Donde comenzó el camino

Pasé los primeros seis meses de 2009 en Australia. Era un lugar apacible. Se caminaba por las calles vacías a cualquier hora, con el mar a la orilla del camino. Todo era silencio -excepto por los ruidos de la fauna local-. Nosotros, los mexicanos, éramos los exóticos. Al conocernos, en los quince primeros minutos de la conversación, los aussies solían preguntarnos: ¿has estado alguna vez en un tiroteo del narco?

Me parecía desproporcionado. Exagerado. Ignorante. Extrañaba México y creía que el primer mundo era muy pálido sin puestos de comida en la calle, sin ruido a todas horas, sin cacharpos colgando de incesantes microbuses con música popular a todo volumen. Estaba enamorada además. Y al encontrarme completamente aislada de todo lo conocido me di cuenta de que dependía de mis amigos mucho más de lo que nunca había pensado.

En la televisión, las noticias que llegaban de México eran terribles. La gripe porcina. La guerra contra el narco. Mi casera me miraba con compasión y yo le explicaba que todo eran exageraciones, que vivir en México no era tan terrible como se mostraba ahí. Luego, un mes antes de volver, dos amigos murieron. Y a finales de junio finalmente aterricé de vuelta en la Ciudad de México. Lo primero que noté fue que no tenía a dónde ir. Fui a casa de mi mamá.

Aunque le había avisado que volvía a esa hora y que iba camino a su casa (le llamé del aeropuerto), cuando llegué estaba dormida. No habíamos tenido contacto en seis meses. Pero tampoco tenía ninguna inquietud por escuchar nada de lo que pudiera contarle. Recuerdo que pensé en decirle muchas cosas sobre lo duros que fueron esos meses, pero lo único que alcancé a decir fue: mis amigos se murieron. Ella respondió que también Michael Jackson y que eso sí era una pérdida por todo lo que había aportado al mundo. Luego nos fuimos a dormir.

Días después fui al DF. Tenía juntas y trámites en el Tec. Quedé de ver a Ren y tomar un helado cerca de mi ex casa, la que había dejado para irme a Queensland. El trayecto fue odioso. El Tec estaba distinto (mi jefa ya no estaba y la nueva no parecía tener clara idea de casi nada). Ren y yo nos encontramos en el Wal Mart de Portales. En cuanto lo vi quise echarme a correr. Golpearlo. Y cuando fuimos a las calles donde todo parecía perfecto apenas meses atrás sentí que me faltaba el aire. Porque ya no estaba nada de lo que yo dejé y en todos esos sitios yo ya no cabía. Los viajes en Metrobús me hacían llorar por todas las veces que pasé con Koyote por aquí o por allá. El fulanito al que yo tanto amaba se echó a correr cuando vio las magnitudes de mi depresión. Perdí el trabajo de pésima forma poco antes de que terminara el año. Y en esas semanas oscuras hice mi primera solicitud para estudiar fuera. ¿Las opciones? NYU, UTEP y la Complutense de Madrid. Pero dejé todos los formatos a medias. Sólo completé el madrileño, meses después, para hacer un doctorado en Letras. A mediados de 2010 me aceptaron.

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