Los Amantes Cuervos / Capitulo 7: Nosotros soñábamos

Mamá murió en abril de 1995, cuando yo tenía ocho años y cursaba el tercer grado en el Instituto San Juan. Ojo… no eran los ocho años de ahora, eran los ocho años de antes. Ahora la internet produce, a edades muy tempranas, una suerte de pendejos supersabios de la vida que no conocen el significado de su propia inocencia.

Nosotros éramos distintos; nosotros soñábamos. Y hablo de una época no muy lejana: la década del 90, que no fue del Grunge, ni de la Generación X ni del neoliberalismo. Nosotros solo sabíamos lo que teníamos alrededor: los juegos, los sueños, las fantasías vividas en carne propia e impulsadas por nuestra imaginación.

Con el tiempo llegué a amar la escuela. No al estudio, sino al edificio en sí. El edificio donde funcionaba la escuela primaria parecía no terminar nunca; tenía escaleras de piedra inmensas, salones amplios, pasillos infinitos repletos de aulas con grandes ventanales. Nunca vi un salón de actos tan grande, tan cuidado, con su escenario de madera donde actuábamos para familiares y maestros. Así eran las escuelas de antes, no los pastiches prefabricados vulgarmente, esas fichas mal copiadas del Tetris, baratas, a punto de venirse abajo que abundan ahora. Aquellos edificios inmensos, monstruos nobles, lo protegían a uno bajo su sombra y lo hacían sentir eso de la “segunda casa”.

También recordaba con cariño al jardín de infantes y a sus maestras, que eran mujeres tan tiernas convertidas en dinosaurios de la dulzura pasada. Yo no podía evitar parar en medio de la calle, reconocerlas, saludarlas y estrecharlas en un abrazo. Muchas ya se jubilaron, y seguramente siguen de aquí para allá, cuidando nietos, enterrando maridos, todavía con el mismo maquillaje que usaban veinte años atrás, estáticas en el tiempo, eternamente maternales, como árboles encorvados por la necesidad de dar refugio a un mundo que se olvidó de ellas.

¿Vieron que la mayoría de los chicos lloran al empezar el jardín de infantes? Yo no sé si era un poco estúpido o quedado, pero Mamá siempre me contó que no derramé una lágrima. Entré a la salita y ahí me quedé durante los tres años que duró la primera etapa de mi educación. Mis lágrimas estallaron antes del primer día de clases en la escuela. No quería abandonar el jardín, mis compañeritos, los juegos, la siesta colectiva, las señoritas y los actos donde me pintaban con corcho quemado para hacer de mulato trucho. Tenía miedo de perder todo y unos minutos antes del mediodía, mientras almorzaba, dejé caer el tenedor al piso y me puse a llorar. Mamá vino urgente y me abrazó, preguntándome que me pasaba. Yo no quería ir a la escuela. No quería dejar el jardín y lloré con el desconsuelo que tendría que haber llorado ahora. Mamá me terminó convenciendo, como hacía con todo, sin mucho esfuerzo. Me convencía con cariño. Nosotros éramos así, no necesitábamos más que eso. Nosotros éramos inocentes y soñábamos.