Talento, técnica, suerte
Hace algunos meses vagaba por YouTube cuando encontré una TED Talk: una actriz que no considero particularmente buena había elegido como título una cita -parafraseada- de Shakespeare: “dulces son los frutos de la adversidad”. El mensaje de la bienintencionada muchacha era en lo esencial similar al de Raúl Araiza: hay que chingarle para que nos vaya bien. Para mayor credibilidad, la chica se ponía como ejemplo: había trabajado muy duro para ser actriz, todos esos años estudiando en el extranjero, etcétera. Otro ejemplo era su papá, alguien que se enfrentó a lo más terrible que uno pueda imaginar: al volver de una fiesta encontró a la sirvienta muerta en la alberca de su casa. La receta contra la adversidad es, parece decir esta actriz, el trabajo: como respaldo de autoridad acude al libro Outliers, que señala que el mínimo que requiere alguien para volverse un experto de calidad mundial en el arte que practica son diez mil horas de práctica. Interesante cuestión, pensé, aunque los ejemplos que ponía la chica me parecieron distantes -por no decir poco pertinentes-. Así que decidí leer el libro.
Malcolm Gladwell establece por medio de casos una teoría del triunfo que iría en contra de la historia de éxito tipo american dream. Un individuo no vence a la adversidad solamente con un talento extraordinario y muchas horas de trabajo. Puede, incluso, tener un talento menor (la técnica que se consigue sólo con disciplina, eso sí, no es negociable). Pero hay dos elementos que la querida Karla Souza eligió no mencionar en su versión de “hay que chingarle”. Para Gladwell, son igualmente fundamentales el contexto cultural y la suerte. ¿El hilo negro? No. Desde hace mucho se sabe que para triunfar necesitas estar en el lugar correcto en el momento correcto y, claro, estar preparado para actuar.
Podríamos decir que el contexto cultural en el que nacemos es, en sí, algo que podríamos atribuir a la suerte también, en el sentido de que no lo elegimos. Y tampoco podemos alcanzar a medir cómo afecta nuestra forma de abordar la vida y de aprovechar las oportunidades, pero sin duda es determinante. Un ejemplo simple: comparemos la cantidad de alumnos estadounidenses que terminan sus estuidos de posgrado en el extranjero sin problemas, contra los que atraviesan terribles depresiones o se rinden antes de tiempo porque extrañan el pozole que su mami les prepara en México.
De lo que sí tendríamos que ser conscientes, aunque no siempre sucede, es de las oportunidades que tenemos en la vida y que no todos reciben. Puedo señalar que ni Raúl Araiza ni Karla Souza comprenden que, claro, su trabajo es vital para mantener su estatus, pero que lo consiguieron porque tuvieron oportunidades que no todos tienen. La bella Karla piensa en las horas que pasó siendo mesera en el extranjero mientras estudiaba teatro. Podría decir que muchas quisieran, ya no digamos estudiar en el extranjero, o estudiar teatro: quisieran ser meseras en vez de obreras o costureras. Muchas quisieran poder caminar a su trabajo sin sentirse en peligro. Sin que las violen. Sin que las maten.
Porque eso que Gladwell llama con candor “suerte” en realidad se llama privilegio. Y si bien es terrible no reconocer que se tiene -como en los casos, más o menos inocentes, de Araiza y Souza- es mucho más mezquino culpar al que no lo tiene precisamente por no tenerlo. En esa miopía están basadas campañas clasistas como la de Librerías Gandhi y todos sus derivados apócrifos. Alguien que gusta de leer pero critica a los demás por no hacerlo -sin atender a sus circunstancias- ¿de verdad estará entendiendo lo que lee? La lectura une, no separa: tendría que hacernos más humanos, más iguales, no distintos. Leemos -y escribimos- para llegar juntos al lenguaje que es nuestra casa, el punto de encuentro donde somos una comunidad. Pero Jesús también dijo “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, y en su nombre muchos han encontrado buenas razones para odiar al diferente.
Hace unos días, en el estreno de un programa de cocina, otra actriz decía que su fórmula para el éxito era muy simple: talento, técnica y suerte (casi la misma que señala Gladwell). Pero da la impresión de que la palabra “suerte” sirve como justificación: si no triunfaste es porque no te tocaba. ¿Y quién decide a quién le toca y a quién no? Nadie: es como es. Por eso la manipulación de las palabras es relevante. No es cuestión de suerte. Lo que se elude en las discusiones sobre educación, salud, movilidad social, cultura, bienestar, inclusión y todos los aspectos en los cuales la desigualdad es evidente es ése: el privilegio. El azar es inexplicable, pero el privilegio no. Es absolutamente cuestionable. Podría vender mi historia como una fábula de éxito: chica de clase baja labra su independencia con sus propios medios y -además- habiendo estudiado una carrera pequeño-burguesa y nada redituable. Pero no quiero ser mezquina: no voy a soslayar mis privilegios. Yo tuve acceso a los libros desde que aprendí a leer. Yo estudié en escuelas particulares hasta la preparatoria, becada, como fuera, pero estudié ahí. Yo viví en el Edomex cuando la violencia contra las mujeres no era tan brutal como ahora -siempre ha existido, eso sí-. Y yo, mientras estudié, pude dedicarme a ello plenamente: no tenía preocupaciones ni responsabilidades tan absorbentes como algunos de mis compañeros. ¿Tenía talento para estudiar? Sí. ¿Trabajé muchísimo? Claro. Pero también tuve suerte. Tuve algunos privilegios. Y eso distingue mi historia de la de otros con más talento y disciplina que yo.
Si bien no debería existir el juicio, cuando tengamos la tentación de juzgar podríamos intentar responder una pregunta: ¿conozco de verdad el contexto? Eso nos explicaría cosas si nuestra verdadera intención es comprender al otro. Porque cuestionar el privilegio no es renunciar a él. Compartir nunca ha implicado estar peor yo; significa estar mejor nosotros. Tal vez nos convendría extirpar de la conciencia nacional el paliativo de la “suerte”; nos resultaría mucho más útil comprender cómo funciona -y cómo afecta- el privilegio.