Los Amantes Cuervos / Capítulo 8: Nadie quiere a los lobos solitarios

Al principio era discreto, no tanto como lo fui durante los negros días de la estatua, pero sí bastante discreto para el resto de mis compañeros. No era un alumno excelente, pero estaba lejos del fibrón rojo. No era el orgullo de la familia ni muy rebelde para que me llamaran la atención. Cumplía. A mi manera, pero cumplía.

Nunca me gustaron las matemáticas, y los profesores lo comprendieron rápidamente. De primero a tercer grado, cuando no son tan rigurosas, siempre tuve una ayudita extra. Prefería la literatura, traducida en cuentos y composiciones creativas, y la educación física en forma de juegos y actividades en grupo.

Pero yo no era muy de los grupos. Cuando llegué, el grupo ya estaba constituido desde el jardín del instituto. Yo, que venía de un jardín público, ya no tenía a ninguno de mis compañeritos de antaño y ahora, más crecido, me costaba mucho más congeniar. Durante la clase no era complicado; el problema era en los recreos. Sueña extraño, ¿no? Siempre trataba de quedarme dentro del aula, pero pronto uno se da cuenta de que lo miran raro. “¿Por qué no salís con el resto de los chicos?”, te dice una maestra y la sombra del gabinete psicológico comienza a crecer amenazante, y la imagen de una mujer de manos largas y terrible cara de cadáver de ojos enterrados y labios de piraña que hace preguntas y que “dibujame acá y contame cómo te sentís y cómo te llevas con tus papis…”. Yo le tenía más miedo a la psicopedagoga que a socializar, así que finalmente salí al recreo y me junté con los otros chicos a jugar.

Desde muy chico tuve la sospecha de que la gente no apreciaba la soledad, de que la sociedad no miraba con buenos ojos a los solitarios; y no pasaba mucho tiempo hasta que los miraban con ojos sospechosos, los comenzaban a llamar por apodos y los relegaban afuera de sus círculos sociales, desde muy temprano en su vida. Y los chicos y chicas a los que más les cuesta permanecen en el exilio social por mucho tiempo, hasta que logran encontrar a otros como ellos.

Yo era solitario desde antes de que muriera Mamá; pero también comprendía la necesidad impuesta, lo que la sociedad establece como dogma: que los lobos solitarios mueren en el bosque, desamparados, sin que nadie los entierre o aúlle por ellos. Hay una necesidad de la jauría para evadirse de la soledad.

Axel y Hernán fueron los primeros que me dieron la bienvenida a la jauría.