La magia de la pasión
Pasión, del latín passio. Sentimiento de gran intensidad y emoción que todos alguna vez experimentamos por alguna vivencia o ser humano. Esta en los papeles que cualquier actividad que realicemos en nuestra vida cotidiana, pueda gestar sentimientos efusivos en nosotros atados a la pasión. Un libro, un buen café por la mañana, un instrumento, una colección de estampillas, realizar algún deporte, etcétera. Está claro que cuando hablamos de pasión hacemos referencia también al accionar pasional (y no de manera racional), que en mi opinión puede llegar a ser bastante conflictivo. Sin embargo no vengo a hablar sobre la parte negativa de llevar este sentimiento a un extremo, si no lo reconfortante y sanador que significa ser apasionado por algo/alguien (desde lo personal, claro).
Amo, río (y mucho), abrazo, me enojo, grito y lloro. Todo eso por una misma cosa que me apasiona. Pienso ‘la pelota es mía’, corro y la recupero. La recupero y soy feliz, la pierdo y me enojo. Así, llueva, nieve o se parta de calor la tierra. Todos los lunes, martes, jueves y sábados de cada semana, de cada mes y de cada año, desde hace cinco años. Aunque admita que se volvió parte de mi rutina, puedo afirmar con vehemencia que la pasión sigue intacta. Ese amor por el juego en equipo y por el mismo equipo, la tristeza que genera leer GC -golesencontra-, el enojo de perder el partido más importante del año, y ese sentimiento de alegría/jovialidad/exaltación/vivacidad que produce ganar. Ganar y abrazarte con todo el equipo. Ese grupo de personas que te hace pertenecer. Que se une para amar una misma cosa en conjunto.
Y si creen que es magia, puede que no estén tan equivocados. La pasión es magia.
‘‘¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales’’. Eduardo Galeano — Fútbol a sol y sombra (1995)
