La cultura relativista — Por Mariana Cantón

Cuando se vive en un contexto donde la tergiversación de los valores es cada vez más rápida y alcanza niveles cada vez más vergonzosos pero también más desvergonzados, cabe preguntarse cuál es el causante de semejantes cosas. Lo cierto es que no existe un único factor al que podamos considerar como “responsable” de la decadencia moral actual, pero sí podemos identificar y explicar uno de los más importantes. Sí, estamos hablando de la cultura relativista.
Lo que hace dicha cultura es quitar el significado a las cosas de a poco con el fin de pervertir la moral. La definición de cada palabra ya no es una descripción de aquello a lo que la misma representa, sino que pasa a ser lo que cada uno quiera. Hombre: aquello que usted considere, desee llamar o que se auto-perciba como hombre. ¿Sólo eso basta? Pues sí. La única diferencia entre un hombre y otro hombre puede ser tranquilamente una palabra. Lo mismo en el caso de “mujer”, “hijo”, “familia”, “normal”, “bueno”, “malo”, “crimen”, “vida”, “amor”, y podría seguir todo el día. El relativismo le da un valor absoluto a la palabra. Y no a cualquier palabra, sino a aquella que es pronunciada teniendo como base a sentimientos, deseos, opiniones, percepciones… todas cosas que pueden cambiar en cualquier momento sin previo aviso, y que son todo, menos objetivas, tal vez la única coherencia que existe dentro de esta corrosiva ideología.
La verdad no es relativa. Es sencillamente imposible que cada quien sea creador de “su” realidad o “su” verdad, y esto es algo que se puede demostrar perfectamente mediante la lógica básica, partiendo del principio que dice que “lo que es, es y lo que no es, no es”.
Para entenderlo mejor, tomemos como ejemplo una manzana roja. Si alguien cree (erróneamente), por el motivo que sea, que la manzana es azul, y otra persona le corrige o le hace notar su error, no se trata de un acto de soberbia o de querer imponer nada (y es absurdo pensar que sí), ya que la segunda persona sabe perfectamente que esa verdad no empezó a serlo debido a él. En otras palabras, si yo afirmo que la manzana es roja y no azul, no es porque crea que ese hecho se debe a mí. La manzana era de ese color mucho antes de decirlo yo; lo que yo estoy haciendo es limitarme a conocer las cosas mediante mis sentidos y mi inteligencia y a transmitir aquello que conozco por el simple hecho de que es cierto. Por tanto, no es el hecho una consecuencia de mi afirmación, sino que por el contrario mi afirmación es producto y consecuencia del hecho. No puedo decir “la manzana será roja” y que a raíz de eso la manzana efectivamente comience a serlo. El correcto orden de los hechos es: 1) la manzana es roja, 2) yo conozco que es roja por medio de mi vista y mi inteligencia, y 3) incorporo ese conocimiento y luego lo transmito a los demás tal como lo conocí.
Otro principio básico que podemos utilizar es el siguiente: “no puede crear cada uno su propia realidad porque todas ellas serían diferentes y es evidente que vivimos todos en la misma”. Esto se refiere a que, si fuese cierto que cualquiera puede pensar en lo que se le ocurra y automáticamente ese algo pasa a ser parte de la realidad, se producirían choques espantosos. Para entender mejor esto, volvamos a nuestro ejemplo anterior y permítanme hacer un razonamiento un poco repetitivo pero muy matemático y muy claro. Supongamos que una persona llamada “A” piensa que nuestra manzana es roja y otra llamada “B” piensa que es azul. Ambas personas viven en la misma realidad. Todos estamos de acuerdo en que si es roja ES ROJA y si es azul NO ES ROJA. Por lo tanto, ¿es posible que verdaderamente SEA ROJA y verdaderamente NO SEA ROJA, ambas cosas a la misma vez? ¿Puede ser que verdaderamente haya y verdaderamente no haya un árbol plantado en el patio de mi casa?
Del mismo modo que sucede con estos ejemplos que suenan tan tontos, también sucede con el resto de la realidad. No es ella la que debe adaptarse a nosotros, sino que nosotros debemos adecuar nuestro intelecto y nuestros sentidos a aquello que está pensado desde siempre. Es por ello que es totalmente ilógico y contrario a la razón querer sostener que dos realidades opuestas pueden combinarse en una misma.
