ENTREVISTA DE TAPA | Pinti | “Hay que parar con el ‘qué país de mierda’ como deporte nacional”

Publicada el 15 de junio de 2010 en Tiempo Argentino

A diferencia de muchas otras figuras del espectáculo, Enrique Pinti no creció en una familia de artistas: ni su padre ni su madre tenían apellidos ilustres ni menos que menos contactos en el ambiente. Sin embargo, pudo vivir una infancia “llena de teatro” y fantasía. ¿Dónde? En un caserón de tres plantas en Constitución “con mucho lugar para jugar”, con patio, bodegas, garage, infinidad de cuartos y un misterioso tercer piso en el que daba sus primeros pasos como actor, libretista y director. “Cuando mis abuelos murieron la oficina que tenían se cerró pero los muebles quedaron. Y yo jugaba a las películas de gangster, con la caja fuerte, los escritorios y los tipos que entraban y te asaltaban en medio de la noche”, cuenta previo a una nueva función en el Maipo de Mi Bello Dragón, la obra infantil que el capocómico estrenó en 1967 y que desde entonces se volvió un clásico, con una exitosa reposición en el 2002, y otra ahora, con Marcos “Bicho” Gómez en el rol principal (el dragón) y la dirección conjunta de Ricky Pashkus y el propio Pinti.

“Mi Bello Dragón fue por encargo, pero también por encargo personal, porque me propuse hacer una comedia musical sin la cosa macabra del dibujo animado de Disney. Así la princesa no es una princesa normal, es revoltosa, caprichosa; el hada es una inútil, no le funciona nunca la varita; y el dragón es bueno, buenísimo, lo unico que quiere es que lo dejen en paz. ¡Casi como Shreck! Pero cuarenta años antes”, se jacta, sin rencores. Y cuenta que la obra es, también, “un homenaje” a esas zarzuelas y operetas que sus padres lo llevaban a ver de chico y que estimularon ese mundo de fantasía que lo conquistó de chico, al punto de ver “seis películas por semana, veinticuatro por mes, doscientos cuarenta por año ¡un disparate!”, remarca. Un empacho que también se nutrió de radioteatros, radionovelas y un arsenal de historietas de Intervalo, El Tony o la editorial Tor: “Mi infancia fue todo el tiempo así. No jugaba al fútbol, no me interesaba una mierda el deporte. No me podían mover del cine, el teatro y con el sueño de ser actor. Ya a los 7 años te lo decía”.

— ¿Y cómo cuajaba todo eso con la institución colegio?
 — Chocaba mucho, porque en el colegio enseñaban de todo, no solamente arte o espectáculo, y a mí no me interesaba. No tuve conflicto con la escuela primaria, el Tomás Espora de la calle Solís. Una escuela chica, de barrio, que tenía ocho aulas, una sola planta, y una maestra por año que sabía quién eras. Había una unidad del asunto. Pero cuando llegué al secundario estalló el conflicto. Primero por la adolescencia, te cambia la voz, la piel, te ponés difícil. Y segundo porque yo no quería estudiar lo que no me interesaba. Me sacaba 8 o 9 en materias como lengua, literatura, historia o religión, y 2 o 1 en matemática, química o física. No tenía término medio.

— No te importaba estar en el cuadro de honor.
 — ¿Pero sabés como me cagué en el cuadro de honor? ¡Toda la vida! Yo tenía compañeros que eran excelentes pero por ahí lloraban porque habían sacado 8,33 en una materia y no lo podían entender. Era una tragedia. Te decían que los habían retado en casa. Se desesperaban. Yo no. Nunca me importó. Después, cuando formamos el Nuevo Teatro lo tuvimos como lema eso. No nos preocupaba ser famosos o salir primero en recaudación. No tenía la menor importancia. En esa época no se publicaban las recaudaciones, nadie escondía las planillas para que no las mostraran los programas de chimento. Tenía que ser un éxito o un fracaso tremendo para que alguien hablara.

— ¿Cómo te llevabas con los profesores?
 — Con los de matemática, física, química era matarnos con la indiferencia. Me decían ‘¿qué pasa? ¿por qué no estudiás?’ ¡Porque no me gusta! ‘¿Pero cómo que no te gusta? Ahora no te das cuenta, pero te va a hacer falta, te va a hacer bien, la cultura general’. No, no, les decía yo, el principio de Arquímides, la manzana de Newton, el algoritmo, la raíz cuadrada, no me interesan una mierda, me rebotan en la cabeza, no los voy a necesitar nunca. Y al de física se lo expliqué claramente: ‘Mire, yo ya terminé el secundario, lo terminé con la cabeza, para mí ya está porque yo quiero ser actor, ya hice tres obras y me voy a dedicar a eso, por favor no me amargue la vida’. Y así accedió a hacerme tres preguntas tontas y ponerme de lástima un cuatro. Pero me advirtió: ‘Hacés mal porque con el tiempo vas a ver que todo está unido en la vida y que la física también tiene algo que ver…’

— ¿Y hoy qué pensás?
 — Que no. ¡Que no tiene un carajo que ver! (risas).

— Muchos sorprendieron con lo que pasó con el Bicentenario, con tanta gente saliendo a festejar al país. ¿Cuál es tu explicación?
 — Pasó que hubo un objetivo en común que la gente no convirtió en politiquería, milagrosamente, porque politizar es otra cosa. La gente dijo: yo, en este momento, no me importa quién es el gobierno, ni quién es la oposición, ni quién es nada, yo quiero festejar, esto es muy importante. Yo en mi personaje de la Argentina, la anciana de Antes de que me olvide, digo: ‘no se honra una patria cada 100 años porque yo no voy a aguantar, llegué a los 200 no sé como, para los 300 años y yo no sé si voy a llegar hijos de puta, ¡por favor cuídenme! Y la mejor forma de cuidarme es no decirme qué país de mierda como deporte nacional. Porque a los chilenos se les cayó medio a país y dicen viva Chile, mierda, eso no se pone en discusión, los mexicanos tienen inseguridad, rapto, narcotráfico, terremoto y dicen México lindo y querido, y los brasileros se les cae la favela tiene una miseria impresionante tanto o mayor que la nuestra, tienen mucha inseguridad también y sin embargo dicen o mais grande do mundo’. Acá no.

— ¿Y por qué pasa eso?
 — Es una cuestión de la mentalidad deformada de la clase media, que se formó por primera, segunda o tercera generación de inmigrantes que vinieron acá pensando después me voy. Lo que pasa es que en el medio se enamoraron del país y se quedaron, pero con un sentimiento ambivalente. Siempre mirando para afuera, deseando volver o hacer que este país fuera igual a la buena época de allá. Y eso influye para que en el país se diga tanto eso. Hay menos raíz.

— ¿Y creés que también colabora la historia oficial, un Sarmiento diciendo desde la escuela: ‘nosotros no somos latinoamericanos, tenemos que parecernos a Europa’?
 — Lo que pasa es que Sarmiento es una de las paradojas más grandes, nos pinta de cuerpo entero. Es el tipo al que se le debe que acá haya educación, una estructura de programas pedagógicos de la hostia. Y es también el más vende-patria, el que dijo que no había que ahorrar sangre de gaucho. Es como la esquizofrenia argentina, que nos viene de unos cuantos fundadores, además.

— ¿Qué hubiera pasado si el Bicentenario caía durante la crisis de 2001?
 — (sopresa) Ah, ¡no sé! ¡No se hubiera podido festejar! ¡Hubiera sido un quilombo total! (risas)

— ¿Y entonces se le reconoce al Gobierno haber brindado al menos un contexto en el cual se pueda salir a celebrar?
 — No, de ninguna manera. Así como no se pusieron en contra, de ninguna manera pasó al revés. Por eso es ingenua la creencia del Gobierno de que pueda capitalizar esto. La gente lo gozó al Bicentenario. Y es algo para valorar. Pero tampoco es que tenemos que agradecer. Lo que pasa también es que tenemos la memoria del pecesito de Nemo. Y dentro de poco la gente se va a olvidar del 2001. ¡Si muchos no se acuerdan siquiera de la dictadura! ¿Sabés la cantidad de años que no se supo nada del 16 de junio del ’55, cuando bombardearon la Plaza de Mayo y mataron a la gente? Yo lo decía en Salsa Criolla, en el ’95, y me miraban como si yo estuviera hablando de la historia de Cartago en llamas.

— Sin embargo, esa clase media no se enoja con vos, lo toma bien, y eso que a veces les decís cosas irritantes…
 — Sí, yo digo cosas que sé que molestan. Como cuando les digo que Giuliani no es que solucionó el problema de la violencia y el narcotráfico en Nueva York. ¿Cómo va a sacar el narcotráfico en un país que es el mayor consumidor de drogas del mundo? ¡A lo sumo limpió el circuito turístico, corrió el delito a otros lados! Yo digo este tipo de cosas y estoy seguro de que a muchos les molesta. Pero no importa. Acá estoy.


La polémica por la reapertura del Colón

La reapertura del Colón, en pleno Bicentenario, causó polémica. Primero por la disputa entre la Ciudad y el Gobierno nacional, por la sugerencia de Macri a la Presidenta que asistiera sin Kirchner. Y después por la decisión de Mirtha Legrand de llevar sus almuerzos al teatro. Pinti formó parte de la gala de reapertura y dio su opinión sobre ambos hechos. “En principio, veo como altamente positivo que se reabra el Colón, cuando me enteré de las nuevas autoridades pensé lo peor: va a reabrir como un teatro comercial y un día me va a tocar a mí con mi compañía de revistas. ¡Qué desastre!”, ríe. Aunque exige: “Hay que ver es qué pasó con los talleres, los camarines, chequear que esto siga como política de estado y que se derrame a otros teatros municipales. Porque son lugares públicos y como tales deben ser difundidos. ¡Prefiero ver dos horas el Teatro Colón y no una hora y media de Fort con la Gallardo!”.

— ¿Y qué te pareció el programa de Legrand con Macri?
 — Para mí no hay conflicto, porque si vos decís que fue al escenario, puso la mesa, trajo el microondas y vino el gerente del Sheraton, bueno… Pero es un programa de actualidad, ¿por qué no va a poder mostrar el Colón? Si Valeria Mazza, con mucho menos charm, mucho menos encanto, y con mucho menos conocimiento, lo mostró hace cuatro años, ¿por qué no Mirtha? Y Macri fue porque es el que le tocó estar ahora, además son amigos desde hace años. Aunque ojo, si estaban Ibarra o Telerman, quedate tranquilo que también los hubiera invitado. ¡Con tal de ir al Colón y subir por las escaleras Mirtha te invita a Satanás!

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