viví casi siempre al sur de la ciudad. las tres semanas que estuve en el DF las pasé en el norte, en una colonia popular, justo donde empieza el camino hacia la Villa. si salía por la mañana a correr por esa calzada encontraba al vendedor de globos con la imagen de la virgencita, o a una pequeña multitud que se organizaba para caminar todos juntos esa vía. ¿a qué contingente busca, maestra?, me preguntó uno de los organizadores de la peregrinación del no sé qué sindicato. a ninguno, respondí, y me puse los audífonos.

los días en el df fueron tranquilos en realidad. esperaba el derrumbe. esperaba la nostalgia. nada. extraña en la ciudad. sólo tuve arrebatos de melancolía cuando vi el supermercado en el que hacía la compra semanal, y cuando saqué la ropa de la lavadora y la tendí, olorosa al detergente habitual, y más tarde perfumada del sol que la había secado. será que el ajetreo de trámites no permitió mucho, pero mi impresión de la ciudad en este viaje fue sólo la terracita a la que salía todos los días al despertar, los huevos a la mexicana de la fonda donde desayunaba, y el sol cayendo sobre las calles de esa colonia popular, sobre muros en obra negra, locales de materia prima para adornos (botellas de vidrio, puerquitos de cerámica, figuras de triplay).

a diez minutos de donde me quedaba está Garibaldi, esa costillita donde empieza el Centro. fui varias veces: a comer, al museo, a una presentación de libro, a beber cervezas. mi cumpleaños lo celebré con un grupo de amigos en el tianguis de la Lagunilla: comimos tacos y luego paseamos entre los puestos, compramos ropa, micheladas, mojitos de a litro, gelatinas y brownies vaciladores, vestidos de tul negro, perfumeritos, botas, calcomanías. volvimos a casa y nos sentamos a bromear en la terraza, a escuchar música, a tomar cervezas. fue apacible estar entre la gente que me conoce y en cuyo corazón confío.

no extraño el DF pero lloré cuando un desconocido en el camión cantó sus canciones desafinadas y nos animó a todos a cantar y a reír con él. también cuando paseé por las calles donde compré mis primeros libros de viejo hace veinte años, y me enamoré de la ciudad y decidí en secreto ir a ella, buscar su pielecita, dormirme en la curva de su costado. lloré también cuando el avión aterrizó en ciudad juárez y me aterroricé ante la idea de un año como el anterior. muy extraña sensación la de no saber dónde es tu casa.

francamente creí que iba a ver a muchas más personas en la ciudad. no fue así. pero me fue muy difícil despedirme de esos poquitos que vi, porque en este viaje se volvieron todavía más cercanos a mi corazón, y me di cuenta de cuánto los extrañaba y de las muchas maneras en las que los necesitaba para recuperar las fuerzas.

pero recuperé las fuerzas. y verme en sus ojos me aclaró de nuevo la visión.

fueron días tranquilos como plantas milagrosas que sembré para poder cortar sus hojas y hacerme un té con ellas si lo necesito (siempre lo necesito). la luz de la ciudad se me quedó en los ojos y enciendo una vela con ella para seguir caminando en la profundidad.

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