ENTREVISTA DE TAPA | Facundo Cabral | “Se aprende más del fracaso que del éxito”

Publicado durante enero de 2011 en Tiempo Argentino

Cualquiera pensaría que el lugar donde vive Facundo Cabral, un suite del cuidado Hotel Suipacha, estaría repleto de discos. Pero no: lo primero que se ve apenas se ingresa al hogar de este hombre que recorrió el mundo con su criolla y canciones como “Yo no vendo, yo no compro”, “Vuele bajo” y “No soy de aquí, ni soy de allá”, todas traducidas en varios idiomas y repetidas de memoria en cualquier fogón, es una pared llena de libros. Y al costado otra. Y otra. “Lo que pasa es que yo soy un cronista mas que un músico. Soy más colega de ustedes que de Silvio Rodríguez”, explica Cabral, que no fue a la escuela y aprendió a leer y escribir recién a los 14 años, cuando un jesuita lo rescató de las peleas callejeras en Tandil y le inculcó el amor por la literatura y la filosofía.
 
“Las comparación con ustedes, los periodistas, no es tan loca”, sigue el cantautor. “A mí me toca ir por el mundo contando todo. ¿Y qué hacen ustedes? Lo mismo. La que pasa es que ustedes publican en un diario y yo en un álbum o en el escenario. Lo mío es un periódico oral. Aunque yo, a diferencia de ustedes, siempre elijo las mejores noticias. No me doy el lujo de publicar todas lo que veo. Soy parcial. Cuento lo mejor que viví. Nunca lo peor”
 
 — ¿Es una decisión ética?
 — Sí, absolutamente. Podría contar situaciones terribles. No sólo las que vi sino las que viví. Las que conocen mis amigos y las que me infringieron. Pero jamás me vas a escuchar cantando sobre eso.
 
 — ¿Por qué?
 — Porque somos lo que repetimos. Me lo enseñaron los antiguos chinos cuando decían: no escuches el mal, no digas el mal, no leas el mal. Para mí eso es una ley. Porque cuando repito soy socio de lo que digo. Y cuando pasa eso es como si ya lo estuviera haciendo.
 
Cerca de cumplir 73 años, la salud de Facundo Cabral le jugó algunas malas pasadas en el último tiempo. Primero fue un cáncer que logró superar con mucho esfuerzo y luego problemas en la vista y en su pierna derecha, que lo obligaron a usar un bastón y espaciar sus actuaciones hasta prácticamente reducir su cantidad hasta un puñado por año. Por eso, el espectáculo que arranca este viernes en el ND/Ateneo luce como una oportunidad única para reencontrarse con sus grandes canciones y repasar su vida de película, más propia de un aventurero que de un atildado cantautor. 
 
“En cada función me va a estar acompañando una personalidad distinta. Un amigo. Porque creo en el diálogo. Me gusta lo que pasa cuando conversan dos que se conocen”, describe el show. Y la producción certifica que es real: que Cabral no tiene la menor idea de quiénes se sentarán con él en el teatro: “Para mí mejor, así me sorprendo”, dice, sentado en su escritorio.
 
 — Sos una persona con muchas convicciones, ¿sufriste crisis a lo largo de tu carrera? ¿cómo la superaste?
 — Sí, muchas. Pero me sirvieron. Para los griegos crisis es cambio, y para los chinos, oportunidad. El parto es una gran crisis, pero trae la vida. Siempre es por algo. Y yo no tengo dudas de que se aprende más de los fracasos que de los éxitos. El éxito nos pone soberbios y el fracaso, en cambio, pone en acción la ley de gravedad. Yo una vez toqué en la calle Corrientes para una sola persona. Ahí me curé para siempre.
 
Facundo Cabral se levanta y camina hasta la pared donde cuelga una foto enmarcada de Perón y Evita en un descapotable saludando a la multitud. La imagen esta fechada en La Plata el 17 de noviembre de 1946 y registra los segundos previos al encuentro que tuvo el cantautor con ambos íconos nacionales. “Yo vivía en el campo. Eramos muy pobres. No tenía padre y mi madre ya había perdido a dos de mis hermanos. Por eso no tenía idea de quiénes eran Perón y Evita. Sólo sabían que eran el presidente, la señora y que el pueblo lo amaba. Pero nada más”.
 
Cabral, que en ese momento tenía nueve años, se las arregló para viajar hasta la ciudad de las diagonales y aguardó paciente su momento. “Apenas los vi pasar en el auto me arrojé sobre ellos. Pero un uniformado me detuvo en el cordón policial. Por suerte Perón, que justo estaba saludando para ese lado, me vio y le ordenó: ‘dejalo’. Y ahí pude correr hasta él y subirme al auto. ‘Querías hablar conmigo, pibe?’, me preguntó. Sí, le dije, ¿hay trabajo? Y Evita, que venía escuchando la conversación, se dio vuelta y dijo: ‘¡Por fin alguien que pide trabajo y no limosna! Siempre hay trabajo, mi amor’ Y ahí nomás encargó que me llevaron a un lugar con comida y agua caliente y me arreglaran una cita para el día siguiente”
 
El autor de “Vuele bajo” todavía se emociona cuando recuerda ese momento. “Nunca más vi una mujer así. Y eso que he conocido a mujeres bellísimas, cultas, finísimas, Grace Kelly, por ejemplo, pero reina como Eva, ninguna. Conocerla me abrió muchas puertas. Todos después me preguntaban cómo era ella. Desde María Teresa de Calcuta a Ray Bradbury, todos”. 
 
Cabral cuenta que al día siguiente de ese encuentro, Evita lo recibió en su despacho y apenas lo vio le dijo: “Tuvimos suerte. Conseguimos una escuela de Tandil en donde tu mamá va a trabajar de celadora. Estos tres señores te van a acompañar. Y esta carta se la llevás a tu madre y se la das al intendente”.
 
“Te imaginarás cómo me recibieron en Tandil. A mi madre la trataron como una celebridad. Y la verdad que ese encuentro con Perón y Evita me salvó la vida. Yo nací ese día. Yo nunca había visto semejante manifestación de amor. Y me dije: carajo, el amor gobierna. Yo pensaba que estaba condenado a morir sin saber por qué. Pero ahí supe que la Navidad era de todos y que el desayuno era todos los días”.
 
Pero la historia no terminó ahí. Varios años después, Cabral ya es un músico hecho y derecho y un día, de paso por España, se encuentra de casualidad con Jorge Cafrune, que aprovecha para llevarlo a la televisión. “Era el año ’72. No me conocía nadie en España. Pero canto un tema, hablo un poco con el conductor y antes de irme me dicen: ‘Sabe usted que este programa lo mira Perón? ¿Por qué no le dice unas palabras? Y ahí me acerqué a cámara y conté toda la historia. Al aire. Y la repercusión fue inmensa. La gente me paraba en la calle diciéndome que me habían visto en la televisión y que yo era el ahijado de Perón. Cafrune me decía: ‘¡Viste! Yo te dije que tenías que venir a España!”
 
 — ¿Y Perón qué te dijo? ¿Se enteró?
 — Sí, al poco tiempo un allegado suyo me abrazó y me dio una carta de siete páginas escritas a mano por él y me dijo: ‘El General está maravillado con vos porque dice que vos tenés lo que más aprecia: la buena memoria. Son como un gaucho que paga siempre sus cuentas’. Quedamos en que compartíamos un asado. Pero al poco tiempo Perón volvió a la Argentina y nunca más pudo tomar contacto con él.
 
Siendo un autor que recorrió el mundo con su música (ver recuadro), Cabral dice preferir ahora lo que tiene más cercano. “Me gusta ir a la Biela a tomar un café, encontrarme con mis amigos. A esta edad siento que sembré lo mejor de mí. Soy muy ritualista y ya tengo decidido dónde voy a cantar por última vez. Si Dios me lo permite será en el Club Social de Balcarce, un salón para 70 u 80 personas donde vi por primera vez a los 13 años a Atahualpa Yupanqui”.
 
E ilustra la idea con una anécdota: “Un día, cuando volví de esas giras que hacía por Latinoamérica, Troilo me dijo: ‘¿A si que vos ya sos cantor de América?’ Sí, le dije yo. ‘¡Ah pero entonces ya sos cantor del mundo, pibe! ¿Pero sabés lo mas grande que te va a pasar, a la vuelta de toda la vida? Cuando te conviertas en el cantor del barrio’. Y mirá lo que es la vida, ahora canto a cinco cuadras de acá, de mi casa y mi barrio. Troilo lo dijo”.


Cabral por el mundo

— Con tu música diste la vuelta al mundo, ¿qué fue lo más sorprendente que te pasó?
 — Para mí la humanidad es una sola familia, el mundo es un sólo país. Yo te lo puedo decir porque caminé el planeta en su totalidad. Me faltan rincones, pero… (piensa) Si empezamos por Buenos Aires tengo que decir que a los 22 yo estaba deslumbrado con la forma de ser del porteño, con su suficiencia. Pensaba: ‘Estos tipos son piolas de verdad!’ Y lo que más me asombró fue que al ratito tenía un público escuchándome. También me asombró que me escuchara la Madre Teresa o que en la Universidad de Beverly Hills me dijeran que Ray Bradbury me escuchaba en primera fila. Pero hoy me pasa que me dicen: “Escuchándolo a usted dejé la droga”. O: “Abandoné la idea del suicidio”. O también : “Me separe gracias a usted, ¿cómo era posible que viviera mi vida como un desdichado si podía cambiar?” Todo eso también me emociona.


Su no tan conocido vínculo con Tanguito

Facundo Cabral tuvo encuentros con prácticamente todo el mundo. Desde Krishnamurti a Octavio Paz pasando por Borges, Arthur Rubinstein y los citados Perón y Evita. Pero de lo que no se habla tanto es del fraternal vínculo que lo unió a Tanguito en los sesenta. “Lo conocí una vez que hablábamos con el productor Ben Molar y me preguntó si podía grabar algunas de mis canciones. Yo le dije que por supuesto. Y él se puso tan contento que se puso a ensayarlas ahí mismo. Escuche, maestro, me decía”. El siguiente encuentro entre ambos fue en la avenida Corrientes, en la esquina de la pizzería Banchero. “Siempre andaba por ahí. A esa altura, ya vivía en la calle. Y era como un apóstol, rodeado por sus discípulos y por su novia, una chica hermosa que en la California de los ’60 hubiera pasado por una diosa. Me acuerdo que cuando me le encontré traían un montón de vinilos bajo el brazo porque había cobrado algunos derechos por “La Balsa” que al final se la gastaron en un solo día. A la novia le había regalado un secador de pelo. ¡Cuando vivían en la calle! Ése era Tanguito, una persona libre, además de angelical y poeta”.

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