Cómo le dije adiós a un amigo tóxico y comencé a quererme

Conocí a X hace unos años. Iniciamos una amistad desde la lejanía. Le confesé muchas inquietudes. Le hablé de libros, ideas y sueños. Nos escribíamos a diario y ahí nos confesamos nuestros miedos y nuestros problemas. A veces me hablaba de las chicas que le gustaban. Casi siempre era él quien escribía y yo la que lo leía. Quise ayudarlo, pero no sabía por dónde empezar. Pensé que como era más joven no entendería hasta que tuviera más edad. Lo único que podía ofrecerle era mi lectura. Lo leía y lo escuchaba. Lo quería.

Muchas veces me dijo que no concordaba con mis opiniones políticas, especialmente con el feminismo. No me daba cuenta de todo lo que implicaba: no concuerdo con que seas activista por los derechos de las mujeres. No concuerdo con que estés cansada de ser acosada en la calle y decidas exigir tu libertad en el espacio público.

Aguanté sus memes, comentarios despectivos hacia el feminismo, sus likes a Callo de Hacha — incluso me compartía sus videos para ver qué opinaba — , sus tuits y posts sobre por qué él no era privilegiado.

Me di cuenta que a X le permitía todo; comentarios que ni a mi papá le permito. Con las demás personas soy muy dura, pero con él me dejaba porque era mi “amigo”. Podía lastimarme porque era mi amigo. Creía que se iba a dar cuenta por sí mismo de que me estaba lastimando y me pediría disculpas. Callé mucho tiempo. Quedarme callada y guardar el dolor terminó por quebrarme. Cada vez me lastimaba más lo que me decía. Me dolía lo que publicaba y conversaba con otros.

Al final ocurrió lo que ya sabía que iba a ocurrir. Participó en el acoso contra una conocida en Twitter. Lo vi usar el hashtag, compartir memes racistas, burlarse de la situación de acoso. Esta situación me recordó la que yo misma sufrí en 2014. Sé lo horrible que es ser acosada en internet. Sé que es horrible que miles de personas se unan para hacerte pasar por la “broma” de la semana.

Ese mismo día enfrenté a X. Tenerlo en redes sociales me hacía daño y sus comentarios me lastimaban. No podíamos ser amigos por esos medios, pero no quería perder el contacto. En verdad creía que dentro de él las cosas eran diferentes y no era esa persona nociva que es en Twitter o Facebook. Todo esto se lo escribí. Le pedí disculpas. Le pedí también que dejáramos las cosas entre nosotros dos, por el cariño que nos teníamos y las cosas que habíamos vivido. Y aunque le dejé bien claro que me lastimaba, nunca pidió disculpas. Mientras lo confrontaba tenía mucho miedo. Temía ser una mala persona. Porque claro, él también sufre, él también siente. Sentía que yo era la mala del cuento, la feminazi, la loca que no acepta otras posturas distintas a la mía.

Pero después de que hablamos, lo primero que hizo X fue despotricar contra mi decisión en redes sociales. Sacó a la luz pública una situación privada y personal, una decisión de amigos. Aunque nunca mencionó mi nombre, no era difícil adivinarlo. Así que lo silencié de mi vida.

Con lo que pasó con X aprendí muchas cosas. Primero, entendí que puedo enojarme, entristecerme y ser egoísta con mis amistades. Aprendí que ver por mí, cuidarme, crear un ambiente sano en mis redes sociales es mi derecho. No porque quiera construir una cámara de resonancia, sino porque quiero un espacio seguro. El mundo allá afuera ya es culero con nosotras. Desde el día en que dejé a X fuera de mi vida estoy más tranquila. Lo extrañé mucho al principio, pero después me di cuenta que el rencor y su forma negativa de lidiar con sus emociones lo ciegan. Dejé de extrañarlo. Él decía que no somos los mismos en redes sociales que afuera. Yo no estoy segura de eso.

También me di cuenta de que cómo mujer solía quedarme callada por miedo a que me juzguen o me tachen de exagerada. Mis amistades se basaban en la aceptación masculina. Pensaba que si me quedaba callada nadie se iba a meter conmigo. Nadie me iba a juzgar o dejar de querer.

Contrario a lo que X piensa del feminismo, creo éste me ha dado una libertad que antes no tenía. Poner mi salud emocional primero me ha permitido ser más reflexiva, amorosa y mejor amiga. Digo lo que pienso sin miedo a ser juzgada por la gente que quiero. No significa que siempre estaré en lo correcto, sé que habrá amigos que no estarán de acuerdo conmigo, lo sé porque he debatido con ellos; sin embargo, dentro de ese debate siempre está el aprendizaje, la escucha y el amor.

X nunca quiso aprender conmigo. Y creo que ahí radicaba la toxicidad de su amistad. Anteponía sus problemas como si estuviéramos compitiendo por quién sufre más. Nunca tomó en cuenta que, así como él necesitaba a una amiga que estuviera ahí, yo necesitaba un amigo que fuera empático y dispuesto a escucharme.

He notado que muchas de nosotras preferimos continuar con estas amistades y eliminar esta serie de hechos que nos incomodan. Preferimos quedarnos calladas y escuchar cómo otros deciden por nosotras, nos convierten en objetos o se burlan de lo que nos sucede.

El silencio se convierte en un paliativo para la amistad.

Como feministas es normal que elijamos nuestras batallas y definitivamente no queremos tenerlas con la gente que amamos; sin embargo, la gente que amamos no lee nuestro pensamiento, menos va a adivinar nuestro dolor. Lo que nos duele o nos incomoda no va a cambiar si no lo decimos. Ahora creo firmemente que quienes nos aman, crecen con nosotros. No se quedan atascados esperando que sus emociones se resuelvan solas mientras lastiman a otros en el camino. La gente que nos ama acepta nuestras decisiones, nos escucha y nos acompaña.

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