25 libros

Así: sin adjetivo

El furor de las listas: los mejores libros, los más vendidos, los que recomiendan los críticos, escritores, periodistas, editores. Difícil llegar a un acuerdo, pero siempre se saca de ellas algo que se desconocía. Sin embargo, hacer una lista es erigirse en canon y por ello se generan los cuestionamientos: a quién se incluye, con qué parámetros, quién decide. Ante la lista de los 25 mejores libros de los últimos 25 años, donde sólo dos son obras escritas por mujeres, uno se pregunta quiénes son los lectores y entre qué títulos escogieron. ¿Cómo valorar el trabajo de las autoras, si en principio ni siquiera son leídas? Pero eso es otro asunto, que excede los límites de este texto, el cual es una lista más, pero una menos especializada y más flexible. Comparto simplemente los 25 libros de publicación reciente que más me han impresionado en los últimos años. No diría que son los mejores, simplemente poderosos y memorables. Intenté incluir solamente obras escritas por mujeres, pero al final me venció el recuerdo de libros entrañables, de autores. Espero no se me juzgue con dureza por ello.

  1. Los muertos indóciles, de Cristina Rivera Garza. Un ensayo sobre la escritura, su relación con la realidad, su valor social y las transformaciones que el entorno en que vivimos le demanda.
  2. En estado de memoria, de Tununa Mercado. En la universidad leímos, por recomendación de un profesor, el cuento “Ver”. Me impresionó mucho, pero rastrearlo en internet fue labor titánica. Tununa Mercado es una de esas autoras respetadas y estudiadas, pero no reeditadas o difundidas en la medida de sus méritos. Hay que luchar para leer este libro pero vale la pena. Aquí, lo que escribí sobre él para la revista Distintas Latitudes.
  3. Conjunto vacío, de Verónica Gerber. Una novela que explora la memoria y la ausencia con los recursos de lo visual. Sencilla en una primera lectura, resiste el análisis, la crítica y todas las relecturas, mostrando algo nuevo, más hondo, en cada una de ellas.
  4. Óptica sanguínea, de Daniela Bojórquez. Un conjunto de cuentos que mezcla la narrativa literaria con la fotografía, y explora recursos técnicos como la intertextualidad, la metaficción y la intercodicidad, con inteligencia, sí, pero con sentido del humor y emotividad. Aquí, un poco más sobre este libro y sobre el de Verónica Gerber.

5. Antígona González, de Sara Uribe. La multiplicidad de las voces, de la literatura clásica y la crítica, al testimonio y la creación, construyen un discurso con muchas capas, pero unívoco. En una marcha, una frase de Antígona González aparecía extendida ante un contingente, convertida en manta, en consigna. Aquí, Ana Franco escribe sobre este libro, que se puede leer acá.

6. Blonde, de Joyce Carol Oates. ¿Se puede decir algo nuevo sobre Marylin Monroe? Se pueden escribir 900 páginas, incluso, tan potentes y sórdidas, tan desde dentro de la dulce y triste Norma Jean, que uno quisiera dejar de mirar y, sin embargo, no puede. Se aprende mucho sobre el oficio de escribir leyendo esta novela de Oates.

7. Y hasta aquí, Wislawa Szymborska. Una bella antología en español con la que conocí a esta poeta. Recuerdo que cuando terminé el libro deseé memorizarlo completo. El asombro.

8. The noteboook. The proof. The third lie, de Ágota Kristoff. Una trilogía extraordinaria que, pese a su sencillez aparente, ofrece una visión profunda sobre la guerra, el crecimiento y los lazos familiares, además de una reflexión permanente acerca de la escritura y su relación con la vida y la identidad. La autora escribió estos tres libros y uno más, y luego decidió guardar silencio.

9. Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver. La película es escalofriante, pero el libro gana en lo político. La maternidad revisada desde coordenadas que no son las típicas, además de la observación de la mujer como individuo y de la sociedad norteamericana y su idea del alien, el migrante legal que no deja de ser un intruso, una otredad monstruosa.

10. Falsa liebre, de Fernanda Melchor. Siempre que me preguntan por mi escritora mexicana contemporánea favorita menciono a Fernanda Melchor. Su novela es brillante, emotiva e inteligente, violenta y hermosa, ya espero sus próximos trabajos.

11. No aceptes caramelos de extraños, de Andrea Jeftanovic. Lo leí a principios de este año y, aunque no es un libro impecable, me impresionó el arrojo de la autora, que no se anda con medias tintas a la hora de hablar de incesto, infidelidad, violencia, soledad y pérdida.

12. Friend of my youth, de Alice Munro. Una colección entrañable, donde se exponen todas las facultades de la autora para construir atmósferas y elegir los detalles que pueden mostrar a un personaje en toda su complejidad, aunque la anécdota parezca simple. Cada cuento tiene alma de novela, uno se puede quedar a vivir en este libro, y en casi cualquiera de Munro.

13. Todos se van, de Wendy Guerra. Mis celebraciones de Año Nuevo son simples: un libro, una botella de vino y una pizza Chester (bueno, así eran). Con Todos se van recibí un año, tal vez el 2014, y aunque no sea un criterio estético muy serio, me conmoví al sentirme identificada con la protagonista que no entiende a los mayores ni por qué su vida es como es. Tampoco es impecable, pero sí memorable, que es mucho mejor.

14. Manca, de Juana Adcock. Una de esas enormes recompensas que de vez en cuando brinda seguir las publicaciones del Fondo Editorial Tierra Adentro. El poemario de Adcock me pareció deslumbrante, sobre todo en la manera en que integra el inglés y el español.

15. Pétalos, de Guadalupe Nettel. No he podido vincularme con el resto de la obra de Nettel, a pesar de que reconozco en ella a una mujer brillante y de gran talento. Domina el oficio y el cuento como género, me queda claro, pero a veces se excede en frialdad. Pétalos, sin embargo, es una colección notable. Guadalupe Nettel podría dejar de escribir y reclinarse en él con plena tranquilidad.

16. Four non blondes, de Mylene Fernández Pintado. Otro libro que encontré este año y me ganó con su carisma. Hay una visión fresca de la realidad cubana, con un sentido del humor inteligente y agridulce. Ojalá esta colección pudiera conseguirse en más lugares del mundo.

17. Un traje rojo para un duelo, de Elena Garro. Con esta novela me condené como garróloga, y todo por una sola escena: la de una adolescente que recibe una invitación a una fiesta a la que no podrá ir por las circunstancias en las que vive, y la metáfora con que la autora dice que la fiesta era como la música y la invitación, apenas la partitura ilegible. No sé por qué me impresionó tanto esa idea, pero por esa frase hice dos tesis.

18. Cosmonauta, de Daniel Espartaco Sánchez. Tal vez ahora no diría que es el mejor libro de Espartaco, pero fue el que me conmovió primero, pues fue lo primero que leí de él, y luego de releerlo varias veces todavía me parece muy bello. Además, fue muy refrescante para mí, que en ese entonces reseñaba todo tipo de novedades, parecidas casi todas entre sí.

19. Song for night, de Chris Abani. Entrevistar a Abani fue uno de esos eventos breves que a uno le cambian la vida. Descubrimos que profesábamos la misma religión, consagrados al mismo orisha, y que pensábamos cosas similares sobre el mundo y la literatura. En ninguna novela reciente coinciden con tanto acierto la violencia, la injusticia, el amor y la esperanza. Aquí la entrevista.

20. Los días más felices, de Rodrigo Hasbún. Narrativa fragmentaria y emotiva, sobre la memoria, la identidad y la imposibilidad de la cercanía: el otro es siempre inalcanzable, y pareciera que cuanto más cercana sea la relación más insondable es el abismo. Esto se refina en Los afectos, su libro más reciente, pero siempre guardo con más cariño la primera impresión.

21. Antigua luz, de John Banville. Lo leí en Tamaulipas, en junio del año pasado. Fue una compañía entrañable en un viaje que disfruté mucho, además. Qué poder de evocación y de construcción de personajes. Y aunque la anécdota pueda parecer pirotécnica, no es ésa la apuesta de la novela.

22. Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides. Llegué tarde a este libro, cuando había pasado el furor, pero es tan sólido que no envejece. Qué sensibilidad para construir personajes distintos, de diferentes edades, con ese nivel de detalle y sin que se pierda la tensión narrativa, una clase magistral de psicología del personaje.

23. Sus brazos labios en mi boca rodando, de Sergio Loo. Otro poemario entrañable, sobre el amor, la enfermedad, la muerte, la distancia. Fuerza y originalidad era Sergio Loo, entre otras muchas cosas. Dejó un libro póstumo que, dicen, es todavía más potente: Operación al cuerpo enfermo. Aquí un fragmento.

24. Cautiverio, de Pablo Molinet. Otro poemario cuya fuerza me sorprendió, no sólo por su temática, que de por sí es contundente. Aunque no he encontrado otro libro del autor, le sigo la pista como colaborador en la revista Casa del Tiempo y en ninguna de sus entregas me ha decepcionado.

25. Mr. Gwyn, de Alessando Baricco. Este libro también fue mi fiesta de Año Nuevo. Es tierno y entrañable. No me juzguen duramente, enemigos del best seller, juro que Baricco tiene su carisma, y que este libro tiene un candor y una belleza muy propios, además de tratarse de un acercamiento dulce al arte y la escritura. Qué quieren, soy sentimental.

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