El rostro de Andrea

Empieza de arriba para abajo, con un pico de viuda. Lo único que sé de los picos de viuda es que son una expresión genética recesiva (probablemente el motivo por el que yo no tengo uno). Después viene una frente casi como todas las frentes, bien proporcionada; cejas perfectas entre las cuales hay un tercer ojo pujando eternamente por salir a flote; y después más abajo un ojo primero y un ojo segundo, ambos con con iris color caoba. Muy buenos pómulos, quizá lo mejor de su rostro, en mi opinión. A veces cuando adelgazo puedo ver unos pómulos similares emergiendo de debajo de mi rostro rechoncho, y eso me hace sentir orgullosa. Todo lo que me hace parecerme a mi mamá me hace sentir orgullosa, sobre todo su mi nuestra voz. Debajo de los pómulos, cuando sonríe (con casi todo el mundo, falsamente; conmigo casi siempre de verdad porque por algún motivo extraño cree que soy graciosa), aparecen dos simpáticos hoyuelos que sí heredó mi hermana menor. Entre hoyuelo y hoyuelo, hay una boca ancha y perfectamente simétrica, con dientes níveos regularmente ordenados, y labios rosados muy bien delineados. Hago esta descripción mirando su foto. En algún momento, hace tiempo, me di cuenta carezco por completo de la capacidad de recordar sus rasgos con precisión… O, llegado el caso, también con imprecisión. El recuerdo siempre es muy borroso, amorfo e incierto, no importa cuántas veces la vea. Al mismo tiempo, me di cuenta de que me resultaba imposible evocar su voz en la memoria. La primera vez que me di cuenta de esto fue la primera y última vez que intenté retratarla de memoria, en un taller de plástica que hacía cuando era chica. Tendría al menos unos once o doce años, porque ya estábamos viviendo en el departamento de la diagonal. Quizá era su cumpleaños, o un día de la madre, no lo sé. Quizá no era ni una cosa ni la otra, porque así como soy prácticamente incapaz de hacer un regalo en el momento apropiado, tengo cierta facilidad para hacerlos en momentos inoportunos. Cuando vio el retrato hecho con pasteles tiza, me dijo que le gustaba. Probablemente mintiera. No porque el retrato fuera necesariamente horrible (aunque también es una posibilidad), sino porque es sabido que a nadie le gustan sus retratos, ni fotográficos ni de cualquier otro tipo. Pocos podemos sentirnos halagados incluso cuando nos retrata un niño pequeño, ya que algún lugar dentro del monigote indescifrable de líneas y manchones no podemos más que vernos gordos, o feos, o sencillamente extraños. Bueno, hablo en primera persona del plural como si a mí también me pasara, cuando no es así. Tal vez sea una de las pocas personas que conozco (y tampoco me conozco tanto) que ama verse en fotografías y dibujos, y que adora escuchar su voz en grabaciones. Pero quizá esto sea porque poseo una cualidad que debo de haber heredado de mi madre, y que quizá explique por qué nunca puedo acordarme bien de su rostro o de su voz, ni siquiera cinco minutos después de haberla visto: porque en plano corpóreo somos extrañamente inespecíficas. Así como la gente que ve mis fotos me pregunta cómo puedo verme tan distinta en cada imagen (“¡Acá sos otra persona! ¡Acá sos otra persona! ¡Acá sos otra persona!”, me gritaba incrédulo mi novio de aquel momento poniéndome el teléfono frente al rostro, pasando las fotos una a una, como si yo no las hubiera visto miles de veces antes que él). La gente que no se detiene a ver mis fotos (que calculo que son la mayoría), simplemente remarca lo mucho que le cuesta reconocerme cada vez que me ve. Y no es sólo por los cambios constantes en el pelo, aunque admito que eso ayuda. A mí también me pasa. Conmigo misma, quiero decir. No me reconozco ni me recuerdo. Cada vez que me miro al espejo me veo como una persona completamente distinta de todas las que fui antes; siento que en algún momento, quizá mientras duermo o mientras estoy distraída, mis facciones mutan como amoldándose a una idea nueva de mí misma que creé en mi cabeza. Nunca terminé de entender la forma de mi nariz; los ojos a veces son más anchos y otras más indecentes; el contorno de mi rostro a veces anguloso como un diamante (reposando en una mandíbula tajante), a veces ovalado y a veces rotundamente circular; las cejas se afinan y se ensanchan; la boca a veces es rojiza y carnosa (sobre todo el labio inferior) y a veces es pálida, fina y sobria. Además, desde distintos ángulos, en el mismísimo momento, parezco personas distintas, como si no hubiera concordancia tridimensional entre las partes. Ese día, un par de horas antes de darle el retrato, dudé mucho mientras lo hacía. Sencillamente no podía recordar nada específico de su rostro. Por lo que sabía (casi como si lo hubiera leído en un libro), mi mamá tenía ojos normales, una nariz normal, una boca indudablemente bella, pero no por eso menos normal. Quizá mi incapacidad de reconocer mis propios rasgos y los de ella se debe simplemente a que esa “normalidad” no es más que el hecho de que mientras más uno conoce a otro más le cuesta descifrarlo, o describirlo. Pero la lógica dictaría lo contrario, ¿verdad? Por esta cuestión de los rostros cambiantes y los rasgos difusos (cualidad que el pastel tiza reforzaba), no sé exactamente cómo salió aquel retrato pero mi hermano mayor comentó, no sin cierta agresividad que caracterizaba nuestro trato preadolescente en aquel momento, que no se parecía en nada a ella. Volví a mirarlo. En el retrato había una mujer. Sonreía. Tenía dos ojos y una boca, y pelo largo castaño rojizo. Pero era verdad, no era ella. ¿Cómo era ella? Ahí empezó la pregunta. Quizá gracias a que soy una optimista incurable (aunque a veces no se note), siempre me tomé bastante bien el tema de ese olvido tan inusual, casi imperdonable, con el que un psicólogo se haría un festín. Desde un inicio me pareció algo gracioso, no algo preocupante. Entonces, así como me sorprendo cada vez que me miro en el espejo, cada vez que la veo a ella siento que la veo por primera vez, y durante algunos segundos juego a descubrir sus rasgos. Siempre me parece linda, y casi siempre se lo digo. Me di cuenta de lo linda que es hace relativamente poco. Antes, de chica, siempre me había parecido que era sencillamente “normal”. Quizá por esa época en la que hice el retrato (en el que, por cierto, no había vuelto a pensar hasta hoy), comencé a darme cuenta de lo linda que era, porque quizá desde aquel día, desde la acusación de mi hermano respecto a lo poco que se parecía (y por lo tanto respecto a lo poco que conocía del rostro de nuestra propia madre), intenté comenzar a descifrarlo, a entender su forma, pero creo que nunca lo logré, ni me acerqué a hacerlo, si bien lo sigo intentando. Con su voz ya no me pasa tanto. Porque ahora que nuestras voces son más o menos iguales (lo confirmaron absolutamente todos los clientes que llamaron al teléfono o al timbre de la oficina durante el año en el que trabajé con ella), simplemente basta con pensar en mi propia voz (o hablar, si no recuerdo cómo es mi propia voz) para encontrarme con la suya. Pero cuando hablaba más como una adolescente y menos como una Andrea, entonces siempre me causaba gracia que, aunque la había visto ese mismo día, no podía retener en la memoria ningún dato de sus sonidos. Podía evocar a casi cualquier otra persona hablando, encontrar similitudes entre desconocidos del colectivo o de la calle con otros a quienes conocía (de hecho, vivo confundiendo desconocidos con conocidos por las voces, hasta que me doy vuelta y veo los rostros), pero jamás escuché una voz que me hiciera acordar a la voz de Mamá. Lo mismo que con el rostro. Pero, como dije, lo prefiero así, porque cada día, de esta forma, Andrea es una mamá nueva, y cada vez que la veo y que descubro sus facciones quizá estoy recreando aquel momento en el que abrí los ojos por primera vez, para encontrarme con un rostro al cual por suerte nunca terminé de acostumbrarme.