Querido Gismundo

Alejandra Arévalo
May 5 · 4 min read

Ya sé que no te gusta que te diga tu nombre completo porque sólo lo hago cuando estoy enojada contigo. Esta vez es diferente, te escribo esta carta porque quiero contarte tu historia y contar la mía de paso, aunque más bien es una carta de agradecimiento. Te llamé Gismundo porque así se llama un personaje literario que me gusta mucho, es un vampiro. A este vampiro también le dicen Gis, como a ti, y como eres negro y estabas feísimo pensé que te quedaba. La idea fue de Caracol quien siempre tiene buenas ideas y a veces se las robo, ambas habíamos leído Mundo Umbrío y nos había gustado tanto, por eso te llamas Gis.

Cuando llegaste eras horrible, pequeño y lleno de pulgas, llegaste en octubre porque en octubre siempre pasan las mejores cosas y justo a tiempo para mi nueva vida. Yo tenía tres meses en esta ciudad y todo me parecía monstruoso; llovía mucho, se llenaba mi nariz de mocos y estaba lidiando con que mi madre no me hablara. Ella estaba muy molesta con la serie de decisiones que hice. Tenía dos meses sin hablar con ella. Fuiste compañía inmediata.

Siempre quise tener un gato ¿sabes? una vez llevé uno a la casa pero mi mamá me pidió lo dejara en el techo del patio para que se fuera, era negro igual que tú. Era flaco igual que tú. Tuve que hacerlo porque mi madre siempre ha sido muy impositiva conmigo, en su casa se hacía lo que ella quería y nada me dolió más que dejar ir al gatito. Sobre todo porque yo había llegado a la casa con la firme idea de que nadie me haría cambiar de opinión y finalmente me rendí, soy tibia, dirían algunas tuiteras. Lloré, le insistí, le prometí me haría cargo. Nada cambió su semblante y dejé al gatito a la intemperie. Ese suceso está mezclado con mis sentimientos por ti, tú eres ese gato y todos los gatitos del mundo que no pude y no he podido ayudar.

Por eso, cuando llegaste a casa, pensé que por fin podría hacer lo que yo quería, no estaba mi madre ni nadie para decirme qué hacer y fuiste un símbolo de libertad en esta ciudad que amenazaba con comerme. Eras horrible pero eras mío. Qué chistoso, más bien creo que yo soy tuya aunque en el idioma gato no existen los pronombres posesivos.

Creciste. Creciste mucho. Fuiste un gato cholo algunas veces, como esa vez que bajaste por las escalera con un cuchillo. Nadie me cree nunca esa historia. Otras veces fuiste un gato cariñoso, quisiste de Lina hasta sus últimos momentos, la bañaste y la acompañaste. Para mí eras el gato que siempre quise tener.

La verdad es que tener un gato no es fácil, aunque la gente diga que sí. Primero tienes que aprender a lidiar con el rechazo. Si te soy honesta al principio me dolía que no hicieras lo que yo quería o que no me quisieras como yo lo esperaba. En estos cuatro años he aprendido que el amor llega sin obligación y que el rechazo es algo natural en esta vida.

No me gusta que me rechacen, Gis.

Cuando R se fue y nos quedamos solos, lo que más me dolía era el rechazo. O sea, me dolían muchas cosas, pero siempre me ha afectado cuando me dicen que no. Decirme que no significa que no soy suficiente. Sé que a todos nos rechazan y todos me dicen que es normal. La terapeuta, las amigas, los libros y, sobre todo, tú. Hablaba con Areli de esto, ya sabes cómo es Areli, todo me lo explica en número. En una proporción me rechazan mucho porque lo intento poco. Si por ejemplo lo intentara 300 veces y de eso el 10% me dijera que sí, sería 30 personas. 30 personas son un salón de clases, o sea muchas personas. Pero como nunca lo voy a intentar 300 veces, más por flojera que por cobardía, los resultados son desalentadores. No sé por qué te escribo sobre porcentajes, si tú no sabes matemáticas. De hecho, creo que te valdrían verga las matemáticas.

Pero te hablo del rechazo porque esa es nuestra relación y ese es mi mayor aprendizaje contigo. Me rechazas y me ignoras porque eres un gato, lo sé. Sin embargo, siempre regresas. Eres paciente. Me has visto llorar y me has visto ser muy feliz. Me has enseñado que la paciencia y el perdón existen. Me has enseñado que debo hacerme cargo de mis errores y también me has enseñado que a veces la vida se puede mirar con tranquilidad desde el espacio gigante que es la cama que nos compramos por accidente. Me da gusto que los dos quepamos ahí con todo y tus seis kilos y medio.

Gracias por ser compañero. Ya se me hizo costumbre decir que eres el único macho que acepto en mi vida. Gracias por darme la oportunidad de redimirme con los gatitos del mundo. Gracias por enseñarme que el amor requiere paciencia y requiere tranquilidad, que los momentos más especiales llegarán cuando menos lo esperes, por ejemplo tú a las 3:00 am cuando duermes en mi panza.

    Alejandra Arévalo

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