Entre Ángela y yo

Un cuento de ficción que se basa en la confusión de nombre que tuve con una profesora: una profesora maravillosa, para que lo sepan.


Entra Angélica a la clase, igual que lo hace cada vez­: con un poco de nervios debido a esa falta de equilibrio que formaba la mente complicada que se le había concedido, y que le provocaba ansiedad al enfrentarse a situaciones «normales»; era una reacción automática, cosa que realmente estaba fuera de su control, al principio. Llegaba con nervios y, a partir de este estado inicial, Angélica tenía que persuadirse –cada vez– de que ella era capaz de superar su ansiedad y lograr participar de manera positiva en la clase. Pero algunos días, como hoy, le costaban más que otros convencerse de que era capaz, bastante inteligente, competente… En estos días, comentaba menos, o nada.

Aparte de que Angélica tuviera esta batalla mental, con la cual luchaba cada día, la profesora le presentaba otro elemento muy interesante para estimular pensamientos y razonamientos consigo misma; y en un día como hoy, cuando sentía que cada cosilla que compartiera sería inútil, inevitablemente le daba vueltas a los comentarios de los que a ella le rodeaban, a cada pensamiento que le entraba a la mente… y la situación dada por la profesora era uno de ellos. Esta situación se presentó por primera vez un día frío de febrero cuando una compañera comentaba un relato que leían…

–¡Muy bien, Rosa! Me gustan tus comentarios.

–Gracias… y tenía una pregunta.

–Sí, sí, claro, dime.

–¿Por qué no quiso darnos más información la autora acerca de este personaje?

–¡Qué pregunta más importante, Rosa!– exclamación con la cual Rosa se sonrió, con orgullo codicioso.

–Es que no he entendido por qué haría falta hacerlo de esa manera, ni el objetivo.

–Vale, pues ¿qué pensáis vosotros? La profesora se redirigió a Angélica y a los otros cinco alumnos de la clase. Lo rarísimo era que, en ese momento, sí le dio por responder, tenía una opinión que creía que valía la pena compartir. Entonces levantó la mano.

–Sí, dime Ángela. Ah, la profesora cree que mi nombre es Ángela… ¿me parezco a una Ángela y no a una Angélica? Hmm. Para mí que no tengo pinta de ninguna Ángela, como que es para una persona mayor… qué gracia… o igual se ha equivocado y ni se ha dado cuenta, ¿la corrijo? Bueno, seguramente ha sido un error inconsciente y realmente sí sabe que me llamo Angélica… no hace falta que la corrija.

Pues resultó que, desde aquel día, la profesora ya se había convencido, en algún rincón de la mente, de que Angélica se llamaba Ángela porque cada vez que en clase se refería a esta alumna ansiosa, le pronunciaba «Ángela»; cada vez que le escribía un comentario en sus trabajos, le ponía «Ángela»; y cada vez que le enviaba un correo electrónico, lo comenzaba con «Ángela»… y hoy, después de sentarse a darle vueltas a esta situación –que no era nada grave y muy insignificante al aparecer– Angélica pensó: Casi, casi se parecen los nombres, entonces da igual todo esto, ¿no?… pero es que no soy una Ángela… ¿Le pido que me diga Angélica? Me da algo de vergüenza, ya que realmente cree que me llamo así…

–Ángela, ¡Ángela! ¿Qué opinas de este tema, de la identidad? Angélica sintió su corazón de burbuja ponerse ansioso al sentir los ojos de todos sus compañeros dirigirse hacia ella, como agujas puntiagudas apuntando directamente a esa burbuja delicada que latía en su interior, para reventarla. Tranquila, tranquila, respira, puedes responder muy bien.

–Ah, pues me parece que la identidad es un elemento al cual es muy difícil ponerle nombre, o sea que, cada uno, tendrá palabras o nombres con los cuales ellos mismos se identifican para formar su identidad… pero yuxtapuesto a esto, también –me imagino– existen otras palabras o nombres que el resto del mundo impone sobre ellos, que a veces se relacionan muy bien con la identidad de esa persona, y a veces no. Yo creo que esto puede crear un especie de margen entre la manera en que una persona se conozca a sí misma, y cómo la interprete o piense el resto del mundo.

–Vale Angie, gracias. No. ¿Qué ha dicho? ¿Ha dicho ANGIE? Madre mía, no me lo puedo creer, me ha dado todavía OTRO nombre… uno que tiene que ver hasta MENOS conmigo… jolín ¿qué hago?

Perdón, profe, una pregunta.

–Sí dime.

–¿Cuál es mi nombre?

–Ay Angélica, y ¿por qué me preguntas eso?– me responde con una sonrisa cínica que solamente había visto en las películas de Stephen King

)
Angélica Rodríguez

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