NOTA | Daniel Kuzniecka | “Todavía se condena el uso de malas palabras”

Publicada durante julio de 2011 en Tiempo Argentino

A principios de los ochenta, casi a la par del retorno de la Democracia y la incipiente primavera alfonsinista, comenzó a circular entre los jóvenes y no tanto un libro de alto contenido provocador: Las Malas Palabras, de Ariel Arango. El texto, escrito por un psicoanalista con buena muñeca para lenguaje llano y divulgador, se convirtió en un inesperado best-seller y símbolo del destape de la época: las malas palabras no eran sino tabúes mal procesados; represiones que una vez develedas — y reutilizadas — permitían vivir mejor.
 
“El libro te contaba su la etimología de las malas palabras, su historia, y te dabas cuenta que no tenía sentido hablar con pudor de algunas partes del cuerpo y de otras no. Que hablar con malas palabras hasta te permitía una sexualidad superior. Fue una biblia para mi generación”, sostiene Daniel Kuzniecka, responsable del unipersonal homónimo que ya testeó en el Konex y distintas funciones en el interior, y que en estos días llega al Teatro Porteño.
 
 — ¿Por qué volviste al libro después de todos estos años?
 — La verdad es que el texto nunca me dejó de acompañar. Lo volví a leer en los ’90 y también el año pasado, cuando me propuse preparar un espectáculo unipersonal. Me contacté entonces con Arango, escribí esta versión y la estrenamos por primera vez en el Konex el año pasado. La novedad fue que le dimos un formato de conferencia didáctica que ahora derivó en una obra transmedia donde la discusión sigue fuera de la sala a través de nuestra página web y las redes sociales. Allí ofrecemos beneficios, un ida y vuelta con el autor y con el público entre sí, y actividades extra como una entrevista con Arango moderada por mí. La idea es formar, a partir de la obra, una comunidad.
 
 — ¿Qué desafíos te planteó como actor?
 — En primer lugar, la decisión de elaborar un sistema en el que el espectáculo tome su forma a partir de la interacción con el público. No quería hacer una puesta en escena rígida. Por eso la idea de una obra transmedia. Y no fue fácil: el proceso fue muy angustiante por momentos. Tengo 15 años de carrera. Tengo mis películas, mis obra de teatro. Y que un tipo con perfil ‘serio’ se pare al frente del escenario para hablar de estas cosas no es común. Es arriesgado. Pero la verdad que me levantaba con tanto brío durante los ensayos que no tuve dudas y me tiré a hacerla.
 
 — ¿Cómo es la puesta en escena?
 — Fue tomando la forma de los grandes documentales televisivos. Esos que veíamos de Jacqes Costeau o Carl Sagan. Por momentos pongo la voz en off como si fuera un locutor mexicano (risas). Pasamos por distintos géneros como el stand-up, el documental, la disertación, la cita textual, los recursos visuales.
 
 — ¿Y qué balance hacés de la respuesta del público hasta ahora?
 — Estoy conforme. Considero que logré una versión que hace que la obra no sea soez, no apueste a la risa fácil y sí al compromiso. Ya la presentamos por el interior y la gente respondió muy bien. Yo generalmente salgo después de cada función y me pasa que la gente me viene a preguntar cosas del libro. Queda interesada.
 
 — Las malas palabras salió publicado en el ’83. ¿Por qué creés que mantiene su poder transgresor?
 — Yo creo que todavía se sigue condenando el uso de las malas palabras. Por eso el libro es aun vigente, pese a que ya tiene 25 años. Cuando lo lee, la gente se conmueve igual. Y lo mismo va a pasar con la obra. Es cierto que por ahí hoy la pendejada habla más ‘guarro’ entre amigos. Pero eso todavía no se trasladó a otros ámbitos. Todavía influye mucho el contexto. Y el libro te lo muestra.