Juana

Juana despertó, como todas las mañanas, con gran dificultad. Acostarse a las tres y levantarse a las seis difícilmente calificaba como un descanso reparador, pero era un sacrificio necesario para costear la universidad de su hija. Para darse ánimos recordaba todo lo que le costó salir adelante cuando, sola y con su pequeña en brazos, llegó del campo a buscar oportunidades a una ciudad gobernada por la indiferencia. Los recuerdos de aquellos difíciles momentos le impulsaban a seguirse esforzando para que su hija no tuviera que sufrir tanto como ella para ser feliz, y hasta el momento lo estaba consiguiendo.
Esa mañana no fue distinta de las demás. Tras una rápida salida de la cama, una mecánica vestida y un inexistente desayuno, Juana caminó las trece cuadras habituales para alcanzar su bus. El trayecto, tan frío y silencioso como de costumbre, tampoco tuvo ninguna particularidad salvo por un perro agonizando a un lado de la calle. No había tiempo para detenerse a mirar. No con los tiempos que corren. No con tanto trabajo por hacer.
Tampoco fueron especiales para Juana esa tarde ni esa noche. Su triste pero esperanzadora rutina se desarrolló con su habitual e inexorable tranquilidad, gracias a la cual Juana aprovechaba de sumirse en sus recuerdos y fantasías de aquellos momentos en los que deseaba con todo su ser llegar a convertirse en una famosa artista del canto o la pintura. Ahora ya era tarde y sólo podía contemplar lo diferente que su vida terminó siendo de sus sueños, deseando que su sufrimiento floreciera en su retoño como un fruto digno de toda la felicidad que a ella le habían negado.
Fátima fue el nombre elegido por Juana para su hija tras un incidente en el cual, según las leyes físicas y el sentido común, ambas debieron haber fallecido. Fátima lo sabe pero asegura que su madre exagera la situación, argumentando con insistencia la inexistencia de los milagros. Hoy, mientras es transportada dentro de una ambulancia, desea que los milagros existan, pero sin poder decidir si lo que desea más es que su vida se salve o que su madre no se entere de que ha sufrido una intoxicación con drogas compradas con el dinero para su arancel.