Hibiscos y cabezas flotantes.

Kevin Fernández
Sep 5, 2018 · 4 min read

Hibiscos y cabezas flotantes

El nervio óptico — dice el doctor.

Toma una pausa mientras se escucha cómo sus dedos finos y viejos se deslizan con fuerza por la pantalla que está adherida en la pared. Yo permanezco sentado tratando de poner en mi cabeza la imagen de mi nervio óptico.

Abro y cierro mis ojos para ver qué tan ciegos están. Bastante ciegos, lo suficiente para no tener una imagen completa de la figura del doctor. En ese momento, decido dejarlos cerrados y pensar en el primer recuerdo que se me viniera a la mente. Reproduzco la imagen de mi padre fingiendo estar dormido en el sillón, cansado de su diabetes y sus úlceras a la altura de los tobillos, cansado de su vejez y de no poder lucir más fuerte.

Intentar decifrar esa escena en mi cabeza podría convertirse en la respuesta a todo esto. La relación con mi padre y todas las carencias que tuvimos con las mujeres. Supongo siempre quisimos ser aliados de la figura femenina, pero nunca supimos cómo indagar y encontrar el desastre que el nervio óptico había hecho en nosotros. Pensamos en modificar cada fibra y volverla a ordenar, pero la idea de perder la vista nos parecía loca y muy arriesgada.

La caída dañó las fibras de su nervio óptico, que parece que ha dejado de transmitir imágenes completas a su cerebro.

Trato de perderme más en recuerdos pero me invade, ahora más que nunca, el deseo de estar con una mujer, imagino con tal intensidad a todas las que había conocido, en todas las circunstancias que había o no amado. La habitación oscura se llena, poco a poco, de varias cabezas flotantes que miran por mí la imagen de mi nervio óptico en la pantalla. Ese pensamiento me tranquiliza de alguna manera y podría pasar horas tan sólo hablando con cada una de ellas. Trato a la vez de no perder el hilo de la conversación que tengo con el doctor. Así, cuanto más tiempo estoy con las cabezas flotantes, más cosas ocultas y olvidadas encuentro en mi memoria.

Cuando regreso a mi apartamento, las cabezas flotantes no tardaron ni un minuto en sentirse cómodas y parte del lugar. Les encanta comer las plantas y los libros que me ha regalado mi mamá. A veces ellas lloran después de tragarse un buen libro o les crecen flores en la cabeza después de comerse un hibisco del patio.

El doctor no supo que recetar a mi ceguera y solo me aconsejó que reposara los ojos, pero he pasado toda la tarde con las cabezas flotantes frente a la ventana. Me dicen que pueden ver a la vecina acostada en su cama y que le toma fotos a su novio, que duerme desnudo de espaldas. Una de las cabezas me dice que le ha tomado una muy buena de un lunar que tiene en la espalda y que tiene la forma de un zapato. Observan cómo otra vecina que tiene cincuenta años escribe en las ventanas, que ama el internet pero que la está consumiendo y que en 1923 surgió la liga feminista en Costa Rica.

Las nubes tapan el sol y el día se oscurece, pero ellas alcanzan a ver algunos jardines y un caballo blanco, que tienen escondido en el patio de la embajada de Venezuela. Todavía no llueve. Una puerta se abre y el vecino que no tiene patio saca todas sus plantas a la calle. Todo esto miran las cabezas mientras flotan frente a la ventana y siento cómo el mundo que ven no les basta y quieren saber más.

Esa noche no he podido salir de la habitación, porque a las cabezas les ha crecido todo el cuerpo y no han parado de correr por toda la sala. Se escucha como lo tocan todo y se ríen cuando lo rompen todo. Se han vuelto mujeres y han dejado de comer flores. Temo que se vayan del apartamento y que no vuelvan nunca.

Al día siguiente eso fue lo que hicieron. Todo en la sala y la cocina está aterradoramente intacto. Las flores de mi mamá están en el patio, los libros sobre el mueble que me regaló mi papá, todo está en su sitio. Me acerco a la ventana y veo cómo la vecina de cincuenta años pone en su ventana que está cansada y que hoy quiere ponerse otros ojos, pero que la idea de quedarse ciega le produce demasiado temor.

Hay días que no salgo y espero a que ellas regresen. Tengo que desvelarme y cuidar de las flores para que no se las coman. Creo que ningún hombre se preocupa de las flores en la noche, tal vez porque no sabemos si estamos haciendo lo correcto o no pensamos lo suficiente cuando nadie nos ve.

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