La caja de galletitas

Para ubicarse en el maremagnum del amor, se escribía notas a sí mismo y las guardaba luego en una caja de galletitas de mantequilla danesas. La amistad está sobrevalorada, había escrito. El amor es como cuando saltas encima de un champiñón y lo conviertes en una moneda amarilla, había escrito. No está bien despreciarse ni dejar de respirar simplemente porque alguien no te quiera, había escrito. La verdad es que ya tenía la caja hasta los topes de mensajitos de tantos que había ido coleccionando a lo largo de su biografía amorosa. Tal era así que a veces cuando se aburría los usaba como frase carismática en Tinder. Y fue por este motivo precisamente por el cual nuestro protagonista se quedó absolutamente traspuesto el día que hizo match con una zagala que había elegido la misma frase que él para epatar a las audiencias.

Amor sin humor igual a terror, había escrito la muchacha. No puede ser, se dijo, e inmediatamente se dirigió a su cuarto en busca de la caja de la costura de Dinamarca, pero el mensaje ya no estaba allí dentro. Estaba seguro de haberlo escrito, recordaba perfectamente el papelillo de color fucsia donde había escrito la nota después de romper con Micaela, pero el mensaje había, milagrosamente, desaparecido: simplemente no estaba. Sin embargo, al día siguiente, la desconocida volvió a las andadas. Tanto que me amabas y qué poco me cuidabas, había escrito. Increíble. Se le cayeron los zarcillos que no llevaba puestos: justo lo mismo que él había garabateado después de cortar con Roxana. Regresó de nuevo al dormitorio espantado por la casualidad y las circunstancias pero el papelillo gris marengo que recordaba haber escrito ya no existía o bien se había desintegrado en alguna dimensión desconocida sin que él tuviera noticia. Qué tía, se dijo, qué misterio, ¿ cómo lo hacía?, ¿ acaso estaba conectada mediante un agujero de gusano con su caja de galletitas? No lo sabía, pero decidió finalmente y como último recurso atrincherarse en la cama con la tablet y el portátil a esperar el advenimiento periódico de sus propias frases carismáticas. Poco a poco, noche a noche, fascinado y aterrorizado a la vez, fue observando como todos sus conocimientos sobre el amor escritos en papelillos de colores iban desapareciendo de la caja de galletitas a medida que iban desfilando por la pantalla hasta que después de tres meses y catorce días exactos llegó la hora de la última perla. La caja de galletitas de mantequilla danesas se había vaciado por fin completamente y mostraba ahora su impúdico fondo de brillante hojalata. Agotado pero sobrepasado al mismo tiempo por ese fulgor plateado, pensó que quizá ya había llegado el momento de establecer contacto e iniciar por fin una conversación con la intrusa que le había robado todos sus conocimientos sobre los misterios del emparejamiento humano.

El amor es como cuando una llega una extraña y te roba todas las galletitas de sabiduría que habías ido acumulando a lo largo de la vida, escribió mientras pulsaba afanosamente la tecla más gorda del teclado.

Respiró fuertemente. Pasaron como siglos antes de que nuestro protagonista pudiera oír el sonido que anticipaba el mensaje y observar el icono que delataba su llegada.

Exacto, respondió la zagala, ese es el último papelillo que me faltaba.

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