Más intolerancia, menos sexo anal
“¿Por qué las morras no aceptan que tendrían sexo anal?” me dijo un amigo hace unos días; pregunta que podría contestar con la misma razón por la cual hombres y mujeres pierden sus empleos, familias y amistades cuando confiesan tener preferencias sexuales diferentes de sus círculos sociales o aquellas mujeres víctimas de algún tipo de violencia que permanecen con sus esposos por miedo a ser señaladas entre su comunidad religiosa.
En una sociedad donde 8 de cada 10 mexicanos se identifica con el credo católico, difícilmente se pueden hablar de preferencias, prácticas o decisiones de vida que supuestamente van en contra de ciertos preceptos religiosos.
Hay que aceptar que han sido notables los cambios en el discurso religioso en contra de la violencia de género, pero la serie de publicaciones bajo el título “¿Por qué la Iglesia se opone a la iniciativa del Presidente que promueve el “matrimonio igualitario?” en el semanario Desde la Fe de la Arquidiócesis de México, nos deja muy lejos de convertirnos en una sociedad libre, tolerante y protectora de los derechos humanos y sexuales de nuestros semejantes.
A lo largo de cinco semanas, dicha publicación abordó el matrimonio homosexual desde diferentes ángulos y compartía con sus lectores las cinco razones que tiene la Iglesia Católica para no aprobarlo: el rechazo del mismo en sus escrituras; que éste no santifica la vida; que causa daños físicos, psicológicos y espirituales; que donde se ha legalizado se ha atentado contra la libertad de conciencia y de expresión y que se opone a la voluntad de Dios.
Pero quitando del discurso los preceptos ideológicos y religiosos, la mayoría de los textos no sólo atacaba a la comunidad LGTBI atribuyéndoles estereotipos sino que fomentaban la discriminación, violencia, intolerancia y odio entre la sociedad mexicana.
Lejos de abrir el diálogo entre sus feligreses sobre su postura ante un tema polémico (que además es ajeno a lo que le compete a la Iglesia), pareciera que quería darle falsas armas a su comunidad extremista para discriminar, atacar y segregar a quienes tienen preferencias (e incluso prácticas) sexuales a lo religiosamente “aceptado”.
“La Iglesia no odia a los homosexuales, los ama, y sufre si ellos sufren”, asegura la Arquidiócesis de México: argumento que si fuera real y bien intencionado dejaría de acompañar su postura en contra del matrimonio igualitario al entender el trasfondo que tiene esta medida en la procuración de los derechos sociales (como el acceso a servicios de salud conyugales, por ejemplo) de la comunidad LGTBI.
Pero además, lo más discutido por la opinión pública fue la explicación biológica de por qué el sexo anal es un riesgo para la salud. “El ano del hombre no está diseñado para recibir, sólo para expeler”, declara Desde la Fe.
Aseveración que tira a la basura una lista enorme de investigaciones que tratan de explicar por qué dicha práctica es satisfactoria y cómo tenerla con las mejores medidas sanitarias posibles, solo por una razón: rebatir el anuncio del Gobierno Federal con respecto a la legalización del matrimonio igualitario en todo el país.
Y la intimidad y la confianza (algunas personas asocian al sexo anal a una práctica que sólo harían con alguien de mucha confianza); la búsqueda de diversidad y nuevas sensaciones, el erotismo aumentado por romper tabúes, entre otras razones por las cuales la gente asegura que le gusta dicha práctica en las investigaciones de Kim McBride de la Universidad de Indiana (mencionada por Pere Estupinya) se van directo al rincón de lo no aceptado con estas declaraciones que, sin lugar a dudas, no trae más que intolerancia en nuestra sociedad.