La mudanza se vuelve real cuando entrego algo. Vienen los amigos y se llevan libros, copas, discos, películas. Cuando era niña me gustaba ayudar a mi mamá a hacer hebras el queso Oaxaca y así voy haciendo mi casa. No lamento lo que vendo, lo que regalo o dejo. No miro esta casa como una pérdida. Pero sí me descubro pensando si estoy haciendo lo correcto o si estoy cometiendo un error que me va a costar caro. Dejarlo todo. Aquí tengo opciones conocidas. Ninguna garantía pero un camino andado. Allá tengo amistades pero hay que aprenderlo todo otra vez. A llenar formatos, a hablar. A hacer trámites, a buscar trabajo, a hacer la compra, a comer. Hacer camino donde no se conoce ni la tierra. Y no está el consuelo de los árboles y las nubes conocidas. No está la lengua como madre para rodearme a toda hora. Puedo dejarlo todo pero me llevaré mis libros y ahí estará toda mi vida. No tengo nada más que libros y las historias de cómo llegaron, de en qué me acompañaron. Pero el papel es frágil. Hacer una casa otra vez, a solas. La gente me dice que soy alguien que tiene la vida muy hecha. La vida nunca está hecha, me va sucediendo. Yo intento cruzarla con fuerza, a veces reclinarme en ella, sumergirme, atragantarme, embarrarme. A veces me gusta nada más verla. Ahora la tengo un poco en suspenso: los días no tienen forma, no se sabe dónde empieza uno y dónde el otro. Y luego voy a tomar un caminito que se irá haciendo angosto y llegaré a otra parte donde todo es blanco y amplio. Un gran blanco alrededor de mí y yo en corchetes. Un agregado. Anoche me decían que no estaba tomando el mejor camino pero que me iría bien, que no estoy haciendo lo correcto pero que me irá bien. A veces también me dicen que soy decidida porque sé lo que quiero. No es cierto. Sé algunas cosas que quiero y voy suponiendo los detalles. Reuniendo evidencia hasta encontrar la verdad. Lo cierto es que se siente mucho miedo. Pero no me detendría por miedo, eso lo sé. No me detendría por nada que no fuera mi corazón cambiando de opinión.

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