
Brexit: una respuesta que generó infinitas preguntas
Una lectura del referéndum británico desde la teoría de la opinión pública.
En junio de 2016 los británicos tuvieron la oportunidad de tomar una decisión que los pondría en el foco de la política internacional durante más de un año. Con un 72,2% de participación, más de la mitad de los votantes decidieron que el Reino Unido abandonaría la Unión Europea a la que pertenecía desde 1973.
Es probable que el brexit siga ocupando primeras planas hasta que termine de implementarse, si es que efectivamente lo hace, ya que desde el día de la votación se ha generado una gran controversia sobre si el referéndum que significó la dimisión del primer ministro David Cameron debe efectivamente llevarse adelante.
Las encuestas realizadas a partir del las primeras negociaciones para su implementación muestran que una porción mayoritaria de la gente cree que la decisión colectiva fue equivocada.
Esto nos lleva, necesariamente, a preguntarnos: ¿por qué se votó el brexit, en una primera instancia?
La voz de las mayorías
Si bien es una monarquía, en el Reino Unido rige un sistema democrático en el que el pueblo elige a sus representantes y, como en el caso del brexit, puede ser llamado a tomar decisiones colectivas mediante plebiscitos.
La pregunta sobre si era conveniente quedarse o salir de la Unión Europea, de hecho, ya se había planteado a la población en el año 1975 (dos años después del ingreso en la Comunidad Económica Europea), cuando casi 70% de los votantes eligieron permanecer. El deseo de las mayorías se acató sin demasiados inconvenientes.
“Imaginemos por un momento que el resultado hubiera sido el opuesto y el 52% hubiera votado para quedarse — plantea Gisela Stuart, votante a favor del brexit, en un artículo para The Guardian — . Si hubiera habido una petición en línea para ignorar la votación, llamadas para que los miembros del Parlamento revirtieran el resultado, pedidos para un segundo referéndum, ¿cuál hubiera sido la respuesta? Se habrían reído de los votantes del leave como yo y nos habrían llamado malos perdedores”.
El escándalo que se ha generado a partir de la decisión de salir de la UE, como lo describe Stuart, parece confirmar que en el mundo occidental amamos las democracias hasta que los otros votan. Ya lo había dicho Winston Churchill, primer ministro durante la Segunda Guerra Mundial, periodista, historiador y una excelente fuente de frases citables: “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás”.
El rol de las élites
El periodista Brendan O’Neill dice en un artículo que escribió para el periódico The Australian4 que los medios, junto con las élites políticas, financieras, los expertos e, incluso, las celebridades comunicaban a la gente que era indispensable permanecer en la UE. En esta actitud de bombardeo contra el brexit, aquellos disconformes con el establishment británico supieron ver que, al votar por la no permanencia, estarían yendo contra los intereses de las élites. El brexit, según O’Neill, fue una “revuelta de las clases bajas”. ¿Fue contraproducente el esfuerzo de la élite?
Una corriente teórica que analizó los problemas relacionados con la opinión pública desde los años 40, encabezada por Paul Lazarsfeld, fue una de las primeras en cuestionar el rol de los medios que, hasta ese momento, otros autores habían considerado casi omnipotentes en su influencia en el pensamiento de las audiencias. Autores como Dewey y Lippman, entre otros, habían propuesto en la década del 20 que los medios eran funcionales a las élites políticas y que eran, básicamente, propaganda disfrazada de información.
Lazarsfeld buscó otras explicaciones. Una de las conclusiones a las que llegó fue que los medios masivos tenían efectos limitados sobre la audiencia, pero que podían determinar la agenda política: pueden definir sobre qué piensa la gente, pero no pueden decirle qué opinar sobre eso, ya que hay factores que tienen más peso en su opinión, como el contexto sociodemográfico.
Esto podría explicar por qué la mayor parte de los votantes del brexit fueron personas de clases bajas y trabajadoras, de cierto rango etario (sobre todo, gente mayor de 50 años) y de regiones muy determinadas (casi todo Inglaterra, menos Londres, y Gales)4. El perfil del votante del brexit fue rápidamente identificado y estigmatizado, y de algún modo estas características (edad mayor, locación periférica, clase baja) hicieron que las principales acusaciones contra los votantes mayoritarios fueran que estaban mal informados, que tenían poca educación y que eran ignorantes.
¿Emocionales o racionales?
Sin embargo, no solo se acusó a los electores del brexit de ser ignorantes, sino también de ser racistas, resentidos y prejuiciosos. Esto se debía a que, como se ve en las encuestas, una de las principales razones por las cuales la gente deseaba dejar de ser parte de la UE era la inmigración hacia Reino Unido.
La gran pregunta que surge a partir de este dato, entonces, es si el rechazo a la inmigración tiene que ver con una cuestión racista y xenófoba de carácter emocional, o si tiene que ver con intereses lógicos y racionales, como la competencia en los puestos de trabajo o la presión sobre los servicios públicos. ¿El voto es racional o pasional? ¿Responde a los intereses del votante o a emociones e identidades personales?
El principio fundamental de la democracia es el de la autonomía personal, la idea de que uno piensa en sí mismo de forma independiente sobre sus intereses. Autores como Angus Campbell, sin embargo, han pensado el voto a partir de la conformación de identidades previas a los intereses personales, que tienen que ver con un proceso de formación de identidad partidaria. En el caso del brexit no se dio el típico enfrentamiento tory vs. labour: las identidades partidarias dejaron lugar a otras cuestiones, aunque una identidad nacional o racial podría ser la explicación de una votación xenófoba.
Esta visión que mencionamos, a la que podemos llamar cognitiva o psicosocial, fue dominante en los años 50 y se opone a posturas racionalistas, que plantean que las personas actúan de acuerdo con sus intereses, sobre la base de eventos e información concretos. Según las teorías cognitivas, las personas son irracionales y emocionales, mientras que el racionalismo plantea que la gente, mediante el voto, intenta defender sus intereses. Las preferencias y los intereses no necesariamente van de la mano.
Como sería injusto asumir que se trató de una cuestión puramente racista, también sería arriesgado apostar por que todos aquellos que votaron por salir de la UE estaban pensando racionalmente en lo que era mejor para sus intereses. Si fuera así, ¿por qué ahora hay tantos de ellos retractándose? Quizá se dio una combinación de ambas cosas.
Salida de la UE, salida de la espiral del silencio
“El resultado del referéndum en el Reino Unido, a favor de abandonar la UE, ha desactivado algún mecanismo inhibidor de las expresiones de racismo”, reflexiona Iñigo Domínguez en un artículo para El País sobre la escalada de violencia xenófoba después del brexit. ¿Cómo se explica esto?
Desde las teorías de la presión social podemos tomar una idea fundamental en el estudio de la opinión pública desarrollada por Noelle-Neumann. La teoría de la ‘espiral del silencio’ dice que las personas actúan políticamente basadas en expectativas de conducta que perciben en el otro. A partir del brexit, aquellos que votaron con motivos xenófobos pueden haber interpretado que se iniciaba una salida de la ‘espiral del silencio’ que antes les obligaba a mantener en privado sus posturas.
Según esta mirada, a partir del brexit dejó de ser políticamente incorrecto pedir a gritos a los polacos que volvieran a sus casas, pintar mensajes agresivos en escuelas o dejar amenazas en buzones de inmigrantes. Dejaron de tener miedo al aislamiento, ya que sintieron que la postura mayoritaria correspondía con la suya.
El problema de interpretación podría radicar en que no todos los votantes del brexit tuvieron una mirada xenófoba. Como dice Gisela Stuart: “Para unos pocos, y me incluyo en ese grupo, se trataba de responsabilidad democrática y la creación de nuevas instituciones que fueran capaces de responder a los desafíos de la globalización”.
Reflexiones finales
La democracia dio la posibilidad de elección y la gente eligió. Podría pensarse que si una de las respuestas al referéndum era tan errada como plantean los opositores, entonces quizá nunca debería haberse planteado la pregunta.
Si contextualizamos aquel ingenioso comentario de Churchill sobre la democracia, nos encontramos con una importante reflexión que, hasta el día de hoy, es fundamental para comprender el brexit: “Efectivamente, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas esas otras formas que han sido probadas de tanto en tanto; pero existe la amplia sensación en nuestro país de que la gente debería mandar, mandar contínuamente, y que la opinión pública, expresada por todos los medios constitucionales, debería dar forma, guiar y controlar las acciones de los ministros, que son sus sirvientes y no sus amos”.
Sin embargo, por supuesto, hay que saber distinguir aquel límite entre lo que la gente quiere y lo que es convenido como éticamente aceptable a nivel internacional e incluso posible o conveniente (esto da pie a una reflexión sobre la decisión del gobierno de Santos de ignorar el “No” colombiano en el referéndum sobre las FARC).
Para un análisis profundo, el racismo y la xenofobia deben ser estudiados en profundidad. En la práctica inmediata, debemos reflexionar sobre si estas conductas que hoy son ‘políticamente incorrectas’ pueden guiar una decisión como la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Y, si la opinión pública cambia, entonces debería cambiar el accionar de los gobernantes, como dice Churchill en la frase que citamos. Aquí es, entonces, donde debería iniciar el debate de los parlamentarios sobre el viraje de opinión que se refleja en las encuestas más recientes.
Finalmente, la posición de Stuart, que plantea redefinir la actitud del Reino Unido frente a la globalización, podría leerse desde una perspectiva histórica. El brexit podría interpretarse como un replanteamiento del rol del Reino Unido en Europa y en el mundo. Tomando perspectiva, podemos ver que, durante el siglo XVIII, Inglaterra funcionó como contrapeso insular de las potencias europeas (Francia, Rusia y Prusia) que buscaban expandirse en el vacío de poder que se había abierto después de la Guerra de los Treinta Años. Este rol de contrapeso encaja en lo que en un enfoque teórico ‘realista’ de las políticas internacionales se llamaría un ‘balance de poder’. Estados Unidos cumpliría más adelante este rol, al surgir como hegemón después de la caída del Imperio británico que, entonces, pasó a ser una suerte de “puente” (como le decía Churchill) entre la nueva potencia mundial y Europa.
Primero un contrapeso, luego un puente, ¿cuál es el rol que debe cumplir ahora? Quizá el brexit sea un primer paso para definirlo porque, aunque Inglaterra se va de la Unión Europea, quizá nunca estuvo del todo adentro.
Bibliografía
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