Esta es una traducción de un artículo basado en una entrevista que realizó Ena Miller a Sylvia Mac (pueden visitar su blog https://www.lovedisfigure.com/ o su cuenta en Twitter: https://twitter.com/LoveDisfigure) y la pueden escuchar siguiendo este enlace http://www.bbc.co.uk/programmes/b090vd77 o leer el artículo original en: http://www.bbc.com/news/magazine-40862546 Una historia realmente inspiradora de fuerza y lucha.

Clémence Delorme

Mi cicatriz y yo: tardé 45 años en amar mi cuerpo.

Sylvia Mac se pasó casi toda la vida tratando de ocultar las extensas cicatrices que le cubren el cuerpo, el legado de un accidente que sufrió en la infancia. En este artículo explica por qué, a los 48 años, decidió que ya era tiempo de dejar de esconderse y salir a la luz.

No hay ningún lugar de mi cuerpo, aparte de mi rostro, que sea normal.

Las quemaduras empiezan en el cuello y me llegan hasta la zona lumbar, y luego siguen alrededor de mi panza y sobre mi pierna izquierda. Y en el resto del cuerpo tengo agujeritos de pinchazos, en los brazos y piernas, que es de donde extrajeron la piel.

A los tres años, sufrí quemaduras muy graves de tercer y cuarto grado.

Mi mamá estaba hirviendo agua en ollas para bañarnos. Volcaba el agua en cuencos y luego ponía los cuencos en el piso de baño.

Mis hermanos y yo estábamos jugando cuando entré corriendo al baño y cerré la puerta. Nos habían dicho que no entráramos ahí. Entré y mi hermana empujó la puerta, y entonces caí de espaldas en uno de los cuencos con agua hirviendo, lo que me causó quemaduras muy graves.

En la casa, se desató el caos, el griterío… entré en shock, tuve un ataque. Luego llegó la ambulancia.

Reunieron a mi familia y les dijeron que no pasaría de esa noche.

Me bautizaron y me dieron la extremaunción.

Lo siguiente que recuerdo es yacer en el hospital, envuelta en vendas desde las axilas hasta la cadera, y un dolor constante.

Cada vez que iba al hospital, me tenía que desvestir de la cabeza a los pies, pararme en una cama y dar vueltas para que me inspeccionaran la espalda y el resto del cuerpo, mientras todos los estudiantes de enfermería me miraban. Me causó pesadillas.

Me sometí, probablemente, a cientos de cirugías.

A medida que crecía, mucha gente le decía a mi mamá: «¡Es hermosa! Qué linda es».

Pero siempre pensaba «¿Por qué dicen que soy hermosa? Es mentira. Debajo de la ropa estoy quemada».

Siempre me sentí fea, lo que me afectó mental y físicamente.

Los chicos que decían cosas como «bruja» o «piel de reptil», eran despreciables. Me decían que nunca iba a tener novio, o casarme, o tener hijos. Mostrar la espalda siempre iba a ser algo negativo.

Me encantaba ir a nadar, cuando estaba en el agua, me sentía en otro mundo, era genial. Pero me aterrorizaba que la gente viera mi cuerpo. Cuando todos salían del agua, yo esperaba a que hubieran ido a cambiarse y salía a hurtadillas.

En la escuela secundaria, había una profesora de educación física que determinó que todos nos ducháramos al final de la clase. Teníamos que hacer filas envueltos en toallas.

Cuando me acerqué a ella, le supliqué: «Por favor, no me puedo bañar, no puedo». Me arrancó la toalla y me empujó a la ducha. Todos me miraban, fue horrible, sentí que todos se reían de mí.

Más tarde, mi papá quiso que me uniera al club local de natación. No sé si lo hizo con la esperanza de que me ayudara a abrirme y conocer gente, pero la verdad es que fue bastante doloroso.

Nunca gané una carrera para que nadie me tuviera que mirar si salía primera.

Siempre evitaba que me tomaran fotos, incluso las fotos escolares, así que es difícil encontrar fotos de mi juventud. A veces, me volvía un poco paranoica y pensaba que la gente me estaba sacando fotos incluso cuando no era así.

Había muchas cosas que no podía hacer: no podía rendir exámenes o ir a entrevistas de trabajo porque tenía muy poca confianza y la autoestima muy baja, y no me daba cuenta por qué estaba tan triste y deprimida.

Era casi como si estuviera encerrada en un caparazón y no pudiera salir, y la gente jamás me escuchaba.

Durante mi adolescencia, a veces pensaba «voy a pararme enfrente de aquel colectivo y terminar con mi vida».

Si miro hacia atrás, no puedo decir que haya sido culpa de mi madre. Pero hubo veces en donde me desquité con ella.

Llegué a un punto en el que atacaba a todos a mi alrededor, era el único modo en que podía lidiar con mis emociones. Llamaba por teléfono a la gente, a mi hermana, por ejemplo, y era muy grosera con ellos, me comportaba de manera infame, horrible.

Las relaciones me resultaban muy difíciles. Cuando salía a bailar con mis amigos, bailaba con chicos, me pasaban la mano por la espalda y me susurraban: «Qué bien, te pusiste un corsé».

Podían sentir las quemaduras, eran como sogas, todavía lo son. Así que yo me alejaba.

Más tarde conocí a un muchacho muy agradable y no pudimos parar de hablar en toda la noche. Le conté acerca de mis quemaduras porque me sentía muy cómoda, era un muy buen amigo. Dijo que no había problema, que yo seguía siendo hermosa. Me enamoré inmediatamente porque me aceptó. Me sentía bien. Tuve tres hijos con él y un nieto.

El año pasado me fui de vacaciones con mi mamá. Estábamos en la piscina, había bastante gente y nuestras sillas estaban muy juntas. Yo me había puesto una biquini. Estábamos sentadas cuando noté a un hombre detrás nuestro que me apuntaba con el celular, así que me levanté. Movió el celular para seguirme y cada vez que me movía, él me seguía con el teléfono, así que me di cuenta que me estaba grabando.

Me molestó mucho, por lo que le dije a mi mamá: «Esto es horrible, me quiero ir».

Y ella me contestó «Vamos a la playa».

Vi a mi mamá sentada en la reposera, con la cabeza gacha, y me acuerdo de verla muy abatida, fue muy triste la verdad. Me di cuenta que lo que me había pasado también la había afectado a ella.

Siempre noté que me miraba las cicatrices. Quería decirle algo como «está bien, estoy bien».

En ese momento, algo me hizo clic en la cabeza y decidí que ya era suficiente, la iba a poner contenta. Me saqué el vestido y caminé hasta la orilla. La gente me miraba. Yo miré a mi mamá y le sonreí: «¡Mira, mamá! ¡Mírame!».

Y empezó a sonreír. Me puse las manos en las caderas y empecé a posar en la orilla, y ella estaba tan contenta.

Me acerqué y le dije: «De ahora en más, voy a dejar que la gente me saque fotos, y cada vez que lo hagan, voy a sonreír y posar».

Creo que ese momento en la playa fue crucial, porque me di cuenta de que ningún consejero, nada que buscara en Google, me iba a ayudar. Era tiempo de ayudarme a mí misma.

Fui y me compré un traje de baño con un gran agujero en la espalda, y luego organicé clases de natación en la piscina local de Highbury, al norte de Londres. Invito a gente con desfiguraciones a que vengan a nadar. Cuando estoy en el agua y nado, me siento en paz, en calma, pienso muchas cosas hermosas.

También armé un sitio web, Love Disfigure, y comencé a aparecer en las redes sociales para crear consciencia y apoyar a todos los que sufren una desfiguración. Puede resultar consolador saber que hay otras personas que sufren lo mismo.

También hablo con mucha gente que ha sufrido quemaduras. Hay jóvenes que se quieren suicidar después de sufrir esto, y yo intento decirles: «Mira, viví toda la vida con esto, tú también puedes hacerlo».

Ha sido un viaje muy largo. Es como sacarse un abrigo y decir: «Esta soy yo ahora, y no me importa lo que la gente piense». He notado un gran cambio en mi vida y he llegado a aceptar mi apariencia.

Mi mensaje para todas las personas que sufren una desfiguración es que vayan por lo que quieren, que hagan lo que quieran hacer en la vida. No dejen que nada los detenga o se interponga en su camino.

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