Incondicional

Nada lo es. Nada puede serlo. Nada debe serlo. Nada lo fue y nada lo será. Huye como el viento de los que te hablen de relaciones incondicionales, de amistades incondicionales, de afectos y amores incondicionales. Saca la recortada cuando alguien defienda lo bonito que es entregarse a cambio de nada en este mundo nuestro tan cínico y plagado de intereses y dispara duro a la cabeza porque te entregarás, lo harás pero no será bonito. Una persona puede entregarse a una labor, a un mosaico, a una ONG o a un poemario alegremente y verter en ello todas sus energías y , tanto es así, que constantemente hallamos ejemplos de individuos obcecados en cambiar el mundo, enfangados en tareas titánicas y misiones de transformación que parecen no reportarles nada excepto, claro está, el voluptuoso placer de participar con ahínco en ellas. Pero jamás un sujeto podrá relacionarse con otro de la misma manera. Las relaciones personales no funcionan así que replantéatelo seriamente, amigo, porque ya hace tiempo que ambos sabemos que estás haciendo el gilipollas.

Las relaciones humanas son personales y no viven de la nada. Tú no vives de la nada. Tu confianza no vive de la nada: necesita un terreno común en el que germinar. Tu pasión ha de medirse con una pasión equivalente. Tu puntualidad, tu sentido del humor y tu atención por el detalle deben ser correspondidos. Y no estoy hablando de lealtad ni de educación ni de respeto. Si tienes que recurrir a eso, ya estás jodido. Sabrás que tienes una relación personal precisamente porque todo eso te será ofrecido en primer lugar como un regalo. Dicho de otra manera: la simetría es una condición sine qua non de una relación personal, su hecho fundacional.

Crees que tienes un amigo pero resulta que le da mucha pereza pasarse por tu casa. Él tiene una casa con jardín, piscina y mucama y tú llevas cinco años malviviendo en los arrabales y además salir por donde tú vives no es guay. Uhhmm. Ejem. Cinco años sin poner el huevo en tu zona de confort es como un lustro sin visitar tu favela natal, en fin, no sé, igual hay que replanteárselo. Tienes un novio con el que te peleas cada siete meses. No está mal la ratio de conflicto, lo admito, ya la quisieran muchas parejas de tinder si no fuera porque eres tú siempre la que luego le lanza el cable, la que pone paños calientes y se traga las ofensas y los espumarajos. Pues no sé, noia, todo puede ser pero igual el chaval este no te quiere tanto. Tienes un padre que te recuerda constantemente lo mucho que se ha sacrificado por ti. Bueno, esto ya es un caso de manual: no olvides darle las gracias por haberte traído a este mundo para tener la suerte de escucharlo en exclusiva y luego tira de la cadena.

Cuando hablo de simetría , hablo por supuesto de la condición de posibilidad de la humanidad. Lo cierto es que casi nunca somos mejores cuando nos sacrificamos por los demás o resistimos heroicamente así que haremos bien en enterrar lo antes posible esta idea cristianoide que asocia nuestra valía con nuestra capacidad para aguantar ante la adversidad, pues la vida buena es siempre un juego atravesado por la risa y el juego la forma política que define a los iguales. No siempre será posible , no siempre estaremos en condiciones , las relaciones basadas en el mutuo reconocimiento fluctuan pero no decaen y , si lo hacen, es porque alguien ha comenzado a apartarse y tal vez ya sea, por lo tanto, hora de marchar.

Seguramente se trata del peor de los casos. Alejarse de alguien con quien se ha jugado tanto es una pequeña muerte, un desastre moral. El niño que habita dentro nunca quiere dejarlo marchar. Pero no olvidemos que crecer también consiste en protegerse de los sueños de la infancia y que nada , absolutamente nada, es incondicional.