EFEMÉRIDE | A 10 años de la muerte de Libertad Lamarque | La gran diva de los tiempos de oro

Publicada el 12 de diciembre de 2o10 en Tiempo Argentino

Fue la primera voz del tango y una actriz estelar del radioteatro y de la época de oro del cine argentino. Cantó con luminarias como Carlos Gardel y Jorge Negrete, pero también, hacia el final de su carrera, con Palito Ortega y María Martha Serra Lima, demostrando que sabía reconocer el oído popular de cada tiempo.

En la pantalla grande, en tanto, alcanzó el esplendor en películas como Ayúdame a vivir, Besos Brujos y La ley que olvidaron, una trilogía perfecta y de alto impacto social que la instalaron como la figura máxima del melodrama en la Argentina e incluso de Latinoamérica, al punto que Hollywood llegó a ofrecerle un importante contrato — que ella finalmente rechazó — para que se incorporara a su star-system y dejara de competir con sus films más taquilleros.

“Nací para cantar, para actuar, para seguir siendo lo que aún soy: una artista”, solía decir Libertad Lamarque, la Novia de América, cuando se le preguntaba por el origen de su vocación y su fortaleza interpretativa. Y hoy, a diez años de su muerte, ocurrida a los 92 años en tierra mexicana, se puede decir que su continúa intacto, con numerosas herederas que supieron tomar algunos aspectos de su personalidad artística, pero nunca la totalidad de esa irreproducible e inolvidable.

“Libertad Lamarque ocupó, desde el principio, un segmento que por entonces permanecía vacante: el del arquetipo femenino canónico para la segunda generación inmigratoria, la mujer que pretende imitar los modos de la clase alta y canta desde los sufrimientos de la mujer casada”, explicó el reconocido escritor e historiador Horacio Salas en su libro El Tango.

Y es que ni arrabalera como Tita Merello o Nelly Omar ni femme-fatal como Azucena Maizani, Libertad encarnaba el punto justo entre pasión y desenfreno que podía aceptar y anhelar la nueva clase media urbana; descendientes de inmigrantes que recién bajados del barco que necesitaban de una figura femenina fuerte que les representara sus dramas, pero sin estridencias.

“El público es bastante conservador conmigo y no me deja cambiar. Tal vez porque les recuerdo a sus parientes, a una época que ha quedado atrás, a su juventud”, dijo ella en una oportunidad, cuando algunos intentos por incursionar en la comedia no dieron los resultados esperados. “La gente me estiró la vida. Le agradezco y le pido que no me suelte”, agregaba, sin embargo.

Hija de un hojalatero anarquista y de una viuda con seis hijos que había logrado rehacer su vida, Libertad tuvo una crianza humilde aunque estimulante: sus padres reconocieron desde el principio sus condiciones artísticas y la alentaron en la participación de obras de teatro y fiestas públicas o de beneficiencia. “Nos presentábamos decorosamente vestidas, en el escenario y en la calle”, contó sobre sus inicios.

Su primer éxito fue su actuación para El Conventillo de la paloma, una obra de Alberto Vacarezza que en la postrimerías de las crisis del ’30 convocó multitudes y la consagró como nueva estrella en ascenso. Al poco tiempo, firma un contrato con el sello RCA Viktor por el que graba tangos, valses y milongas casi ininterrumpidamente hasta mediados de la década siguiente. Algunos de los más destacados fueron: “Madreselva”, “Caserón de tejas”, “En esta tarde gris”, “Besos brujos” y “Sentimiento gaucho” que le valieron el mote de La Reina del tango.

Por aquella época se casó con Emilio Romero, un libretista y apuntador de teatro con quien tuvo una hija, Mirta, en 1928, pero no fue feliz: en 1935, atormentada por la necesidad de una separación que no estaba permitida (la ley de divorcio recién llegó con Perón), se arrojó desde el balcón de un hotel en Chile, pero un toldo en planta baja la salvó de la muerte. Posteriormente, inició una relación con el prestigioso pianista Alfredo Malerba, que le trajo tranquilidad y amor hasta casi el final de sus días.

Un entredicho con Eva Perón (ver recuadro) y la dificultad para mantenerse en el candelero durante el peronismo la llevaron a emigrar a México, donde le dio un nuevo impulso a su carrera y terminó de adquirir un estatus de estrella internacional y ganarse el título de La Novia de América. En tierra azteca, Libertad Lamarque filmó bajo las órdenes de Luis Buñuel y compartió cartel con Jorge Negrete, Pedro Infante y Arturo de Córdova, su pareja por excelencia en la pantalla grande.

Y si bien en los sesenta volvió a la Argentina para interpretar el exitoso musical Hello Dolly de Daniel Tinayre y luego el film La sonrisa de Mamá con Palito Ortega, nunca dejó de vivir en el DF. De hecho, a partir de los ochenta se reconvirtió en actriz de telenovelas mexicanas, con gran repercusión y reconocimiento artístico en el continente. “Si volviera a nacer sería tal cual soy: chapada a la antigua, petisa, gordita, vergonzosa, cursi y melodramática”, dijo algunos años antes de su muerte, en una definición que la pinta bien en su calidez humana y en su personalidad. Una diva con humildad y carácter como las que ya no hay.


Evita y la cachetada imaginaria

El entredicho con Evita marcó un antes y después de su carrera, además de generar uno de los mitos más de la historia del espectáculo argentino, que fue la supuesta cachetada de Libertad a Eva Perón en pleno rodaje de una película en 1945. “Ese episodio fue inventado, nunca ocurrió”, declaró en una entrevista para La Nación. “Sí tuve inconvenientes laborales con la entonces señorita Eva Duarte. Pero la cachetada nunca existió ni hubo exabruptos”. Al parecer, la flamante novia de Perón solía llegar varias horas tarde a los sets de La cabalgata del circo, la película de Mario Soffici que compartía con Hugo del Carril. Y una tarde, cansada de que el maquillaje “se le derritiera” — como contó la actriz en Vida sentimental de Eva Perón, la biografía de María Sucarrat — , le indilgó su actitud frente a todo el elenco lo que originó el enojo de la futura abanderada de los humildes. Desde entonces, la relación entre ambas fue insostenible. Y es cierto que vio Lamarque vio declinar su trabajo, pero no por orden directa de Eva. “No puedo atribuirle a ella esa situación, no me consta. Pero sí es cierto que mi nombre no aparecía en diarios y revistas. Era tabú. Sin embargo, yo nunca fui echada del país. Me fui sola”. El famoso cachetazo se explica, entonces, como la fantasía de cierta parte de la sociedad que necesitaba compensar las reivindicaciones “a los grasitas” de Perón y Evita con un escarmiento -aunque sea imaginario- por parte de una de sus figuras más admiradas.

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