FUERA DE AGENDA | Bochatón | “Si no hubiera escrito poesía, no sé… hubiera hecho terapia de por vida”

Publicada durante abril de 2014 en Tiempo Argentino

— En tus letras hay citas a Girondo, Pizarnik y otros poetas. ¿En qué momento empezó tu gusto por la poesía?
 — A los 14. Estaba en el secundario y una de las cosas que hacía era no prestarle atención a la clase y ponerme a escribir de acuerdo a lo que sentía que estaba pasando conmigo en ese momento. Una escritura que no era tanto contra la profesora o del colegio sino sobre la situación en sí. Una de esas poesías terminó siendo “El gusano”, que salió en La tranquilidad después de la paliza: “Quiero chocar mi cabeza contra la pared/ para dejar de pensar lo que no quiero hacer”. En cuarto año la escribí

— ¿Y en dónde escribías esos poemas?
 — En papelitos, en cuadernos, lugares así.

— ¿Y se las mostrabas a alguien o te daba vergüenza?
 — No, las mostraba tranquilamente. Para mí era una novedad porque me salían muy fluidamente, muy rápido, aunque un amigo me decía: “Dale, esto no es tuyo, ¿no?”. “Sí, son mías”, le decía yo. “Dale, ¿de qué libro?”. Y yo pensaba: “¡Qué imagen subestimada tenés de mí para pensar eso” (risas)

— ¿Con qué poetas y libros arrancaste?
 — Primero hice un link directo con los surrealistas, me interesaban mucho. Después con el art-nouveau también: sus dibujos y mandalas, que usaba para los afiches de mis recitales. Luego leía también a Paul Eluard, a André Bretón. Y con Dalí me recontra copé con los dibujos.

— ¿Y cómo te llevabas con los poetas que te traía la escuela? Neruda, Rubén Darío, los españoles del Siglo de Oro…
 — No, no me atraían para nada. No es que estaba en contra sino que buscaba totalmente otra cosa. Me gustaba Rimbaud, por ejemplo. O Baudelaire. Y mucho Dylan Thomas, que me parecía una deconstrucción total de todo lo que se usaba hasta ese momento para escribir. Cuando lo descubrí dije: “¡Wow, este tipo realmente va por otro lugar!”.

— ¿Y cómo llegaste a Girondo?
 — Porque mi hermano lo leía. Me lo mostró a los 18, 19 años y me recontra copé: fui a una librería y me compré todos los libros que había (risas). En la masmédula me sigue pareciendo increíble. Casi no se puede entender lo que está escribiendo pero igual te llega lo que dice.

— ¿Y Pizarnik?
 — No me acuerdo cuándo fue el momento en que empecé a leerla. Sí que fue después del colegio y que cuando la descubrí me impactó mucho. Al poco tiempo hice una canción influenciado por ella, “Brillante búho”: “Ahora verás/ cómo enciende su voz/ como sirena”, decía. Quería retratar un paisaje de incendio mental muy de ella. Recuerdo una antología de color clarito que la tenía en la tapa. Regalé varias veces ese libro.

— ¿Qué rol jugó en todo ese tiempo la poesía?
 — Al principio me sirvió para liberar cosas que me pasaban o me oprimían. Si no hubiera escrito poesía, no sé… hubiera hecho terapia de por vida (risas). Fue una manera de describir un mundo mío personal que no existía en el afuera. Cosas irreales que sólo se me podían ocurrir de una manera abstracta.

— ¿Y te pasó de hacerte muy amigo de alguien por el hecho de compartir la poesía?
 — Sí, con Carlitos, un amigo del Manuel Belgrano de La Plata, Escuela media nº1. Con él nos gustaban bandas como The Cure, Siouxsie and the Banshees y a los veintipico nos metimos en un taller literario, el de Leopoldo Brizuela, que me sirvió de mucho aprendía de las devoluciones que hacía a los demás. Recuerdo que Leopoldo me decía que lo mío era muy métrico y rítmico.

— Y cómo se relacionaba la poesía con la música que ya hacías con Peligrosos Gorriones y luego como solista?
 — Al principio, en la primera época de Gorriones, empecé a unir todo: le ponía música a un poema o poesía a una música. Pero después empecé a escribir más letra de canciones y dejar la poesía aparte. Me gustaba la revista El Jabalí. En el 2003, incluso, saqué un libro de poemas, Libertades pequeñas. Y antes y después participé de lecturas con Palo Pandolfo, Diego Frenkel, Sergio Pángaro, Rosario Bléfari o Gustavo Álvarez Núñez. No entré en un círculo poético concreto pero rondaba ese ambiente.

— ¿Cómo es una poesía que te gusta y cómo una que no?
 — La que tiene solamente desazón o queja y queda en un manto de lamento, no me copa mucho, me parece que no aporta. En cambio la que deja un final abierto, una cuestión para que se resuelva sola en la cabeza de uno, con imágenes bipolares, me gusta mucho más.

— ¿Hubo algún libro o autor que te haya salvado en algún momento?
 — Sí: Nicanor Parra con Poemas y antipoemas. Con ese libro hice un click porque me dije: “Okey, ahora entiendo”. Nicanor es un tipo que además de ser un gran actor resumió en esa obra la modernidad del poeta latinoamericano sin banderías políticas.

— ¿Cuándo fue que la poesía tuvo más poder en tu vida?
 — En el secundario, como te decía. Ahí me agarré con todo a la poesía porque era mi manera de liberarme y de tener un mundo plasmado. Y, por primera vez, empezar a delinear mi mundo.