Ser profeta (del nopal) en su tierra: Tampico celebra a Rockdrigo

Imagen tomada de Remezcla

(Texto publicado originalmente en la extinta Metrópoli Ficción, en julio de 2015)

Cuando llegamos todavía hay luz natural, pero comienza a atenuarse. El calor, en cambio, parece arreciar. La mayor preocupación es que llueva (aunque en el ambiente no se percibe mayor humedad que la esperable en un puerto). Nosotros bajamos del auto con prisa (venimos de la proyección del documental, en otra sede, y antes de que empiece el rocanrol hay que preparar cámaras, flashes, micrófonos). Hoy, 19 de junio, es el gran evento del anunciado homenaje y ya hay gente esperando en la Plaza de Armas, pero también hay curiosos que se acercan apenas a preguntar quién va a tocar. Mis acompañantes son del staff: tienen camisetas y gafetes. Yo me pongo una encima del vestido: es blanca y tiene el logotipo conmemorativo, con la imagen del compositor celebrado. Logramos avanzar por una calle cerrada y, luego, nos permiten el paso más allá de la valla que separa al público de la prensa y los técnicos. Los militares que resguardan no parecen notar que yo no llevo gafete; se me ocurre, a partir de este milagro concedido, canonizar a Rockdrigo como el santo patrono del backstage.

Estoy aquí como parte del homenaje, pero en el concierto soy una colada. No tendría por qué estar en el área de prensa, parada junto a la tarima, atrás del enorme bafle del que sale música de fondo. Me quedo sola porque no conozco a nadie y porque Juan Ángel e Isaac tienen que ir a chambear. Parada junto a un enorme árbol -¿o es una palma?- observo a la gente (no puedo ver mucho más porque la plaza está llena). También veo el escenario incompleto –afectan mi visión la cercanía y mi corta estatura-. Distingo la pantalla brillante en la que se proyecta el logo del evento con efectos de luz y color. Sin saber por qué miro al piso: al pie del tronco hay una cruz de sal. Pregunto qué es. Un muerto, me contestan. No es el momento para especular y probablemente es sólo parte de un rito supersticioso para ahuyentar la tormenta, pero de todas formas siento un escalofrío.

Cuando vuelvo a reparar en ello noto que el cielo ya está oscuro. Son la 8:30 de la noche, la hora anunciada para el inicio del concierto. Me sorprende que toda la gente espera casi en silencio (junto a mí hay un matrimonio jovencísimo con un bebé, para quien llevan una pañalera y una silla de plástico; no se dicen nada entre sí ni hacen ruido, parece estoica su espera). Sin embargo, cuando salen el escenario los conductores del evento las reacciones son inmediatas y feroces: ¡puto!, le gritan a él, ¡que se encuere!, a ella. Ambos, con ropa tan entallada como lo dictan las leyes de la farándula, intentan disimular. Comienza el discurso oficial: estamos aquí para celebrar a Rockdrigo –ovaciones- y nos convocan el gobierno del Estado y el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes –furiosos abucheos-. Junto a mí, los jóvenes padres siguen callados. Callados y atentos. Nos miramos y sonreímos. El staff coloca sillas de plástico en la zona donde me encuentro, esa sección junto al escenario: son para la prensa y las autoridades. No me siento: junto al tronco y la cruz de sal miro la cápsula biográfica sobre el homenajeado. Los asistentes aplauden cuando se menciona su nombre o el título de sus canciones. Temía que fueran sólo por el atractivo del concierto gratuito de Panteón Rococó, pero no es así: se notan emocionados cada vez que reconocen una frase del Rockdrigo. Los conductores vuelven a escena; el público los vuelve a insultar.

Me parece natural que el público, al menos el que está en primeras filas, sea joven. Pero también hay muchas familias completas y gente mayor. No estoy segura de que conozcan a Rodrigo González, a Amandititita o al Panteón, pero algún interés los ha llevado ahí. El de divertirse simplemente, pienso. Vuelvo la mirada al escenario y alcanzo a ver que, del otro lado –en las piernas, como se dice en teatro- ya se encuentra Amanda Lalena. Se ve nerviosa: su gesto es de seria concentración y se nota que entrena su respiración para tranquilizarse. Recuerdo el texto que envió para el libro conmemorativo y temo, por un momento, que la reacción del público no sea la mejor. Muchos fans de su padre la han criticado por años, igual que ciertos sectores de la prensa. Presentarte en el homenaje a un padre cuya ausencia es tan evidente como su celebridad no debe ser fácil, ni tampoco arriesgaste a ser abucheada en tu ciudad natal. Comienza una video-semblanza. Un par de minutos después, los conductores la anuncian: Amanda cierra los ojos, se persigna y se arroja al escenario como quien se lanza desde gran altura a una alberca sin saber si está llena de agua o vacía. La reciben estruendosos aplausos. ¡Te amo, Amandititita!, le gritan unos jóvenes de las primeras filas de principio a fin de su breve presentación: apenas seis canciones.

Pero seis canciones bastan para observar una transformación prodigiosa en el semblante de la tampiqueña: del miedo a la sorpresa, a la alegría, al regocijo pleno de quien sale al escenario a divertirse. A la mitad justa del repertorio preparado, Amanda lo expresa: no saben lo que significa para mí estar cantando aquí en Tampico. En otro momento, las lágrimas no se pueden evitar. Me conmueve siempre la fragilidad de un cantante que sale a mostrarse a solas en un escenario, pero hoy veía a una hija que participaba del tributo a su padre en una ciudad a la que volvía por primera vez desde que la dejó, en un viaje en el que además despediría también las cenizas de su madre. Lo que estaba sucediendo en ese escenario, en esa mujer, es un secreto, pero imaginármelo me formó un nudo en la garganta. A mi alrededor, los jóvenes coreaban las canciones más conocidas, agitaban la franela que la cantante les dio para acompañarla en su tema “El ballet del valet”. Quienes no conocían la letra, se movían al ritmo de la música: lo concurrido del lugar no daba mucho espacio para bailar, pero el movimiento de cadera podía intentarse. Cada canción fue recibida con alegría y aclamada, así como los comentarios de Amanda, que aplaudió la libertad de expresión, criticó al gobierno y dedicó su tema “La Muy Muy” –que calificó de profético- a la “Gaviota”. Al terminar el set, el público pidió otra y Amandititita, radiante, volvió al escenario para interpretar “Metrosexual”, sencillo con el que inició su carrera y que le atrajo un tipo de atención que no necesariamente quería: ahora era el tema con el que complacía a sus paisanos, felices de cantar y bailar con ella. Aplaudí el final de ese último número llena de admiración, deseando que ese aplauso prolongado que le daba el público de la plaza fuera como el abrazo de una ciudad que celebra a un hijo y consuela a su doliente.

De los enormes bafles sale nuevamente música de fondo. El público espera a Panteón Rococó. Los técnicos acomodan instrumentos y disponen todo para la participación de esta banda que celebra este año su vigésimo aniversario con una gira que no contemplaba a Tampico, ciudad en la que no se habían presentado desde hacía una década. Parece que el espectáculo de Amandititita alborotó los ánimos y la audiencia, antes paciente, comienza a presionar, aunque levemente comparada con el público chilango. Puede que sean los diez años que llevan sin ver a Panteón: una ausencia que coincide con un periodo particularmente severo para la región. Diez años sin paz ni baile.

Desde mi extremo del escenario alcanzo a ver a los Panteón cuando se preparan para salir. Noto algo inusual: vienen trajeados, muy guapetones. Desde que salen la gente se emociona y aplaude con verdaderas ganas. La banda suena muy bien –quién dice que veinte años no es nada- y como es costumbre no separa su música del discurso social. Los asistentes parecen ávidos de ambas cosas, porque reciben cada frase del vocalista con estruendosos aplausos. Los jóvenes de Tampico están sedientos de rock, sedientos de fe, dice Luis. Las gargantas responden y los rostros se iluminan. Dice Roberto Saviano que las asociaciones criminales son las únicas que apuestan por los jóvenes; quiero pensar que no es cierto y así lo parece esta noche.

Panteón Rococó se entrega con gran respeto (dos horas y media de concierto a cuarenta grados de temperatura sin quitarse el saco tipo smoking; gran pasión pero también gran tiento en los comentarios realizados durante el espectáculo) y el público se prende, se prende en serio: saltos, gritos, aplausos, puños en el aire, coros y hasta un muchacho pasado de mano en mano por encima de las primeras filas. El grupo se muestra ávido de complacer y pregunta qué canciones quieren escuchar. Atienden varias peticiones, incluso la de una chica que solicitó “Amargo adiós”. No puedes decir que no te complacimos, dice el vocalista, luego de que interpretaran la rola hasta la primera estrofa. Seis mil voces cantaron y bailaron a rabiar, aplaudieron cuando oyeron mencionar el nombre de Rockdrigo y saltaron al ritmo de “Los intelectuales”, el tema con el que se recordó al homenajeado. Entre ese público entusiasta sobresalía Genoveva González, hermana del compositor, quien tomó fotos durante el concierto, bailó, brincó y disfrutó hasta el último minuto de la presentación. No era para menos: fue durante muchos años la principal promotora del homenaje. Era su momento.

Medianoche. El Panteón se despide con “La dosis perfecta” y “La carencia”. Saldo blanco: el único incidente fue una breve bronca producida por un slamero efusivo que le pegó a una mujer con el codo y recibió por ello algunos golpes. Los militares que resguardan las vallas y accesos a la plaza comienzan a retirarse. Poco antes, mientras sonaba la última canción de la noche, una soldado se acerca a donde yo estoy junto con su compañero. Observa el escenario y, luego de analizar el ángulo, saca su celular. Toma un par de fotos y la obligada selfie. En otros lugares de la plaza los uniformados cantan y bailan discretamente. Los últimos acordes suenan, luego los apasionados aplausos. Todo termina por apagarse. La gente comienza a retirarse de la plaza: junto a mí el joven matrimonio se reparte las cargas; él lleva la sillita de plástico y al bebé, ella toma la pañalera. Juan Ángel e Isaac se reúnen conmigo: caminamos hacia el auto entre la gente que vuelve a casa y los vendedores de merch. Comentamos que el concierto estuvo bueno, que la gente se veía contenta, que el Panteón Rococó se rifó. Cuando subimos al coche el estéreo se enciende en automático; sale la voz de Rockdrigo: no hay manera de regresar la cinta…

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