FUERA DE AGENDA | Valentina Bassi | “Demoré bastante en encontrar lo que me gustaba”

Publicada durante diciembre de 2015 en Tiempo Argentino

— ¿Qué películas te marcaron de chica?
 — En esa época veía mucho el cine que le gustaba a mi viejo. Vivíamos en Trelew y me acuerdo cuando se compró la videocasetera y veía las películas que alquilaba. Me acuerdo de un film de Ettore Scola en la que estaba Marcello Mastroianni que quedé fascinada. Tenía 11 o 12 años y me volví loca, me enamoré. A partir de ese momento ahí le empecé a pedir más películas de él. Una de esas películas, ojos negros, la volví a ver hace poco y de nuevo me pareció maravillosa. También me gustaba Fellini, todo el neorrealismo italiano. Se me abrió todo un mundo con aquella videocasetera (risas).

— ¿Qué te atraía tanto de Mastroianni?
— Para mí tiene un ángel que va más allá de su actuación. Es enigmático. No podés dejar de verlo. Y tiene una emocionalidad fuera de lo común. Es una actor que me conmueve muchísimo y me hizo reir un montón. A eso sumale un desparpajo en su vida, que me caía muy bien. sobre todo cuando estudiando súper conflictuada con las técnicas y pensamientos del tipo: ay Dios, esto nunca me van a salir. Y resulta que después veía una entrevista de Mastroianni que hacía loas de lo contrario, que no probaba nada antes de las escenas. Y eso me caía bien.

— Por el lado de las actrices, ¿hubo alguna que sintieras como una amiga o que siguieras sus películas?
 — No recuerdo que me pasara en Trelew. Sí me pasó que cuando ya estudiaba teatro me identificara con actrices argentinas: Leonor Manso, por ejemplo. Me fascina. Tuve la oportunidad de trabajar con ella cuando tenía 20 años en una película llamada Patrón. Conocerla fue genial, yo la admiraba muchísimo y ella me dio unos consejos que estaban muy bien. Y fue importante para mí porque aprendí de verla, de compartir escenas.

— Y entre tus lecturas iniciáticas, ¿alguna te marcó especialmente?
 — En la infancia, el primer libro fuerte, fue Rubio como la miel de José Murillo, un libro infantil que me conmovió. Y eso que no era de leer, hasta que apareció este libro. Recuerdo estar llorando en mi cama diciendo “no puede ser”, muy enojado con Murillo el autor y que a mi mamá le diera risa, lo cual me enojaba aún más. Después, ya de adolescente me acuerdo fascinarme con Mario Levrero, a quien conocí a través de la revista Péndulo, y que me encantó. También recuerdo ir a la biblioteca a leer Kafka, era medio darky y quería hurgar por ahí. Con el libro Metamorfosis me pasó algo muy gracioso porque no sabía lo que era una cucaracha. Y la explicación es simple: en Trelew no hay cucarachas. Vos hablás con cualquier patagónico y te va a decir eso. Entonces cuando leí el libro, que me re gustó, no entendía lo de la cucaracha. Me acuerdo que le pregunté a mi hermana: ¿pero en qué se convierte? Es como un cascarudo, me decía. Y es el día de hoy que leo Metamorfosis me viene la imagen del cascarudo, que no tiene nada que ver, porque ese es un bicho divino, a diferencia de la cucaracha. Evidentemente no había llegado a comprender la esencia del libro que es la asquerosidad a la que se había convertido el personaje.

— Qué cosas te dan orgullo de cómo te manejaste con tu carrera.
 — A mí me cuesta mucho gestionar mis propios proyectos. Como desde bastante chica me llamaron para trabajar, me acostumbré a esa dinámica y no cultivé el gestar los propios proyectos. Me falta la confianza para encarar eso. Después, cuando me convocan, me pongo la camiseta al instante. Salgo a batallar y me involucro y la paso genial. Pero en general no me sale a mí dar el primer paso. Un caso fue Teatro por la identidad, que con varios colegas dijimos: queremos laburar con Abuelas. Queríamos eso. Entonces, haber logrado eso me enorgullece mucho, porque haberme puesto ese proyecto sobre mis espaldas y que pudiese salir adelante, me pone muy contenta.

— ¿Tuviste algún guía dentro de la profesión?
 — Bueno, primero, mi profesor de teatro de Trelew, Luis Molina, que me ayudó a animarme a actuar. Me metió en un grupo de actores de allá que ya estaban trabajando. Y empecé a hacer giras y a laburar de actriz muy rápido. Fue un pantallazo de lo que iba a ser después. Una experiencia inolvidable. Porque imaginate de adolescente que te dicen ahora nos vamos a Comodoro, después a Esquel y después volvemos. Faltar a la escuela e irse de gira a actuar. Era el amor por la aventura, el amor por el teatro, todo. De hecho él no quería que me viniera a Buenos Aires a estudiar, porque se le desarmaba el grupo. Pero a último momento lo llamé y le dije: ¿mirá, me voy a ir igual, me recomendás a alguien, porque no tengo la menor idea de donde voy a caer? Y ahí surgió el nombre de Raúl Serrano, cuyas clases fueron la puerta de entrada a toda una movida teatral que no tenía la menor idea. Y que además me dio grandes herramientas y consejos. Uno de sus profesores, cuando me salió lo de la película de María Soledad, recuerdo que me dijo: no lo dudes, aceptá el proyecto ya, porque laburar de esto es muy difícil. Yo tenía una ingenuidad importante y por ahí pensaba que no tenía que ir a Catamarca a hacer la revista porque me perdía una clase de Chéjov.

— ¿Y al revés? ¿Te ha tocado también a vos dar consejos o guiar colegas más jóvenes?
 — Sí, me pasó. No soy de andar dando consejos. Pero a cualquier persona que me dice: yo quiero estudiar teatro, me agarra una locura por orientarla. Un poco también por mi propia historia. Porque siento que demoré bastante tiempo en encontrar lo que me gustaba. Entonces, cuando alguien me comenta que quiere estudiar teatro en seguida agarró un papel y le empiezo a listar las opciones (risas). A mostrarle la cantidad de caminos que podés tomar, los maestros que hay, que vos podés llegar a ser tu propio maestro y así. Me sale espontáneamente porque me veo un poco reflejada. Un momento re lindo y re frágil y súper intenso también.