NOTA | Bruno Stagnaro | “La adolescencia dejó una huella en mí”
Publicado el 1 de septiembre de 2018 en Sábado de La Nación

Cuando el año pasado Bruno Stagnaro estrenó Un gallo para Esculapio el desafío — grande — era estar a la altura de lo que casi 20 años atrás había generado con Okupas y Pizza, birra, faso, dos ficciones — serie y película — que calaron hondo y dejaron escenas entrañables. “Creo que con Un gallo… cumplimos, ¿no? Que estuvo todo lo bien que podría haber estado”, dice con moderada alegría quien hoy se encuentra abocado a la segunda temporada de la serie luego de haber ganado el Martín Fierro de Oro y efectivamente vuelto a presentar una historia de esas que quedan en la memoria y hacen que el espectador se encariñe con sus personajes. “Estamos en la recta final”, informa. “Ya terminamos de filmar y estamos cerrando la edición de cada capítulo. En octubre llega a las pantallas”.
—¿Qué podés adelantar de la trama?
— Que retoma la historia de Nelson (NdelR: un muchacho de Misiones, encarnado por Peter Lanzani, que termina envuelto en la mafia de la riña de gallos y una banda de piratas del asfalto) y un poco describe su retorno hacia el ámbito de Camino de Cintura donde empezó todo. Va a concluir las cosas que quedaron pendientes.
— En tus historias suele ser un tópico importante el de la amistad. De hecho, hay quienes dicen que Okupas fue un poco el Cuenta conmigo de aquel momento. ¿Coincidís con esa mirada?
— Supongo que no es casual porque me encanta Cuenta conmigo. La tuve como referencia en cuanto al esquema narrativo.
— ¿Qué te gustaba de esa película?
— Me sentí identificado porque mi gran grupo de amigos, igual que se muestra ahí, lo tuve a los 15 años. Ese momento en que sentís que te lanzás con ojos cerrados al vacío y sabés que te van a agarrar. Éramos del Nacional Buenos Aires y me resultó muy doloroso cuando se rompió el grupo, un duelo bastante importante de mi adolescencia.
— ¿Dos años que te marcaron de manera especial?
— Sí. Fue la sensación de poder ser uno mismo, de poder mostrarse tal cual sos, y no estar especulando ni siendo juzgado. Me quedó un mito fundacional de esa época. Algo que no pude recuperar. Dejó una huella en mí. Muchas películas que me gustan tienen que ver con eso: Cuenta conmigo, American Graffiti, historias de ritos iniciáticos. De hecho tengo la cuenta pendiente de hacer algo en el Nacional Buenos Aires. Es un buen lugar. Ediliciamente interesante.
— ¿Cuántos eran en tu grupo de amigos?
— Cuatro. Como en la película.
— ¿Y vos qué rol ocupabas?
— Un poco el del protagonista. Un intelectual en la búsqueda interior: tímido, conciliador. Aunque también un poco jodón. Era una mezcla en realidad.
— ¿Qué cosas hacían?
— Principalmente juntarnos en casas. Habíamos formado un grupo que se llamaba los anarquistas. Hacíamos pintadas en el colegio. Cosas así.
— Estamos hablando de los ochenta.
— En realidad del ’89 al ’91. En pleno quilombo de la híper.
— Te iniciaste entonces en la vida adulta en pleno menemismo. ¿Cómo fue?
— Ya antes de terminar el colegio me interesaba lo audiovisual. Con un amigo que ahora es un importante compaginador hicimos un programa de videos, una onda La Tv Ataca, de tono irreverente, que proyectábamos ahí. Y gustaba. Esa fue mi primera aproximación a la idea de producir y emitir.
— ¿Y después?
— Empecé a ir Universidad del cine aunque no terminé. En ese sentido, un factor muy importante en el desarrollo del oficio y en el manejo de la cámara y del montaje fue para mí el haber hecho muchos sociales: fiestas de quince, casamientos, eventos familiares…
— ¿Por qué?
— Primero porque filmás y tenés que contar una historia. El chiste es encontrar algo diferente en cada social. No repetir siempre lo mismo. Después, en cuanto a la cámara te da un pulso de puta madre. Te entrena mucho en la inmediatez de registrar lo impredecible, más por una cuestión propia que por la elegancia del otro lado. Y por último el montaje: te da herramientas, te forma mucho.
— Uno de tus fuertes como realizador es la carnadura humana de los personajes. Inclusive los secundarios. Todos con un mundo interior por descubrir. ¿Qué lugar ocupó la literatura para la adquisición de esa cualidad?
— Si bien no leo todo lo que me gustaría leer, me gustaría meterme en una carrera tipo letras para leer más, me doy cuenta un poco tardíamente que un tipo que me marcó mucho fue Dostoyevski. Ese tipo de escritura. Esas novelas que no son tanto de trama sino de describir más un paisaje interior. Eso creo que está presente en mi escritura.
— Tu papá, Juan Bautista Stagnaro, es un director de reconocida trayectoria en el cine nacional. ¿Qué visión tiene de tu trabajo?
— En general es bastante complaciente (risas). Aunque con Okupas recuerdo que el primer y segundo capítulo mucho no le convencieron. A partir del tercero le empezó a gustar más. Y cuando le di a leer el guión de Pizza, birra, faso me dijo, aunque ahora lo niega, que le faltaba un golpe de horno. Después cuando salió le gustó y fue un ardiente defensor.
— Y este tiempo que estuviste alejado de la tele, ¿te insistía con que volvieras?
— Sí. Pero viste que eso tiene que salir de adentro. No importa mucho lo que te digan de afuera
— Claro, pero que el pedido venga tu papá que encima es un reconocido director, debe jugar de otra manera…
— Por ahí al comienzo. Pero son cosas misteriosas: hasta que no llegue el momento que puedan destrabarse, no se van a destrabar. De todos modos, no es que “no hice nada”, todo lo contrario. Hice publicidad, hice documentales, hice otras ficciones y escribí guiones. Lo que pasa es que si sos director el mandato es que “tenés que hacer películas”. Y lo entiendo. Pero no estuvo alejado de la la realización.
— Muchos apostaban después de Okupas que te ibas a lanzar al cine y sin embargo todavía no lo hiciste, ¿es porque no querés?
— Sí. Aún no encontré algo de lo cual me sienta pleno. Pero no lo descarto. Veremos.
El vino, la bebida favorita
Stagnaro elige al vino como su bebida favorita. “Siento que me coloca en un estado de relajación adecuado. Y en ciertas situaciones sociales me permite aflojar mis rígidas estructuras internas”, asegura. “En general tomo Malbec. Y cuando estoy algo agobiado en procesos de escritura a veces cometo el error de relajarme un poco a través del vino, lo cual invariablemente me lleva a un muy buen primer momento. Y al abandono poco después”, agrega con una sonrisa. “Pero sin duda cumple la función de alivianar la carga”.
