Uno de los memes de Ramos Allup

Ramos Allup y la idolatría, la idolatría y Ramos Allup

El cambio no sucede con la sola expulsión de unos ídolos «negroides» del palacio

@spassalacqua

En sus recurrentes apariciones, Henry Ramos Allup ha criticado firmemente el «culto necrolátrico» en torno a la figura de Hugo Chávez. Ha explicado una y otra vez por qué mandó los cuadros de Chávez y Bolívar a sus viudas, a Sabaneta y a la basura. Ha recordado a la audiencia, asumiéndola medianamente culta, que ni siquiera José Tadeo Monagas se atrevió a colgar su cara en el Congreso después del asalto de 1848. Ha declarado limpia de latría la Asamblea Nacional con dos enormes pendones del retrato clásico de Simón Bolívar (lo que nos deja balanceándonos como John Travolta en ese famoso meme extraído de Pulp Fiction).

Muy pocos imaginaron que Ramos Allup iba a convertirse en «el hombre del momento» en este siglo, pero así son nuestros insólitos populismos. Solo unos días después de las elecciones legislativas, intelectuales y artistas clamaron por tener a Ramos Allup en lo más alto del hemiciclo con estas palabras: « (…) Quienes suscribimos juzgamos, que sin desmedro de las indudables cualidades de los 111 diputados opositores restantes, electos el domingo pasado, el señor Henry Ramos Allup, reúne las mejores herramientas, como presidente de la Asamblea Nacional, por lo menos para el primer año del periodo del ente legislativo». Y terminó imponiéndose sobre Julio Borges en la votación interna de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

Es notable que el presidente del parlamento haya adquirido una enorme popularidad desmantelando la iconografía chavista, reafirmando quién controla el tiempo en la cámara e incluso haciendo mercado sin escoltas en Quinta Crespo. Ya se volvió innecesario tener un diccionario abierto para entenderlo: si usted conoce o no el significado de la palabra dicha, sabe que se trata de un insulto explícito o solapado para quien seguramente lo merece. Y usted lo aplaude. El «pueblo» le tributa admiración a su esposa y a los tres adonis que son sus hijos. El «pueblo» adora verlo cortando jamón en la intimidad de su cocina. El «pueblo» dispara el rating del programa de Vladimir Villegas. Ramos Allup transmutó en una autoridad carismática (ídolo-celebridad-meme) con sapiencia de abuelo y vocación de castigo.

Este barullo me hace recordar una romería adeca celebrada en la avenida Caracas de Barcelona en 2010. Algunos militantes del «partido del pueblo» llevaban camisas que rezaban «Henry 2012», asomándolo como el candidato que se enfrentaría a Chávez. Me pregunto qué habrá pasado con las camisas, porque el «pueblo», infalible y presidencialista hasta más no poder, estaría encantado de cambiarles el año.

Si bien Ramos Allup hoy tiene el mérito de inaugurar simbólicamente una transición que supondría liquidar el culto chavista, hay que decir que el cambio no sucede con la sola expulsión de unos ídolos «negroides» del palacio. El cambio sucede cuando comprendemos lo dañina que es nuestra forma de producir fenómenos políticos y de involucrarnos en ellos, no a través de la sana simpatía sino de la idolatría.


Y así actúa un idólatra cuando cree ofendida su fe: