Propongo un nuevo partido

Arte de Equilátero Laboratorio Creativo

Este partido que propongo nos joderá tanto, pero tanto, que nos dejará al borde de una interrogación sobre la capacidad de joder

@spassalacqua

Casi nadie creería que un tipejo sin gracia como yo anda con una navaja escondida en la media. No recuerdo muy bien cómo logré que mi abuelo me la regalara, pero la conservo desde los nueve años. No es una navaja suiza ni un poquito refinada. Es una hoja vulgar, con rayones, de pobrísimo filo. A veces fantaseo con el momento de sacarla en medio de un atraco, de someter a un malandro enclenque punzándole la yugular, obligándolo a soltar el «yerro» en el piso del autobús mientras los espectadores, embobados, graban la hazaña y trabajan como enjambre para viralizarla en cuanta ventana admita la videocracia nuestra. La abro, la pongo al sol para verla resplandecer y la devuelvo al tendón de Aquiles. Y se desvanece otra vez el remix de La cabalgata de las valquirias con Daddy Yankee, el ruido de la pistola caída, el #ProfeLacra en tendencia mundial.

Ese silencio que se restablece me habilita para examinar sin pasión adolescente la fantasía, clasista y egocéntrica hasta la culpa. Coño, soy periodista, soy profesor universitario, soy un tipo de palabras, de (frágiles) privilegios. ¿En otro lugar del planeta habrá un periodista armado para sentirse a salvo en el tránsito de su casa al trabajo? ¿En qué otra democracia? ¿En qué otro país sin guerra? Entonces miro a los pasajeros y compruebo que todos nuestros autobuses conducen al mismo infierno, que cínicamente contemplamos la calle en llamas a través de la ventana, que vamos todos figurándonos una próxima hazaña violenta y que casi todas se harán realidad. La señora que va a mi lado, por ejemplo, es maestra y lleva sobre su falda El libro azul con una enorme mancha de grasa en la verruga del autor, afortunadamente carcomido por el cáncer. ¿Qué arma más mortífera que una lectura obligatoria?

Pertenezco a una generación criada por la violencia. Nacimos cuando los noticieros mostraban saqueos, turbas y micromasacres y a un comandante golpista anunciando que no se lograron los objetivos, que no murió suficiente gente, pero que ya llegaría el momento de aniquilarnos. Crecimos mientras el presidente amenazaba en cadena nacional con someter sexualmente a su esposa, maldecía a Israel, expropiaba negocios solo con apuntarlos con el dedo, llamaba plasta a la iglesia católica (favor que se le agradece) y contaba sus diarreas sin el mínimo pudor. Somos hijos de Chávez. Todos.

En la universidad me encuentro con alumnos que plagian y exigen a gritos que se les reconozca su plagio como un ejercicio intelectual válido. Los hay también aguerridos. Se me ocurrió cierta vez decirles que había traído una maleta llena de fusiles y que podíamos agruparnos en un frente paramilitar contra la dictadura. Y aceptaron. Están los que proponen cerrar medios de comunicación cuyo estilo perciben como políticamente incorrecto. Los que con orgullo ignoran la mortandad del 11-A. Los que deciden no leer el Juicio a la televisión venezolana ni leer en absoluto.

Al volverme a las redes sociales, veo cómo crecen los círculos de muchachos que lograron una definición política haciendo un test en línea de limitados espectros. Son como grupos de apoyo de pretendidos analistas del comportamiento político, que frenéticamente señalan lo que es socialista y lo que no, lo que «debe ser» y lo que no. Tienen preocupaciones globales como la patraña mediática contra Donald Trump, la libre tenencia de armas o lo «feminazi» en las axilas teñidas. Pero se asumen como «el futuro» de la «política venezolana». La misma política que ha enfermado al Estado de obesidad mórbida hasta incapacitarlo para actuar en cualquier área, pero que a la vez ha lanzado todo ese sobrepeso en la cervical ciudadana hasta quebrarla.

Después de estas enumeraciones y fallidos considerandos, mi propuesta es nada menos que un nuevo partido. Sería un partido de muchedumbres comprometidas con el desastre. La profundidad política, por favor, se la dejamos a los que no hayan descifrado todavía nuestra dinámica infernal, que son muy pocos. La salud democrática se ausculta a través de la posibilidad de vivir al margen. Por eso tenemos una democracia muerta, porque hay muy pocos marginales. Me imagino ya el primer congreso de mentecatos, malandros por acción, omisión y fantasía, potenciales corruptos, minarquistas hasta el ridículo, gente que saquea, gente que se ha saltado multas viales pagando bajo cuerda, gente que espera la bolsa de comida, gente que se dice opositora por izar la bandera de siete estrellas, gente que perpetúa el trueque de alimentos, gente que usa palabras como «bachaqueo» o «raspacupo», gente que niega la hambruna, gente que reza a la estampita de Nuestros Señores Chino y Nacho de Los Nobles Actos, gente que no puede ver más allá de su bigote (del bigote del desgraciado).

Podría ser yo el líder del Partido del Desastre. En este bellísimo infierno, el liderazgo es de quien lo asume. Este partido que propongo nos joderá tanto, pero tanto, que nos dejará al borde de una interrogación sobre la capacidad de joder. Luego pienso que ese partido ya existe y que llevamos añales siendo mansos militantes.

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