Ahora que hay cine en mi pueblo podría volver. Rentar unos cuartitos cerca del mercado. Un local. Poner todos mis libros a la venta con un letrero en la puerta que dijera “Librería de Viejo”. Dar clases de regularización a chicos de secundaria. Recibirlos en casa, sentarnos a la mesa y repasar la diferencia entre el indicativo y el subjuntivo. Los fines de semana un cineclub con mi televisión vieja y un DVD. Y un café literario sin café a menos que compre una cafetera -una de esas modernas que preparan un café con capsulitas-. Haría sopa de pasta todos los días. Y pollo con ensalada. Saldría al mercado, caminaría por las calles y ya nadie me conocería. O podría visitar a mis amigos. Contarnos las mismas historias de siempre. Salir al parque de nuestra escuela, pero esta vez con sus hijos -yo con un libro y una paleta helada-. En junio iría a la feria y esta vez sí me subiría a algún juego. Pero volvería temprano a casa por si hay bronca. Ahorraría y compraría un estéreo. Escucharía discos por la tarde: el aire amarillo cruzaría la ventana y en mi casa se embarraría de Rolling Stones. Tomaría pan dulce y té de limón cada noche y le volvería a decir a eso ‘merienda’. Plantaría jitomates en una maceta, como hace mi mamá. Escribiría y enviaría mis textos por correo a todas partes. Algo pasaría con ellos, o no. Leería cada noche, como siempre, en la cama, con la luz de la lámpara de buró, dando sorbitos a mi vaso de agua helada. Los domingos, si tengo dinero, iría al cine. Porque ya hay cine en mi pueblo y yo tal vez podría volver.