Microrrelato: besos de agua salada

Nos conocimos en un crucero rumbo al mar mediterráneo. Cada noche humedecíamos nuestros labios con los besos furtivos que pasaron desapercibidos ante su madre y mi esposo, quien dormía plácido en una elegante alcoba de luna de miel en el segundo nivel del barco.

Nuestra desenfrenada pasión desembocó en el puerto de Cartagena. Allí, bañados por la brisa del mar, sobre la tierra por donde entró el cristianismo a España, cometimos cada uno de los pecados que dos amantes puedan imaginar. Ningún hombre había navegado por mi cuerpo con tal ímpetu.

Cuando el barco se disponía a zarpar, me pidió que nos amáramos, le dije que tenía que regresar a mi hogar y prometí recordarlo. El hombre, cuyo nombre nunca conocí, mostró en su rostro el desconcierto de un pescador cuando pierde su presa y antes de que yo pudiera huir, me ató de una soga como si fuera un anzuelo y me lanzó al agua. Minutos después, con la piel helada y de color morado, dejé de respirar. Desde entonces me la paso seduciendo patrulleros como usted, llenándoles la boca de agua salada, y tiñendo de rojo con su sangre, estas olas que me arrebataron el amor.

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