el #magnetismo

Intuía que me gustabas. Entré a tu facebook para convencerme de que eras torta y nada me alcanzó. Le conté a una amiga que habíamos hablado de irnos a vivir juntas, de que era ideal porque no nos conocíamos lo suficiente pero nos llevábamos magistralmente bien. Ambas sabíamos que teníamos temperamentos imposibles de llevar y que sólo por esa igualdad de peso nos íbamos a fumar mutuamente. Te veía a diario y nos sentábamos a un metro de distancia. Te dabas vuelta a cada rato y me coqueteabas con voz de nena. La segunda vez que entré a chusmearte el muro sin motivo me di cuenta de que formabas parte de mi deseo. Te asigné un número informulable en el catálogo de lo que “no necesito pero quiero”.

El primero de agosto del 2014 (una agenda me ayudó con el dato) salimos a bailar “las pibas”. Nos juntamos a tomar primero en lo de L y me faltaban puchos. Dije “tengo que ir a comprar puchos” con la esperanza de que me siguieras. Respondiste al instante (no lo recuerdo pero estoy segura) “te acompaño”. No sé cómo ni por qué te empecé a hablar de mi pintura, de lo que estaba planeando hacer. Compramos cigarrillos a media cuadra y yo me prendí el primero del paquete saliendo del kiosko, sabiendo que no iba a terminarlo al llegar a la puerta del suntuoso edificio, sabiendo que te ibas a quedar hablando conmigo un rato, es decir, escuchándome. Nos sentamos en las escaleras del la torre de L. Tu flequillo y tu pelo lacio, la forma en que se alineaban tus hombros para oírme decir un montón de pelotudeces de las que yo estaba convencida, me llenaban de ganas de besarte.

Volvimos a entrar. Nos habían mandado un mensaje cuyo contenido era algo como “qué ondaaa?”. La noche siguió sin más, nos emborrachamos las cuatro, M se había ido y salimos de gira. Pasamos por tres antros, caminamos más de veinte cuadras, pedimos indicaciones a extranjeros y tomamos tres taxis. Hicimos un derroche de risa, porro, efectivo y ganas de andar. Caminaste sinuosamente colgada de mi brazo y parecía que íbamos a ser amigas. Lo dudé realmente.

A las 6 de la mañana estamos sentadas en el balcón del inmenso departamento de L. Volvimos las cuatro a la casa porque nos urgía ver Zoolander. Ella y B están dormidas adentro, gran golpe de suerte. Yo pienso en las ganas que tengo de darte un beso pero me parece tan obvia mi cara de perdida que siento que si no me lo das vos es porque no lo querés. Te inclinás hacia mí pero apoyás tu cabeza en mis piernas. “Ay”, pienso, “perdí.”

Te acaricio el pelo. Estoy sumamente ebria de fernet, porro, noche y ganas de besarte, te acaricio el pelo con una mano que no sabe qué hace. Por momentos me muevo suave, al rato dudo de si te voy a besar o no, tiemblo y disimulo mal. La situación es tétrica y/o romántica. Así me lo recordarías unos meses después y tenías razón, fui y soy un aparato. Me prestás el celular y pido un taxi. Aguardo hasta el último segundo esperando tu beso. No llega. No llega pero te leo las ganas que tenés de que ese instante exista. Dudo porque es lo que me sale mejor. Me da vergüenza, estoy borracha, me voy.

Llego a casa de C que vive a diez cuadras y me acorta por mil el costo de un taxi a Parque Chacabuco. Le hablo un poco. Me acuesto en un colchón en el living. Ella se duerme o casi. En pijama me pongo los auriculares y en el ipod elijo Gratis, de Babasónicos. Abro twitter, busco tu feed, bajo, bajo, bajo como me gustaría estar bajando encima tuyo. Encuentro frases de borracha y encuentro la clave: ahora sé que sos mía. Escribiste “podría pasarme toda la noche escuchando lo que tiene para decir”. Dudo otra vez (porque es lo que mejor me sale). Chequeo la hora. Lo pusiste un minuto después de haber subido las escaleras conmigo. Probablemente esperaras que yo lo hubiese leído antes. Debería haberte besado en el balcón. No importa, sé lo que quiero saber: quizás no te gusto pero no hay duda de que te atraigo. Escucho otro tema. No puedo creer que no haya sido obvia mi cara de tonta en el balcón. Escucho Curtís. Para enamorarme no necesito tu consentimiento.

Se termina el finde. A media semana estás agobiada por la mierda que flota en tu casa y porque tu ex te habló nosequé. Te propongo que vengas conmigo y G el viernes a cantar canciones de Elmató que no conocés. Me decís que sí. ¿Ya usábamos el emoji de la ovejita en el chat del laburo?

A la noche te paso un tema para que entres en sintonía pero en realidad te lo estoy dedicando y te das cuenta enseguida. La letra es simple. Dice “ey, quién te va a cuidar? En este mundo peligroso, tenemos que estar juntos”. Como si lo citaras, lo corregís y me escribís por whatsapp “tenemos que estar juntas”. Me duermo.

Es jueves a la tarde, me escribís por el msn laboral de nuevo:
- Tengo una noticia buena y una mala, ¿cuál te digo primero?
- La que quieras.
- Bueno, la mala es que no puedo ir mañana a ver la banda con ustedes, tengo un cumpleaños.
- ¿Y la buena?
- La buena es que el sábado estoy libre.