EFEMÉRIDE | A 40 años de “La Balsa” | La fundación mítica del rock nacional

Publicada en junio de 2007 en la revista Clase Ejecutiva de El Cronista

Primero una guitarra sugerente. Y en seguida la base bajo-batería en la típica cadencia merseybeat. Los teclados, acordes de bossa nova, conquistan desde el inicio. Sin embargo, la proeza, lo distinto, no aparece hasta que surge el fraseo, esa voz en castellano que convoca a “conseguir mucha madera” y salir “a naufragar”. La canción se llama La Balsa, fue compuesta por un grupo de veinteañeros melenudos que vestían camisas piscodélicas y pantalones ajustados. Y marcó un antes y un después.

Hoy existe consenso respecto de que este tema puede considerarse el hito fundante de lo que se conocería luego como “rock nacional”. “En La Balsa confluyen ideas y elementos que marcarían el adn del rock argentino: la bossa nova de Tom Jobin, la fusión de Piazzolla, el folk árido de Dylan y el merseybeat de los Beatles”, dice Víctor Pintos, director del sitio Rock.com.ar y autor de Tanguito, la verdadera historia.

Pero lo notable de La Balsa es que su influencia transcendió lo musical para transformarse en una crónica de época y en un manifiesto generacional ya que condensó mucho del movimiento contra-cultural que le dio origen — la deriva urbana como forma de escaparle a la hipocresía social — y abrió puertas: convirtió lo que era una expresión genuina, aunque reducida, en un fenómeno masivo y popular. Por aquellos días de 1967, los entusiastas habitués de lugares como La Cueva (entre los que se destacaban Litto Nebbia, Moris, Tanguito, Miguel Abuelo y Javier Martínez) seguramente no hubiesen apostado a aquellas zapadas delirantes sentarían los cimientos de una sólida y durarera industria cultural. No por nada el rock logró mantenerse cuasi inmune a descalabros institucionales y hecatombes económicas (no hubo recesión ni hiperinflación que pusiera en peligro su existencia masiva como sí sucedió con el teatro y el cine). Una marca artística y comercial sin parangón en el mundo hispanoparlante, donde hasta hace poco tiempo la sola idea de cantar rock en castellano era considerada fallida o inviable.

La punta del iceberg
“La grabación fue una sumatoria de cosas que felizmente armonizaron con la gente en ese momento: un grupo que sonaba bien y distinto, una letra que le hablaba a nuestra generación sin subestimarla, una melodía que no tenía golpes bajos buscando el hit zonzo y una manera de cantar novedosa y personal”, explica Litto Nebbia, co-autor junto al malogrado Tanguito (muerto en un accidente ferroviario en 1972) de ese tema ícono, y voz líder de Los Gatos, aquel grupo que en sus inicios le contó al mundo sobre La Cueva o la insomne Perla de Once.

“La Balsa es una canción que sintetizó las percepciones y las propuestas que partían del movimiento que reunía La Cueva. Consignas como la deriva urbana o la difusión de la música en bares y plazas”, agrega Pintos. “Por eso, el hecho de que la primera canción famosa del movimiento haya sido una que justamente se refiriese a esa temática me parece un acto de justicia poética y un premio a la autenticidad de lo que pasó”, subraya. Y Juan Carlos Kreimer, autor de Agarrate! (1970), el primer libro dedicado al rock nacional, opina en la misma línea: “La fuerza poética de La Balsa no venía de las palabras que rimaban sino del dolor y la desolación que muchos sentíamos entonces”. Para el escritor y periodista — que este año reincidió con Ayer nomás: 40 años de rock en Argentina — el fenómeno de La Balsa se vinculaba a “una historia que empezaba a pasarle a muchos chicos, algo más profundo que surge cuando uno está en el fondo”.

El impacto es aún más nítido si se lo compara con lo que ofrecía el mercado de música joven de la época: la nueva ola juvenil, pero “comercial”, de El Club del Clan, por un lado, y el beat sofisticado, pero en inglés, de Los Shakers, por el otro. En ese contexto, estos nuevos rockeros conformaban una manera distinta de sentirse joven: accesible, pero también contra-cultural. “Es que La Balsa no era sólo una canción exitosa. Era la punta de un iceberg. Detrás venían las camisas de colores, los pantalones ajustados, las melenas”, señala Pintos.

Explota el fenómeno
“Nos dimos cuenta rápido de que habíamos logrado algo importante cuando empezamos a hacer varios shows por noche (en carnavales, festivales, clubes de barrio) y en menos de seis meses estábamos grabando un segundo disco”, recuerda Alfredo Toth, bajista de Los Gatos, ex GIT y hoy codiciado productor de bandas como Los Piojos o Ratones Paranoicos. Gracias a su hondo conocimiento de la industria discográfica, ofrece una rica comparación de época: “Había mucha inocencia: ni pensar que un grupo tuviera productor artístico, por ejemplo. Nosotros prácticamente tuvimos que ser nuestros propios productores”, asevera.

El éxito de la canción no fue planeado. Pero los ejecutivos de la industria discográfica inmediatamente tomaron nota sobre el nacimiento de algo nuevo. Si RCA Victor (con El Club del Clan), EMI-Odeón (con Los Shakers), CBS-Columbia (con Sandro, un ex cuevero) competían por ver quién se quedaba con el ídolo juvenil más codiciado, a partir de aquel verano del ’68 — apogeo de La Balsa en las radios mediante — no existió sello que no ansiara tener su propio grupo de náufragos en el catálogo. “Los Gatos corrieron el eje de atención hacia los artistas que habían pasado por La Cueva”, señala Pintos. Y Nebbia acuerda: “A partir de que RCA-Victor nos publicó, el resto de los sellos empezaron a publicar material bastante parecido”.

Fue una verdadera carrera caza-talentos que, por efecto secundario, generó algo más importante: el primer circuito profesional del rock nacional. Surgieron revistas especializadas, festivales y sellos que retroalimentaron el fenómeno. De esta manera, y en una fiebre de meses, Tanguito y Miguel Abuelo firmaron para CBS. Y grupos nuevos, que no provenían de La Cueva pero compartían una ética y maneras similares de sentir la música, hicieron lo propio para otras grandes discográficas (los casos de Alma y Vida, Arco Iris y Almendra).

A la par, aparecieron nuevas revistas especializadas de tinte más profesional (Pinap, Cronopios, luego Pelo) y hasta publicaciones de interés general como Gente, Primera Plana o Panorama que le dieron espacio en sus páginas. “No les quedó otra”, sostiene Kreimer. “Los lectores pedían más notas y coberturas sobre los festivales y los melenudos porque era una manera de sentirse parte de un fenómeno mundial”. Y analiza: “Todavía no había periodistas de rock. Se nos decía ‘periodistas culturales’ o ‘ de color’ porque nuestras notas salían en revistas”.

El fin de la inocencia
Paradójicamente, para aquel movimiento cuevero la consolidación del rock fuertemente autoral fue también el principio de su fin. El cierre de La Cueva (clausurada después de un atentado), la imposibilidad de Moris, Pajarito Zaguri y Javier Martínez de mantener una carrera en sellos grandes y la prematura muerte de Tanguito, terminaron de por marcar el fin de una época.

En muchos sentidos, la Argentina vivía en aquellos años el epílogo de la edad de la inocencia. En un clima crecientemente convulsionado, un grupo de jóvenes hippies era considerado sospechoso para muchos: el régimen militar de la época desconfiaba de cualquier manifestación de rebeldía, y las juventudes políticas opositoras se sentían confundidas ante esos melenudos a los que no podían encasillar ideológicamente.

Para algunos protagonistas de ese movimiento, la masificación del rock en castellano hasta tuvo un sabor a derrota: “Todavía no había conciencia de un colectivo más grande, ni de espíritu contra-cultural. La sociedad hacía lugar a los jóvenes que querían sumarse a la fiesta de la distracción, pero no a los contenidos que reflejaban cuestionamientos y ansias verdaderas”, observa Kreimer.

Aún así, la marca de aquella generación se mantiene. Pintos: “El rock argentino llegó ser el rock más importante del mundo hipanoparlante, en parte gracias a lo que sucedió en aquella época. Canción aún no superadas que fueron un trapecio sin red para mucha gente”. La historia sigue.


Quién era quién en La Cueva

LITTO NEBBIA. El Compositor. Talentoso y prolífico, trabajaba por monedas en la banda estable de La Cueva. Pero en cuanto pudo grabar para la RCA-Victor no dudó en versionar las canciones de sus amigos para ayudarlos.

TANGUITO. El Náufrago. Para algunos era “el punto” de La Cueva. Para otros, el alma. No abandonaba nunca su guitarra ni la media sobre su cabeza. El tema “Sutilmente a Susana”, dedicado a una de sus novias, es una gema sin descubrir

MORIS. El Trovador. Contador de historias y callejero, era un obsesivo de la guitarra y de las letras “que decían cosas”. Su “Escúchame entre el ruido” es tal vez uno de los temas más descarnados jamás escritos en el rock nacional.

JAVIER MARTÍNEZ. El Orillero. Tenía 20 años y le gustaba el rock, pero escribía como un avezado y guapo tanguero. Como Manal, registró algunas de las mejores letras del medio local. En especial, la arltiana “Avellaneda Blues”, un clásico del suburbio con tristeza de tango.

PIPO LERNOUD. El ideólogo. Poeta y líder, alimentaba las lecturas beatnik (Kerouac, Grinberg) de muchos de sus amigos de La Perla. Organizó el primer encuentro de “melenudos” en Plaza Francia y sentó las bases del ser naúfrago. Clave.

MIGUEL ABUELO. El Telúrico. Antes destaparse como uno de los cantantes más irreverentes de la primavera alfonsinista, Miguel se despachaba con bagualas alucinógenas que elevaban su rango de voz al infinito.

PAJARITO ZAGURI. El Tarambana. Siempre apostó al rock. Pero la espontaneidad y las recurrentes temporadas en la cárcel le jugaban en contra. Ícono ineludible de La Cueva, hoy sigue despuntando su vicio con una buena guitarra y un buen rocanrol.


INFOGRAFÍA | 6 lugares claves de la movida


PERFIL | Tanguito | Perfil de un náufrago desolado

La historia, por repetida, no es menos mítica. Tanguito balbucea versos rotos en un baño de La Perla de Once (“Estoy muy solo en este mundo de mierda”), pero no sabe cómo continuarlos. Le pide ayuda a Litto Nebbia, que se entusiasma y vuelve al día siguiente con la tarea terminada. Así, en las sombras y sin pompa, nace “La balsa”, el primer himno del rock nacional. Pero también uno de sus más grandes equívocos: por ignorancia o malicia muchos acusaron a Litto de haberle robado el tema a Tanguito. “Esa leyenda negra acerca de que Nebbia le robó ‘La balsa’ es absurda y mentirosa”, dijo hace un tiempo Javier Martínez. Y Moris, otro cuevero, detalló: “El principio es de Tango, pero el puente ‘tengo que conseguir mucha madera’ es claramente de Litto. Tango no sabía hacer eso, no dominaba la bossanova”. Por suerte, hoy son pocos los que dudan de la honestidad de Nebbia. Pero en cambio, ya son demasiados los que por reacción al equívoco anterior a veces dudan del talento –distinto, de otro orden, pero innegable– de José Alberto Iglesias. Porque así como Tango Feroz –aquel blockbuster del ’93 con Fernán Mirás y Cecilia Dopazo– trastabilló al retratar un Tanguito irreverente, líder y ganador (cuando en realidad era tímido, perdedor y alucinado), también erraron quienes pasaron a ver en Ramses VII (otro de sus tantos seudónimos) apenas un mito exagerado. Nada más falso. Adelantadísimo a su tiempo, el don de Tanguito no era la composición preciosista sino el folk descarnado y el divague a prueba de solemnidades, con más picardía que destreza, como lo demuestran su disco póstumo y las recientes grabaciones inéditas encontradas. Curioso: con el auge de la composición a fogón que vivió en los últimos años la escena porteña (de Pablo Dacal a Pablo Grinjot o Coiffeur), es probable que la figura de Tanguito hubiera brillado bastante más hoy que en tiempos de La Cueva.