Escalando árboles en Providencia

Enrique Herrera
Jul 25, 2017 · 5 min read

Cuatro de la mañana, a esa hora sonó el despertador. Por más tenue y pacífica que sea la alarma, a esa hora es como estar recibiendo punzadas en los oídos. Sin embargo, cuando se trata de salir a escalar, el entusiasmo gana. Hay una cierta emoción que hace que no sienta cansancio ni desvelo.

Anticipando el despertar madrugador, opte por bañarme la noche anterior. También, tenía preparadas mis cosas desde la noche anterior. Todo sea por ganarme unos cuantos minutos de sueño. Pero más que eso es la expectativa. Desde el día anterior comienza el viaje. ¿Cuánto espacio tengo? ¿Cuántos alimentos llevo? ¿Cómo estará el clima? Las respuestas a estas y otras preguntas deben caber en un solo bulto. Es mi regla para un viaje de un solo día.

La madrugada se torna en mañana, el clima es frío y el grupo de personas que formamos parte del viaje estamos esperando nuestro transporte. Cualquier pasante podría suponer claramente que vamos a alguna aventura en la montaña por nuestras prendas: jackets, calzado para la montaña, gorros o pañuelos (gorras jamás), grandes bultos. No se equivocan. Nos dirigimos a Providencia de Dota, en la zona de los Santos, a escalar árboles.

El viaje a Provi es de unas dos horas, con todo y parada obligada a desayunar en Los Chespiritos #1. “Los Chespis” son tres cafeterías localizadas entre El Empalme y la oficina de los guardaparques de la Zona de Los Santos, sobre la Carretera Interamericana. “Los Chespis” #1 esta estratégicamente localizada al lado de la carretera que lleva a Provi.

gobierno o como nosotros los mortales lo conocemos, gallo de chorizo y una resucitadora taza de café. La tertulia del desayuno entre los viejos conocidos y nuevos por conocer usualmente tiene que ver con escalada y se extiende hasta que nos volvemos a montar en la buseta.

Con el estómago feliz, ahora sí, nos dirigimos a Provi, catorce kilómetros de bajada en calle de lastre con vistas espectaculares compuestas por montañas, barrancos y piedras del tamaño de casas. Ya en la parte baja, casi llegando al pueblo, la calle de lastre va paralela a un riachuelo limpio, rodeado de más piedras imponentes. El “playground” de los escaladores. Pero hoy no vamos a escalar piedras. Hoy escalamos árboles.

Nuestra base en el pueblo es la casa de Doña Ana y Don Enrique, quienes nos reciben tal cual familiares que tenemos rato de no ver. Sin duda un momento emotivo. Compartimos un rato con ellos. Nos dan su bendición y la hora en que servirán el almuerzo y con ese importante dato apuntado, estamos listos para adentrarnos en Providencia.

Los árboles están cerca de la casa de Doña Ana y Don Enrique, escasos doscientos metros de puro bosque, eso sí.

Son dos árboles imponentes, uno de ellos está en diagonal. Se requiere destreza escaladora para subirlo. Mientras que el otro es vertical, de unos treinta metros de altura que conforme sube, comienza a torcerse lo cual dificulta la subida si lo hacemos contrario a la torcedura. Como vamos con principiantes, lo más conveniente es escalar por encima de la torcedura del árbol.

Andrés prepara el sistema para que los escaladores puedan trepar sin ninguna preocupación.

La primera en subir es una niña de ocho años. En mi experiencia escaladora, los niños son algo temerosos a la hora de subir. Pero esta niña me cerró la boca. Llegó a la cima en su primer intento y no demostró miedo alguno en ningún tramo. Una pequeña guerrera. Al llegar a la cima, Andrés le explica cómo acomodarse para bajar y como el árbol lleva una inclinación en lo más alto la forma de bajar es colgada de la cuerda mientras el asegurador la baja lentamente, como una pequeña arañita colgando de la tela.

Conforme se acerca al suelo, se le ve la cara de felicidad. Le decimos que haga maromas en la cuerda mientras baja para tomarle fotos. Ella fue la primera de once que subieron el árbol ese día.

El aguacero se deja venir, mientras los demás escalan, baldazo cerrado. Preparamos algunos toldos y tiendas de campaña que traíamos, para cubrir el equipo principalmente. Las jackets impermeables nos cubren a nosotros. Andrés permanece en la copa del árbol y yo estoy abajo en labores de asegurador, alternando con otro compañero. Algunos tienen suerte y escalan sin lluvia. Otros como yo, no.

Escalo de último sin utilizar los zapatos de escalar porque estaba resbaloso. Había que tener cuidado. Escalar árboles es bastante volado. El tronco es una maraña de tronquitos o ramas de los cuales uno se va sujetando con las manos.

Con los pies se utiliza el bloqueo que consiste en meter el pie de medio lado, entre ramas, y moverlo a su posición normal para crear el bloqueo. Básicamente es tallar el pie. ¡Hojas!, luego de acomodar las manos es necesario desbloquear los pies para subirlos. El desbloqueo también es difícil por el grosor del zapato de montaña y en varias ocasiones los pies quedan atrapados entre ramas creando una leve sensación de ansiedad y nervios.

Al llegar a la cima, no me percato de la altura. Cuando el asegurador comienzo a bajarme y veo a las personas abajo, en ese momento es donde se nota la altura. Un sustillo gratificante. Es la culminación del esfuerzo intenso. ¡Felicidad total!

Después de descender, recoger equipo y arreglar bultos, estamos listos para el almuerzo.

Doña Ana y Don Enrique nos reciben nuevamente, pero ahora con un merecido almuerzo: arroz, frijoles, carne y ensalada de repollo. Después un café y pan casero. Yo me tomo dos tazas.

Empacamos la buseta y de vuelta para la casa. Algunos van dormidos del cansancio. Otros conversan y ríen levemente. Escalar es más que solamente trepar. Es reconectarse con la naturaleza en comunidad. Es comenzar el viaje como extraños y terminarlo como compas de toda la vida. Esto es escalar de verdad.

Enrique Herrera

“La simplicidad no se agrega, se elimina la complejidad.” || Escalador en roca || Amante de la naturaleza || Costa Rica

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