ENTREVISTA DE TAPA | Jaime Torres y Ramón Ayala | “Lo fundamental en el artista es tener el niño despierto”

Publicada el 22 de octubre de 2015 en Tiempo Argentino

Se miran de costado cada vez que se tiran alguna pared durante la charla y sonríen. Se conocen desde hace 50 años, más de lo que su propio público los conoce a ellos mismos. Jaime Torres y Ramón Ayala son dos leyendas vivas de la música popular, pero cuentan con mucha historia juntos de cuando aún no había tallado tan fuerte en la memoria nacional. Cuando todavía la soledad del altiplano, los vientos de las altas cumbres y el polvo de las quebradas no habían sido del todo expresados en el charango de Jaime; y cuando aún los misterios de la selva mesopotámica y esos amores brujos que pueden encontraste en la vera del Paraná, no habían sido tan cantados a fondo por Ramón.

“Éramos dos entusiastas con el niño interior siempre despierto”, dice uno. “¡Todavía hoy!”, aclara el otro. Y vuelven a mirarse de costado y a sonreír. A horas de encarar este viernes en el Tasso su primer espectáculo en conjunto, se muestran contentos, pero también agradecidos: es notoria la admiración mutua que se profesan y que sienten auténtica porque, justamente, no es de ahora. Es de casi toda una vida.

— Más allá de las ganas de hacer algo juntos, ¿cómo surgió este encuentro?
Torres: -Si bien yo lo invité a Ramón, creo que estaba en el aire. Me confieso un admirador de la obra de Ramón. Son muchos años de dedicación los que tiene. Una actitud y una búsqueda incesante. Y dado que sumamos algunos años sobre el escenario y mantenemos este espíritu fresco, de juventud, me pareció adecuado.
Ayala: -Coincido con el amigo, porque siempre lo he tenido presente, como artista y como persona. Pero pensá que hemos compartido festivales, viajes y andanzas, aunque nunca habíamos coincidido en un proyecto como este. Y de pronto aparece el amigo con un llamado y me dice: “Ramón tenemos que hacer algo así y asá.” “Bueno”, le digo, “¡Bendito seas que has tenido esta idea tan propiciatoria!”
Torres: -Cuando le pregunté a Ramón, me dijo: “¿Cómo quieres que vaya, como invitado?” “No”, le dije, “como par, como compañero con el cual compartir algo, que sea una situación generosa.” Y al día de hoy es el inicio de un camino que uno nunca saber dónde puede llegar a terminar.
Ayala: -Por eso creo que va a dar un buen resultado este encuentro, porque poseemos dos ritmos y dos sendas folklóricos distintas que igual nos llevan juntos en ese tumulto interior que es el folklore. Él tiene una una escala pentatónica en su instrumento. Y tiene la montaña, los valles, las profundidades, el altiplano, los caminos. Yo tengo el Uruguay y el Paraná en eterno movimiento. También los duendes, los oficios, la negrura y la lluvia de la Mesopotamia. Dos mundos y dos idiomas, porque así como Jaime tiene el quechua a mano, yo tengo el guaraní.”
Torres: -Es cierto: dos corrientes profundas y maravillosas, pero ojo, también una misma voz. Porque más allá de las variantes rítmicas y sonoras, en este encuentro preservamos que haya un solo canto. Que se viva la misma frescura y libertad. Además, si uno se detiene a observar la tarea de Ramón, nunca va ver la cosa facilista o el golpe de efecto, sino el presentarse tal cual es y que cada uno después tome de eso lo que quiera. Por eso los homenajes al pescador, al cosechero, en fin, al hombre sin más. Un artista preocupado por su canto no sólo por la canción.

— Hace 50 años, ¿cómo era Ramón, Jaime?
Torres: -Era las ganas de vivir, una conducta que nadie pueda reprochar. Ramón siempre fue un hombre bienvenido dentro de la familia de los músicos. Muchas veces hay encontronazos, y yo creo que con el tiempo uno se va dando cuenta de que esto es una cosa momentánea y pasajera y que no vale la pena ponerse a reñir. Eso Ramón lo entendió siempre.

— Y para la misma época, ¿cómo era Jaime, Ramón?
Ayala: -Era un muchacho que se estaba abriendo a la vida. Los dos estábamos en eso. Éramos entusiastas, lo cual es clave, porque considero que lo fundamental en el artista es tener el niño despierto. En cuanto se muere el niño, se muere el asombro. Y un artista sin asombro es nada. Y en ese momento vivíamos asombrados como vivimos asombrados ahora; no por nada estamos teniendo este encuentro hoy. Recuerdo que nos encontrábamos andando en las noches, los días…
Torres: -(Interrumpe) ¡Y en algunas trasnoches…!
Ayala: -Ja ja, sí. Y madrugadas también, con muchos amigos en común que ya han desaparecido ya, y nosotros, extrañamente, todavía firmes en el camino de la vida. Eso es hermoso. Lo celebro. Siempre he tenido un recuerdo muy grato del amigo. Una idea luminosa de él, como lo es su instrumento, su palabra, su persona.

— Siendo el amor unas de las grandes preocupaciones del ser humano, ¿creen que estas músicas, al ver venir sus raíces de tan lejos, aportan un saber especial al respecto?
Torres: -En mi caso, que soy instrumentista, creo que la vivencia del amor en una canción puede darse sin necesidad de la letra. Aparece en el gesto, en la mirada, en la caricia. Y en mi caso, con el charango, se expresa también a través del amor a lo que hago, a lo que me inspira. Por eso digo siempre que por un lado está la excelencia de la música y que eso siempre es bienvenido, pero que además hay que prestarle atención a su hecho social. Entender que son músicas que algún momento fueron dejadas de lado de tanto mirar para afuera.
Ayala: -El amor es único, eterno y verdadero. Gracias al amor existe el planeta Tierra, lo que justifica las bellezas del hombre. El amor es universal y es el que nos ha parido a todos. Es el relámpago en los ojos, el deseo, el conocimiento dos seres humanos que de pronto producen el amor. Entonces: el amor está dicho en la lengua que se dice o en el gesto que surge. Es la materia viva que produce la poesía y que produce la canción. Por ejemplo (recita): “Hablas del amor eterno/ y estamos hechos como la flor/ para durar/ solo un momento…/ No hables/ quédate en silencio/ hagamos como el tiempo/ que sin decir una palabra/ orquesta el universo// Habla del amor eterno y estamos hechos como la flor para durar solo un momento…”
Torres: -Cito a Ramón: “Te conozco o… te he soñado (risas). Esa frase la usa mucho él, porque es un galán permanente.
Ayala: -Cada poeta y cada amador tiene su forma. Aunque lo que importa es la llama que enciende la vida y que vuelve al hombre eterno. Porque no hay que olvidar que somos una cadena de amores que se prolonga a través de los tiempos. ¿Qué sabemos hace 2000 años quiénes fueron nuestros abuelos, los generadores de esta carne y estos huesos que estamos usando? Nunca lo sabremos. Pero sí sabemos que cargamos con esa reminiscencia. Lo que por ahí nos hace sentir: “Esto yo ya lo viví” o “Esto yo ya lo sentí.” Porque somos apenas un flash, la luz de un fósforo en el paso de los siglos. Y ese acontecimiento del amor es tan breve y tan inmenso a la vez que va recreando la vida a través de los tiempos.


Algunos hitos de don Jaime

-Con el charango, tocó en toda clase de escenarios, desde los modestos del norte del país hasta el prestigioso Teatro Colón de Buenos Aires, pasando por la Filarmónica de Berlín, la Sala Octubre de Leningrado o el Lincoln Center de Nueva York.
 
-Formó parte de la famosa Misa Criolla de Ariel Ramírez en el año 1964.
 -Intervino con su conjunto en las recordadas películas Argentinísima I y II de Fernando Ayala
 -Desde 1975 organiza el Tantanakuy en Humahuaca, Jujuy, un encuentro de instrumentistas andinos no profesionales que desde entonces se convierte en una gran asamblea musical.
 -Admirado por los puristas, nunca dudó en compartir escenario y grabaciones con figuras del rock nacional como Divididos, Bersuit Vergarabat y Daniel Melingo, entre otros.


Algunos hitos de don Ramón

— En los años ’60 integró el recordado trío Sánchez-Monjes-Ayala.
 — También en la década del ’60 impulsó el ritmo gualambao, en base a un compás de 12/8, con la idea de darle un estilo propio y único a Misiones, su provincia, que carecía de un género identificatorio.
 — Junto con su hermano Vicente Cidade (padre de Walas, de Massacre) compuso “El Mensú”, una de las grandes temas del cancionero popular argentino.
 — Otros temas famosos de su autoría y repertorio son “Posadeña linda”, “Coplas sureñas”, “El chapacero”, “El cosechero”, “El jangadero”, “El moncho”, “Mírame otra vez” y “Un día en tu vida”.
 — En el ’62 viajó a Cuba, conoció al Che Guevara y comprobó que “El mensú” era habitué de los fogones post-revolucionarios.
 — Entre los años ’60 y ’70 recorrió con su guitarra España, Suecia, Francia, Italia, Rumania, Chipre, Uganda, Kenia, Tanzania, Líbano, Turquía, Kuwait Irak, Irán, Kurdistán y demás países del mundo.
— En 2013 protagonizó un documental de Marcos López.

Los colores, el color

— Es curioso que se hable del folklore en singular, cuando resulta que tiene muchos colores distinto dentro suyo y de acuerdo a cada región.
Torres: -Lo que sucede es que nosotros no podemos abstraernos de las influencias. Ese viento que lleva y que trae, que no se lo puede acusar de que robe o de que contamine. Así, el hombre que viene trae, pero también lleva cuando se va. Y cuando está comprometido con el arte comprometido logra cosas hermosas. Por ejemplo: un espectáculo como este en el que no es el litoral contra el norte sino ambas tradiciones musicales sumadas.
Ayala: -Creo que ocurre lo mismo cuando decimos el argentino en vez de decir el argentino del sur o del norte. Porque la Argentina es una sola. Y el folklore es uno solo, con distintas coloraturas y distintas geografías. Lo que pasa es que todavía la gente no ha aprendido a identificar el folklore como la sabiduría del pueblo, lo que signfica la propia palabra.

— No muchos pueden darse este gusto de tener tantos colores dentro de su propia música folklórica.
Torres: -Pero nuestras fronteras también marcan ciertas influencias hacia dentro de las regiones. En la zona del Litoral, indudablemente hay una impronta del Paraguay. Y nosotros con los instrumentos andinos recibimos la influencia de aquellos hombres que llegaron hace siglos hasta Santiago del Estero, acompañados por la lengua quechua. Todo eso después toma características propias que lo hacen seguir creciendo. Por eso siempre digo “música criolla”, porque “música autóctona” es otra cosa. Yo recuerdo, por ejemplo, que las tradicionales zambas de Chazarreta no tenía la vuelta. Faltaba el remate. Eran versiones de la zamacueca, de la marinera. Esa vuelta recién se determinó después.