El riesgo es rentable

Desde que tomé la decisión de cambiar de estrategia laboral para lanzarme al mundo autónomo, un concepto se ha convertido en mi obsesión: la rentabilidad personal de los proyectos. Suena sencillo, pero esta reflexión me ha llevado meses de análisis personal.

Prácticamente siempre pensamos en “dinero” cada vez que hablamos de rentabilidad en el trabajo. Cuando hablamos de cobrarle un coste por servicio a un cliente, esta sí es económica. Pero, ¿qué sucede con todo lo demás? Cuando has trabajado en agencias de publicidad entiendes que este concepto se extiende más allá de las fronteras de tu salario.

La rentabilidad personal

La rentabilidad personal engloba lo moral, la autoestima, las horas que no ves a tu familia por trabajo, la inestabilidad sentimental… Sí, es la cara B del trabajo y que muchos disimulamos porque “trabajar en publicidad (o periodismo) es guay”. Estos costes son infinitamente más importantes que un salario, por mucho que digamos. El dinero es solo una transacción hasta para las que consideramos que el trabajo forma parte de nuestro Yo.

No nos damos cuenta de la importancia de la rentabilidad personal de trabajar para una empresa o en un proyecto hasta que nos sucede algo en lo personal que nos hace entender que hemos dedicado más tiempo a un proyecto que a nuestras familias. El trabajo es volátil en sí mismo. Lo segundo, lo pierdes y ya no regresa.

Pero no quiero hablar solo del entorno familiar o del sentimental (ojo a las relaciones personales en publicidad y periodismo… ese abismo en el que sientes que lo estás perdiendo todo en todo momento). Hablo de la autoestima. En mi caso he tenido la mala suerte de comprobar que no estaba trabajando en un entorno sano hasta que he salido de él. Estos entornos tóxicos acarrean tales costes personales (incluyendo médicos) que destrozan cualquier rentabilidad. ¿Cuáles tengo detectados yo?

  • Cuando vuelcan sobre ti responsabilidades que no te corresponden.
  • Aquellos en los que te indican que “te trato de este modo (preferencial) porque me caes bien”.
  • Cuando la respuesta de los equipos cambia en función de quién está al frente del proyecto.
  • Aquellos en los que se cuestionan tus capacidades sin ni siquiera molestarse en investigar la trayectoria de la persona con quien están hablando.
  • Los cambios de opinión en la gestión de un proyecto.
  • Aquellos donde los responsables no son capaces de dar la cara en momentos complicados y te abandonan a la suerte del cliente… o a tu suerte.
  • Aquellos en los que creen en las mentiras piadosas, que son siempre las más sencillas de contrastar. Y también las que más enfadan.

En definitiva, aquellos entornos donde no hay equipos, entendidos como “equipo”.

Y llegan las comparaciones

Las comparaciones siempre han sido odiosas e inevitables. Al final, cuando optas por una vida autónoma debes asumir el riesgo como una oportunidad. La posibilidad de tener experiencias malas (que las hay), pero también la de formar parte de equipos absolutamente heterogéneos y en los que curiosamente predominan las conversaciones de profesional a profesional. Estas transacciones económicas normalizadas son las que se traducen en transacciones personales rentables y las que permiten que un empleado tenga ganas de continuar formando parte de un proyecto.

Y esto, de verdad, no lo cambio por nada. Ni siquiera yo, que con cada proyecto o empresa he cargado mi mochila con excelentes relaciones de amistad y confianza.