ENTREVISTA | Tute | “Soy un voyeur profesional”

Publicada el 20 de abril de 2008 en la revista dominical Rumbos

Muchos los conocen por su trabajo en La Nación: sus mordaces cuadritos en la contratapa del diario y sus soberbias páginas — síntesis de poesía y humor — en la revista dominical del mismo medio. Ambos recopilados el año pasado por Sudamericana en los libros Tute y Tute de bolsillo (ya agotado). Sin embargo, y de un tiempo a esta parte, Tute también empezó a ser reconocido — incluso entre humoristas gráficos habituados a lidiar con la condición humana — por su peculiar talento para el retrato de las relaciones amorosas.

El dibujante deposita su mirada ácida — y también tierna, así de paradojal es su humor — sobre una circunstancia, un detalle tal vez anodino en la conversación de una pareja, y el efecto no es sólo es la risa -o la carcajada- sino la comprensión: “Esto que muestra Tute también me pasa a mí. ¡Y tiene razón!”, piensa el lector que se identifica con su trabajo. Y el resultado es un nuevo miembro en su creciente grupo de seguidores. De hecho, su próximo libro Tute de parejas, a editarse este año, será enteramente dedicado a esa temática: los meandros y desencuentros de toda relación, los estragos y desilusiones que el paso del tiempo produce en eso que llaman amor.

“Es cierto, todo el tiempo me llegan comentarios y mails de gente que me dice que se sintió identificada y que no pueden creer la edad que tengo. Y la verdad es que no sé que pensar”, reconoce en un alto de la entrevista con Rumbos en su Ph de San Telmo. “No sé por qué se volvió uno de los temas más transitados por mí ¿Seré un viejo metido en un cuerpo joven?”, se pregunta entre risas este autor efectivamente joven — tiene 33 años — . Pero ya casado y con una hija, Dorotea, de apenas tres años, que es una guardiana total de su padre: a cualquier extraño que visite la casa — por ejemplo este cronista — Dorotea lo interpelará con sus enormes ojos oscuros. Y ante cualquier intento de Tute por mostrarle al visitante algunos de los objetos que pueblan el estudio (libros, revistas de historietas, pinceles, cds, bocetos, fotos, óleos sin terminar), Dorotea lo reprenderá con el mismo argumento: “Esto no porque… ¡es para colegio!”.

Tute pide disculpas por el estricto celo de su hija. Aunque no hace falta. A demás de su impecable hospitalidad (a todo momento ofrece refrescos para palear la calurosa tarde de verano), la charla es una excelente oportunidad para conocer al artista en su ámbito de trabajo. Entre sus pinceles y bocetos, pero también entre sus seres queridos. Experiencias de las que Tute extrae, justamente, bastante de su inspiración. La otra fuente, por supuesto, es su poder de observación. “Soy un voyeur profesional”, revela. “Voy por la peatonal Lavalle y me vuelvo loco porque quiero mirar a todo el mundo y no puedo, a demás de que alguien puede decir: ‘Che qué mirás’ (risas). Después, cuando me siento a pensar ideas, todo eso aparece. Pero no es que me vaya a poner a hacer un tratado antropológico. Sí soy curioso de los distintos mundos de cada uno”.

—Un curioso de lo humano…
 — Sí. Me fascinan las personas que tienen la habilidad natural para dominar una situación. Por ejemplo un colectivero: ese asiento que sube y baja, su mujer al costado, el amigo sobre la rueda, los dados y las luces violetas sobre el volante. ¡Y el tipo al tanto de todo! Para mí no había persona mas inteligente en el mundo que un colectivero. Cuando me preguntaban que quería ser de grande yo decía ¡colectivero! (risas).

Batu de autor
Pero lo que Tute cumplió recientemente fue un sueño distinto, seguramente más importante: crear un personaje. Desde el 28 de diciembre, ese sueño se llama Batu, la flamante tira que publica en La Nación. Y que protagonizan el citado Batu (un chico de abultada melena naranja y ambiciosos sueños de potrero) junto a Tutum (su perrito fiel) y Boris (su amigo de gruesos anteojos grandes, apasionado de las computadoras y el spam). El punto de partida es clásico (no hay nada más típico que un niño, un perro y un amigo para una tira cómica de diario), pero su resolución es altamente personal y hasta experimental: Tute se da el gusto de innovar en el dibujo (hay un abismo entre la gráfica y el estilo de Batu y lo que antes hacía para los cuadritos) y de mostrar, cada día, un parte pequeña, pero honda, de su universo personal.

“En el diario me dicen que anda bien”, cuenta. Y a juzgar por el boca a boca que ya se registra en foros y blogs de Internet la expectativa es grande. No es para menos: si Liniers generó cierto revuelo cuando en el 2002 arrancó con Macanudo (también La Nación), hoy ese lugar parece ocuparlo Tute con Batu. “Estoy muy entusiasmado”, admite.

—Batu es soñador, pero no al punto de ser autista. Puede soñar con viajar a la luna, pero también en batir el récord de jueguitos. Una fantasía no reñida con la cultura popular, ¿coincidís?
 — Sí, eso responde a mis propios intereses, que puedo estar una tarde buscando una rima para un soneto y otra jugando a la pelota en la esquina. Me guío mucho por mi infancia y lo que le pasa a Dorotea.

—Hacer una tira implica un trabajo específico dentro del humorismo gráfico, casi un oficio en sí mismo. A casi tres meses de comenzada la experiencia, ¿qué cosas resultaron como te imaginabas y qué cosas no?
 — Todavía es muy incipiente para dar un veredicto pero sí te puedo decir que algunos caminos se van abriendo y que de a poco asoman cosas nuevas. Por ejemplo hace poco estuvo Rodolfo, un pibito que intenta adivinar lo que la gente dice. Vamos a ver para cuánto da. La idea es que la tira me vaya sorprendiendo a mí, que no me aburra.

Tute confiesa que su gran miedo era — es — ese: el aburguesamiento. Mucho más que la angustia de la página en blanco o el estrés de cumplir todos los días con una exigencia creativa. “Antes de empezar le avisé a todos: ‘Si me aburro, la dejo’. Es así”.

—¿Aunque Batu tenga una excelente recepción y su merchandising explote comercialmente?
 — Sí.

Mi familia es un dibujo
El dibujante creció en Mármol, una pequeña localidad de la zona sur del conurbano bonaerense y tuvo su infancia en el seno de una familia artística no convencional. Su madre, Cristina Marcón, es artista plástica, y su padre es el famoso autor de Clemente, Caloi. Un microclima que determinó su inclinación por el humor y el dibujo: “Crecí en una un casa llena de pinturas, papeles y pinceles porque mi vieja tenía ahí mismo su taller. Y los amigos de mi viejo que venían a cenar era gente como Crist, Fontanarrosa, el Negro Dolina. A si que imaginate…”.

Durante toda su vida, Tute vio cómo su padre hacía noche tras noche la tira que que después salía publicada en el diario. “Para mí era algo natural que alguien dijera: ‘Estoy pensando una idea’. Yo recién tomé conciencia de que eso era un poco delirante cuando un amigo me dijo: ‘Hay que hacer silencio porque esta pensando la idea? ¿Qué es estar pensando la idea?’ Ahora pasa lo mismo en mi casa. Escucho a mi mujer que le dice a mi hija: “Shhh, vamos para allá, que tu Papá está pensando una idea”. Imaginate, Dorotea va a crecer con la misma distorsión en la cabeza.

— Una linda distorsión…
 — Sí, seguro (risas).

— ¿Cuando empezaste con Batu, ¿Caloi te dio algún consejo particular?
 — Bueno, mi viejo siempre fue un tipo muy tranquilo. Tanto él como mi madre procuraron que uno se las arreglara un poco solo. Me acuerdo que al principio, cuando empecé, lo llamaba y le decía ‘Che, ¿cómo se hace esto? ¿cómo se escribe lo otro? Y él me decía: ‘Escuchame, existe algo que se llama diccionario’. ‘Bueno, pero si vos ya lo sabés, por qué no me lo decís?’ (risas). Sólo mucho tiempo después lo entendí.

— ¿Pero no hubo un consejo estilo “Tené cuidado con esto…”?
 — Sí. Me dijo que tuviera cuidado con lo encanadoras que son las tiras. Esto de tener un personaje todos los días con un habla y una psicología particular puede llegar a ser agobiante. El caso emblemático es el de Quino, que tuvo que dejar de hacer Mafalda porque no la aguantaba. Mi viejo me insistió que buscase la manera de darle a Batu toda la libertad posible.

Luego de que sus padres se separaron, Tute se mudó a la casa que Caloi había adquirido en San Telmo. Y allí la relación artística entre ambos se acrecentó. “Todas las noches trabajábamos en dos tableros a pocos metros de distancia. Y constantemente nos mostrábamos lo que hacíamos. Hablábamos de técnicas de humor, de estilo. Fue una época muy intensa. Me acuerdo que cada vez que terminaba su página, a mí era el primero al que se la mostraba”.

Tras un breve paso por La Prensa y El Expreso (un efímero diario de Gerardo Sofovich en tiempos del menemismo), Tute recaló en La Nación en 1998. Tenía apenas 23 años. Y le fue mejor de lo esperado: su humor de fuertes ribetes líricos (muy en la línea de lo que hacía Caloi en la revista Viva de Clarín) causó sensación entre los lectores dominicales del diario, no tan habituados a esa clase de humor gráfico. “En esa época yo tenía una muy fuerte la influencia de mi viejo. Era tremenda”, admite sin pruritos Tute. “Y si bien una parte de esa influencia era natural por ser su hijo, otra parte era producto de la inseguridad. Evidentemente yo me sentía seguro dibujando parecido a alguien que ya estaba probado”. El despegue fue difícil, pero llegó. Las planchas que hace hoy Tute en La Nación son muy distintas: portan su mirada y voz particular. “Se fue dando a través de buscar adentro mío qué dudas y qué inquietudes tenía”.

—¿En algún momento te molestó la comparación?
 — No, en ese momento no me molestaba. Pero además no lo veía
¿Sabés cuando me di cuenta? Cuando mi vieja una vez no pudo reconocer un dibujo mío de uno de él. Ahí fue jaque mate (risas). Igual, hoy me sigo influenciando. Lo que pasa es que ya existe un pequeño universo muy propio. Ya no es una preocupación no parecerme a mi viejo. Me parece que ya está. Y la prueba está en que antes, cuando alguien se enteraba del vínculo, decía: “Ah, con razón’. Y ahora dicen: ‘Ah, mirá vos’.


La nueva generación

La década de los ’70 fue el surgimiento de Caloi, Fontanorrosa, Crist y Tabaré. La década de los ’80, la de Rep, Langer y Daniel Paz. Y la década actual, la de Liniers, Tute, Esteban Podetti y Max Aguirre (que estrenó Jim, Jam y el Otro también en La Nación), entre varios otros. ¿Hay un humor gráfico distinto con cada recambio generacional? “Sí, claro”, responde Tute. “Cada diez años aparecen nuevos dibujantes. Y La Nación agarró un poco la posta de ese recambio, cuando antes, por tradición, era al revés, estaban los más veteranos. Y es cierto que el humor cambió. Me parece que en eso colaboró mucho Liniers. Con un humor muy distinto a lo que la gente estaba acostumbrada a leer. Una bocanada de aire fresco”.

—¿Tienen buena relación entre ustedes?
 — Sí, muy buena. Con decirte que con Max Aguirre hoy nos juntamos a jugar a la pelota.


El corajudo renacentista

Un encuentro propiciado por Tute entre el cantante de tangos Hernán Lucero y la folclorista Irupé Tarragó Ros derivó en un espectáculo multimedia — a estrenarse a fin de año — que tiene por estos días muy motivado al dibujante. “El proyecto se llama Hotel Buenosayres y es una obra conceptual. Incluye un disco, un videoclip y una serie de shows”, explica Tute. “Yo escribí un vals y un tango, y me voy a ocupar del arte de tapa”. El texto del espectáculo relata la historia de un personaje y su relación mitológica con el hotel. Además del proyecto con Lucero y Tarragó Ros, Tute tiene en mente un largometraje (que se suman a sus dos cortos ya realizados) y quizás algún que otro volumen de poesía.

—Humor gráfico, cine, música, teatro, poesía… ¡Sos un renacentista!
—(Risas) Yo más bien diría que soy un corajudo.


Tute a diario

¿Cómo es un día en la vida de Tute? “Mi día se organiza en función del cierre del diario, que es a las cuatro de la tarde. Todo lo demás flota alrededor de eso”, cuenta el dibujante. “Pero cuando más trabajo es a la noche. Me encanta cuando cae la noche y …”, Tute abre los brazos frente a la ventana que da a la calle Humberto Primo y hace un gesto de satisfacción. “A esa hora es cuando mejor me siento”.

—¿Qué cosas te hacen reír?
—Los amigos, las grosería. Me puedo reír tanto de un amigo que me cuenta la anécdota mas soez, como del humor refinado de Borges, Woody Allen o Les Luthiers.

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