Gravedad

Todo comienza en la obra de teatro. Él, Félix, es mi álter ego. Es hermoso con sus ojos color turquesa brillante. Ella, Ámbar, es mi contraparte. Cuando, entre los arbustos, le muestro la bola de venas que se me forma en la pierna, me estira el pie y comienza a hacerme masajes sobre los negros ríos de sangre que corren bajo la piel transparente. Un percusionista sale de entre los arbustos chocando violentamente a otro de ellos, con resentimiento explícito, y cuando todos se ponen a tocar se puede sentir la incomodidad en el aire. Yo pienso en pasar por casa para agarrar un atado extra, pero no estoy en calle 7. Pienso que estoy en Belgrano, por lo que le pregunto a unas chicas que pasan, sobre sus altas plataformas y cada una cargando un arma letal. Me informan con pesar que estoy absolutamente perdida, porque estoy en Centenario. Intento ubicarrme entre las escaleras, las rampas de cemento y los tacos altos; en la distancia se ven los muertos vivos. Dentro de la pequeña habitación, le cuento mi problema a Marty, para que me entienda o me ignore, le doy ambas opciones; que me comprenda implica mi internación psiquiátrica; que me ignore implica que él también es parte de la pesadilla. Yo ya no sé cuándo estoy soñando, le explico, nunca paro de flotar cuando pienso que he vuelto a la realidad. Y todo viene de la obra de teatro. Viene de Ámbar, mi contraparte, que no puede superar la muerte; viene de él, el amante imposible, cuyo personaje es tan importante en la vida del mío, pero cuyo actor en la realidad me ignora por completo. Para descargar lo intenso de mis sentimientos por ese par de ojos que jamás podrían ocurrírseme como un producto imaginario de mi subconsciente, le comento a mis padres (unos padres, realmente), durante el receso de la obra, lo joven, talentoso, y súper… corto la frase, él los está saludando, a pocos centímetros de donde yo me deshacía en elogios. “Y, súper lindo y simpático, supongo que querría decir”, acotó no muy sutilmente aquella odiosa madre temporaria. Mientras le cuento a Marty todo, una pareja con una niña aparece invitada. Ella lleva una pala; él un bastón de cricket. Van a matar muertos vivos, como todos. Una y otra vez, en el escenario, empiezo a flotar, por el trauma que me genera la muerte; no puedo dejar de flotar y me entrego, pero sé que la violencia del mundo es para conmigo, van a intentar atraparme. Él es mi álter ego, él es Félix, mi amor, él se murió. Ella no puede soportarlo, “¿Cómo tu contraparte?” me dice off the script, sorprendida y casi ofendida porque la ponga como una suerte de némesis; intento explicarle que es una cuestión más literaria y poética que un tema de “buenos” y “malos”. No llego a explicarle todo esto, porque vuelvo a flotar. Me doy cuenta que la niña no es real porque es cierto ángulo es igual a una fotografía de mi hermana, todo muy literal. Despierto dentro del sueño ya una docena de veces. Cuando despierto realmente, subo la escalera y le digo desesperada a Félix: “¡No puedo saber si me tomó un minuto o una hora llegar hasta aquí, porque no tenía forma de escapar de un sueño!”, y comienzo a flotar una vez más. La obra es tan buena… tan sólo me gustaría recordar lo que sucede en ella, o el concepto; sólo sé que yo floto tanto… aunque no estoy segura siquiera de ser una de las actrices; quizá soy la escritora. Es en una escuela, con una salida de emergencias; afuera los muertos vivos se apilan para el deleite de las masas humanas de espíritu navideño. Le tiro la carpeta a Belén para que me haga una copia, si no ¿cómo vamos a hacer la obra? Cada vez que se entra en un nuevo sueño, necesitamos una nueva copia de la carpeta. Pero, entonces, ¿cuántas copias hicimos ya? ¿Va a ser eterno? Ella me mira con recelo, pero sabiendo que no puede negarse. Deja la carpeta junto a la fotocopiadora, que está en el escenario, en el centro de la escena que está empezando. Quizá es todo parte de la obra: una copia, de la copia, de la copia. Mi cuerpo flota bajo una manta blanca, estoy haciendo el papel del cadáver. Despierto en la realidad, y mientras floto le intento confesar a cada persona que veo que estoy loca, que tienen que internarme, porque no puedo escapar de un sueño hostigador. Él es mi álter ego; ella mi contraparte. Él es tan hermoso; y está tan muerto.

Veo un poco de luz, en el patio nublado.

Floto hacia la puerta, intentando escapar. Marty me agarra de lo tobillos. De esta pesadilla no te vas. Tengo un momento de claridad y considero si puedo transformar el sueño en algo lindo, en algo interesante, que inevitablemente me despierte por la imposibilidad que ya todos conocemos de permanecer en un buen sueño lúcido. Las hordas de muertos vivos comienzan a inundarlo todo; la obra de teatro sumerge a todos los espectadores en el mismo sueño infinito y aterrador.

Veo nuevamente la misma luz, de la misma forma, ¿cómo puedo confiar en estos sentidos, si mi cuerpo se siente incluso aún más raro que antes?

Ya todo es caos. La obra llegó al momento más dramático, que mi corazón apenas puede soportar. El personaje principal es alcohólico, y rompe botellas contra las paredes. No está en el guión, por supuesto, nada lo estaba. Ríe con locura, aún dentro de sus bellos ojos turquesas que valen la pena diez alcoholismos. Despierto en una hostería en la campiña inglesa; intento explicar a la gente de la época mi pesadilla, pero en lugar de eso, camino hasta encontrar una puerta que me lleva nuevamente al escenario.

Abro los ojos y logro mantener la concentración en la luz del patio durante unos diez segundos, pero vuelvo a caer tras tropezar y atravesar una veintena de párpados en un par de confusos instantes.

Los muertos vivos dieron a la ciudad completa un tono oscuro y una sonoridad monocorde. En el teatro todos los espectadores están tumbados sobre sus butacas, cada uno dentro de un sueño infinitamente cautivador en su locura. Nosotros tres nos miramos a los ojos en turnos, sentados en formación triangular, sobre el escenario. La verdad la sabemos, pero no podemos escapar de ella tan sencillamente. Marty ya no me sostiene de los tobillos, por lo que, haciendo uso de mis poderes oníricos, decido que puedo correr tan rápido como quiera. En un pestañeo, estoy fuera de la habitación; en otro, en lo alto de la escalera; y, en uno más, estoy en la realidad física no-sintética.

Estoy en el mundo real. Mi esfuerzo por despertarme de una vez por todas fue tan fuerte que no sólo abrí los ojos, sino que senté la mitad de mi cuerpo con el envión. Miro a mi izquierda. Allí está el patio, levemente iluminado. Son las seis menos cuarto, dormí menos de dos horas, de las cuales por lo menos diez fueron de pesadillas. El sudor es frío; el pelo ondulado; el cuerpo se siente apaleado. Así, sentada en la cama, siento tanto terror como ironía por la situación: si realmente desperté, ¿cómo puedo estar segura de que no flotaré en cualquier momento? Parece que va a llover, ¿algo del departamento está fuera de su lugar habitual? Sería un buen indicio. Quiero escribir el sueño, pero tengo miedo de volver a él y tener que enfrentarme a una horrible verdad. Siento que algo está por atacarme en cualquier instante. Resuelvo llevar la computadora a la cama y sentarme dándole la espalda a la pared, para sentirme más protegida. Escribo sin mirar la pantalla, y temo que la masa huya de mi cuerpo sin aviso. Dentro de todo, estoy noventa por ciento convencida de estar en el mundo real. En general, a esta hora, el porcentaje suele ser noventa y dos. Escribo toda la historia de un tirón, como voy acordándomela, pero durante todo lo que dura la escritura, sé que estoy omitiendo lo más importante, algo que tal vez tiene que ver con mi figura (o era la de él, o la de ella), cubierta con la sábana blanca, flotando en el escenario. La locura estaba allí; el problema también estaba allí; eso que tan desesperadamente tenía que contar al resto estaba allí; así como eso que hacía que una y otra vez me despertara; en esa figura estaba la clave de la genialidad de la obra que había escrito; y allí también la simple y pura locura que me torturaba; eso era lo que me hacía flotar… Pero, ¿qué era? Me encantaría saberlo algún día, pero temo que significaría perder la gravedad de mi cuerpo, y en este estado (aún escucho mi taquicardia), preferiría ignorar esa sensación por completo.

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