ENTREVISTA DE TAPA | Javier Martínez | “El blues me ha sacado de tristezas infinitas”

Publicada el 19 de noviembre de 2015 en Tiempo Argentino

Javier Martínez otea unos segundos la vereda de la calle Holmberg en Villa Ortúzar y… se vuelve meter en la vivienda donde pasa el resto de la tarde en plan “prensa”, contestando las más diversas preguntas de cara al Buenos Aires Blues Festival que encabeza este viernes en La Trastienda. “No me cansa para nada dar entrevistas. Al revés: me da placer”, asegura y larga la mano firme, siempre con esa voz grave y esa mirada escudriñadora que tiñó de anticipada madurez los inicios del rock nacional, cuando con Manal y temas como “Avellaneda blues” sentaba las bases de un blues suburbano y local que se hacía eco de las vivencias propias y una realidad pronunciada con acento porteño. “Cuando empecé a ver que era una música que me levantaba el ánimo, que me curaba y me hacía bien empecé a frecuentarla y no la largué más”, dice Javier sobre el blues y su educación sentimental con este género que nació a fines del siglo XIX en las algodoneras del Estados Unidos sureño para luego electrificarse en la Chicago de posguerra y de ahí conquistar el mundo.

–¿Qué significa el blues para vos?
–El blues es mi vida, es mi alma y es mi medicina espiritual. El blues me ha sacado de tristezas infinitas, de desánimos imposibles, de pozos depresivos. Y me ha dado un sentido del humor que creía que no iba a conseguir nunca.

–¿Tiene un poder un curativo?
–Sí. Descubrí que el blues tiene un poder catártico a pesar de que a veces también es una música trágica, como ese blues de John Lee Hooker que dice “I got no shoes, I got no food, I got no table”, es decir la situación de misera total, y sin embargo al final el tipo logra salir adelante. Entonces el blues es redentor y es catártico. Porque cantás las tristezas y cuando las cantás se van, se disipan. Ese es el secreto del blues que me acompañó toda la vida. Y bueno, es el género que yo abracé desde el principio, lo mismo que el resto de sus variantes estilísticas. Claro que después me dediqué a estudiar su aspecto formal dentro la teoría musical. Pero lo tengo incorporado: la blue note, la escala pentatónica, los acordes, la armonía del blues…

–¿Y recordás cómo entró en tu vida?
–Cuando escuché por primera vez a Ray Charles me di cuenta que era lo mío, que lo llevo en el alma y que me sale naturalmente. Aunque mi enganche se dio un poco antes con el señor Elvis Aaron Presley cuando escribió ese blues fundamental que se llama “Heartbreak hotel”. Cuando lo escuché me dije: ¿qué es esto? Porque yo ya venía escuchando Elvis y me gustaba mucho pero ese tema es blues puro, tiene la forma perfecta de blues, con es corte y ese sonido áspero. Ahí me dije: esto es otra cosa. Yo era un niño y me impactó muy fuerte.

–¿Creés que te modificó?
–Por supuesto. Yo me enamoré del blues. Sentí que era algo que me interesaba especialmente. Viste cuando hacés una diferencia y decis: “Esto es otra cosa” Bueno, eso. Por supuesto que me seguía gustando mucho el rock ‘n roll y temas como “Hound dog” y la mar en coche. Pero cuando escuché el blues fue distinto.

–Siendo un género reconocido como viril, ¿te sirvió en algún momento para desenvolverte como varón argentino?
–Sí. Sin duda. Porque ser un varón no tiene nada que ver con el machismo, que es de una virilidad sospechosa. Si sos un hombre bien plantado no hay nada que demostrar.

–¿Qué cosas concretas te enseñó?
–Me enseñó el estilo que un tipo tiene que tener. El no andar fanfarroneando por ahí y el poder ser un caballero con la mujer. También el ser honorable con tus amigos.

–No todas las músicas enseñan eso, ¿el blues sí?
–Sí, fortalece esos valores. Inclusive esos mensajes te llegan a través de la melodía y sin que necesariamente entiendas la letra, por la emoción que transmite, su color y su sensación. Es una música que también, por otro lado, es difícil de explicar.

–¿Cómo describirías al hombre blusero?
–Como un tipo que conoce la vida a fondo. Y sabe valorar su lugar. Un tipo que cuando le toca perder no se queja. Y que cuando gana, no se la cree. Que sabe hacer silencio y tener paciencia. Que cuando ve a un amigo que está mal, lo ayuda. Sin juzgar. Porque es compasivo.

–¿Y cómo sería la mujer que se engancha con ese hombre blusero?
–Es la que conoce el lado oscuro y difícil de la vida. El lado complicado. La que conoce el lado débil del varón y no lo explota malamente. Básicamente una mujer que no quiere ser domadora de varones.

–Es notable cómo lo suburbano y lo porteño se ha involucrado tan bien con esta música que no tuvo su origen en estas tierras, pero que hoy se lo interpreta y se lo compone como si efectivamente haya sido así…
–Lo que pasa es que nosotros, todos los que aportamos desde nuestra composición y tesón, le dimos una carta de nacionalidad al blues. Y no es complicado de entender porque Buenos Aires es una gran ciudad como también lo es Chicago, cuna del blues como lo conocemos hoy. El blues es una música urbana, responde a una gran ciudad, hace juego y produce ese efecto.

–¿Y en ese trabajo de hacerlo local ¿cómo caracterizarías al blues argentino respecto al de otros lados?
–Bueno, creo que nosotros le introdujimos la pasión latina, la información enciclopédica de una sociedad cosmopolita, el sello personal del lunfardo, la influencia poética del tango y el bagaje del swing del jazz argentino. El blues argentino tiene personalidad propia. Es nuestro blues.

–Es notorio también que podría haber adoptado el español neutro como pasó con otros géneros y sin embargo…
-(interrumpe) Sí. Esos productores de las grabadoras multinacionales que te dicen “usá un español neutro”. ¿Por qué no se van un poquito a la ce de tu hache? ¡Pelotudos! El neutro no tiene identidad. ¿A qué país pertenece el español neutro? A neutrolandia. Cualquiera y a ninguno. No entienden nada.

–Lo bueno es que vos introdujiste el habla local, pero luego Adrián Otero de Memphis y Ricardo Tapia también siguieron ese camino…
–Y está bien porque somos porteños. Es el axioma de Tolstoi: pinta tu aldea y serás universal. Lo que sí les haría una constructiva, y sin ofender a nadie porque soy muy amigo del Ruso Beiserman, con quien incluso coescribí cinco blues cuando tenía su banda Viejos lobos de blues. Y es que Memphis me hubiese gustado que se llame Nueva Chicago blues band; y La Mississippi, Río Paraná blues band. Porque si hacés blues argentino, ¿para qué te ponés el nombre de un río norteamericano? Ahora ya es tarde, claro. Tendrían que haberme consultado a mí, ¡ja! Todo esto dicho con cariño, obviamente, y con reconocimiento. Porque ellos le aportaron mucho al género y lo enriquecieron.


Manal: inesperado regreso

–Hace poco, imprevistamente, se volvieron a juntar con Manal, después de más de 35 años, para inaugurar un club privado de rock y blues ligado a La Roca, productora del Corcho Rodríguez. ¿Cómo lo viviste?
 –Al principio no lo quería hacer porque no me gusta mirar para atrás. Soy un tipo que mira para adelante y soy consecuente con eso. Agarré el axioma de Einstein que dice “la vida es como andar en bicicleta, hay que pedalear y mirar para adelante porque sino te caés”. Pero lo acepté porque era la propuesta de un gran productor y era una sola vez. Sin efectos secundarios.

–¿Cómo lo prepararon? ¿Ensayaron mucho?
–Sí, olvidate. A lo loco. Y fue un gran esfuerzo porque había objetivos muy ambiciosos, había que reproducir los arreglos de hace 40 años, un quilombo bárbaro.

–¿Y cómo fueron esos ensayos a nivel humano?
–Muy bien. Excelentes. Ayudó mucho el aporte de Corcho Rodríguez, el cartelito que puso en la sala de ensayo: “Prohibido el alcohol.” (sonríe)

–¿Y hace cuánto que no lo veías a Claudio Gabis?
–Hace 30 años.

–¿Y cómo fue? Porque vos en su momento estabas disgustado…
–No, todo bien. Lo que pasa es que se crearon muchas leyendas urbanas pero nosotros nunca nos peleamos. Lo que pasa es que tomamos diferentes rumbos. Gabis se fue a Brasil, el Negro hizo sus cosas, yo también. Pero no hubo un conflicto o un “no te quiero ver más”. No, nada que ver. Nunca se perdió la amistad. Simplemente se bifurcaron los caminos.


Buddy Guy, el par

Martínez, como todo hombre de blues, guarda buenos momentos con más de un pilar estadounidense del género. En este caso, su historia con Buddy Guy: “Cuando en el ’94 vino a Buenos Aires para tocar en el Gran Rex yo fui su telonero. Después de estar tocando los primeros temas vi que estaban al lado del escenario escuchándonos, lo cual me gratificó. Más tarde fui a saludarlo y a agradecerle la invitación. Porque él había escuchado mi disco de ese momento y lo había aprobado. ‘Sí, este tipo puede telonearme’, había dicho. Y después me comentó: “Lástima que no entiendo la letra, aunque suena muy bien el español”. Yo le contesté: “No hay problema, maestro, las letras dicen lo mismo que dicen en inglés las de ustedes”. El tipo se rió con ganas y me volvió a tender la mano. Los grandes son humildes de verdad”