pensando en los problemas, que más allá de arreglarlos, sólo nos sumergen en una constante depresión. Al final de la canción, tanto Simba como el público de la sala, estábamos metidos en un viaje que nos alejaba del pesar anterior.
Luego de varios minutos de hedonismo, de placer perpetuo, la historia se resolvió de manera similar a Hamlet: el padre muerto le recordó al hijo quién era; Simba regresó a recuperar el trono que le correspondía, luchó contra su propio tío, y reinó la paz en el reino. Pasó muy rápido el final de la película; me había aburrido un poco, y el típico final de “y vivieron felices por siempre” era algo ya visto.
Terminó la película; salí del cine buscando a mi abuela: no la veía. No quise moverme, temía que si ella apareciera, no pudiese encontrarme. Miré hacia todos lados, tratando de divisar el abrigo marrón claro que estaba usando. La cantidad de gente comenzó a molestarme, a aturdirme con sus gritos, necesitaba poder pensar y recordar qué me había dicho mi abuela cuando subía las escaleras. No había caso: los padres me empujaban, los pibes gritaban a centímetros de mi oído. Me senté en un costado, en las escaleras. Traté de ordenar mis pensamientos, concentrándome para que las últimas palabras de mi abuela alcanzaran la superficie de mis recuerdos. Luego esos pensamientos se desfiguraban en hipótesis sobre qué pudo haberle pasado a mi abuela y cuál sería mi destino. La imaginaba atropellada por un auto, tendida en el asfalto de la avenida Corrientes. Yo me quedaba solo, viviendo en un caño, como Hijitus, pero sin sobrero mágico. Me puse a llorar por la angustia de ese futuro que me aguardaba. Salí a la calle creyendo que tendría que huir. Enfilé para la esquina, caminé unos diez metros y la esquina se iluminó: mi abuela fumaba un cigarrillo de espaldas al viento. Corrí el trecho que nos separaba, salté y la abracé como nunca en mi vida. La apreté tanto que, supongo, algo le habrá dolido. Me preguntó por qué lloraba; me hice el valiente y le dije que me había entrado mugre, que eso de llorar no era para mí. Sonrió, me dio un beso y me dijo: “Te avisé que te esperaba en la esquina”. La tomé de la mano y nos fuimos caminando. Desde aquel miércoles, la muerte de Mufasa y la generosidad de mi abuela, siempre me van a seguir haciendo llorar.

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