Reseña de un libro oportuno

Comenzaré diciendo que tengo la estabilidad de un indigente –si hablamos de higiene estoy intacta, tranquilos-: vivo alquilada en una habitación, aunque colecciono trabajos sigo estirando el dinero, no tengo claro qué debería ser profesionalmente, soy alérgica al trigo, entre otros asuntos pendientes. Partiendo de este principio, es completamente lógico que alguien que se está acercando a un punto decisivo en su vida, prefiera una compañera más… establecida; with her shit together y no regada.

Ahora, pienso que las personas así de despejadas son ficción, tienen por lo menos unos 100 años en la Tierra, mucho dinero, o tal vez se pudieron rodear de mejores circunstancias, ni idea. Pero si cumples con uno o más requisitos de esta lista, claro que serás una excelente candidata para estar en una relación o tener tu propio reality. Esto último no es personal, como tampoco lo son las decisiones que la gente toma desde su individualidad.

En fin, me apartaré de mí y hablaré de lo que nos interesa.

Ajá, sobre el libro. Quizás mi opinión esté viciada, soy muy fan de Tina Fey. Cuando empecé a leer ‘Uno siempre cambia al amor de su vida [por otro amor o por otra vida]’ de Amalia Andrade, estaba algo confundida por una ruptura. La verdad es que aún sigo confundida, sin embargo, puedo decir que la autora no trató de ofrecerme una guía para superar finales y eso fue lo que más me gustó. Si tuviese que describir en pocas líneas lo que leí, diría que es más como: una conversación donde dos amigas desbaratan su guayabo y comparten un pote de helado, pero usando cucharitas distintas.

Creo que hay tres formas de leer este libro:

La primera es en tu cuarto, en pijamas, caminando de un lado a otro mientras repasas los eventos desafortunados una y otra vez para encontrar el error. Armando un minucioso playlist que desgarre todo lo que conoces o conociste. En esta versión también incluiría las risas que solté durante los incisos pop de la autora. Por cierto, eso es algo que me gustaría resaltar: el libro está lleno de referencias con las que pude identificarme y esto me hizo pensar que la literatura se estaba poniendo al día conmigo. Jódanse, novelas inmortales.

La segunda forma la descubrí en la oficina, cuando un compañero tomó el libro y sin darse cuenta lo comenzó a leer en voz alta entre carcajadas. Su ánimo, libre del cinismo que caracteriza a los desengañados y a las personas que ya no se sorprenden ni con los astronautas, hizo que todo sonara mucho más sensato. Y aunque al final siempre regresamos al punto donde seguimos tristes, escuchándolo, pude aceptar que las cosas se toman su tiempo para cambiar, o no.

La tercera vía incluye la separación total de lo sensible y lo inteligible; así es mucho más fácil reírte de ti, mientras piensas en todas las veces que esto te ha pasado. Ésta es la alternativa con la que más me identifico, pues las bromas suelen ser mi mecanismo de defensa. Además estoy convencida de que un obstáculo fundamental de la humanidad siempre será no aceptar su naturaleza happy-sad. El término agridulce prefiero dejárselo a algo realmente noble como el queso crema con pimentón.

Las tres alternativas tienen dos puntos en común: te revuelven un poco el desánimo y acentúan tu sentido del humor. ¿Esto último es importante? Sí, sonreír nace de ti y no de todo lo demás.

Cosas que me gustaron del libro: puedes ir añadiendo tus propias amarguras y sugerencias; esto resulta entretenido y al mismo tiempo terapéutico. La conclusiva historia de João de Almeida Santos Abreu me pareció puntualmente brillante. Las ilustraciones, porque hey, a quién no le gusta un libro con dibujos.

Cuando el malestar pase, le daré otra hojeada y seguro encontraré nuevos detalles que me reclamen.

Lo que no me agradó tanto: se lee muy rápido –ok, tal vez eso no es un problema, pero me habría gustado pasar más tiempo con él-. Ahora, hablando casi en serio, los preámbulos que te tropiezan al comienzo de cada capítulo/etapa pudieron ser algo más. También detesté la página 143, donde encontré la expresión “todo va a estar bien”.

A continuación explico un poco mejor mi aversión anterior: esta especie de mantra era algo que utilizaba la persona que me dejó y la verdad siempre me fastidió. ¿Por qué? Porque me parece una manera odiosa de hacer sentir mal a alguien cuando no está bien, como si tuviese que llegar rápido a un mejor lugar. Algunos la usan con mucha ligereza. Y si les pasa como a mí, que de tanto escucharla comienzan a creérsela, les tengo noticias, cuando eso ocurra, alguien podría sorprenderlos con un “No todo está bien entre nosotros. Adiós”. Sea cual sea el final de lo que debería estar bien, no pasa nada. A lo mejor si termino este párrafo con una reflexión de Tina ‘La Primerísima’ Fey me crean más: “No hay errores, solo oportunidades”.

Si algo pude concluir después de leer a Amalia y de re-pensar mi propia historia, es que el problema no es la gente rota, el problema es la gente que además va por ahí repartiendo sus pedazos*. Don’t be like that.

*Hace tiempo hice esta afirmación y finalmente encontré dónde encajarla.