NOTA | La Ola que quería ser Chau | Canciones de amor embarradas

Publicada en marzo de 2010 en la revista La Mano

No cambian la historia del rock ni dan el batacazo del año, el disco debut que todos elogian y los catapulta al estrellato. Pero sus canciones, veloces arranques de melodía y furia contenida, emocionan. Y sus recitales — concisos, furiosos, sensibles — marcan pequeñas celebraciones allí donde se presentan. Se llaman La ola que quería ser Chau y hasta hace poco eran tres: Migue en la guitarra nirvanera, Nico en el bajo arengador, y Marina en la bata que sostiene todo desde atrás, casi como una Maureen Taucker igual de precisa y pequeña.

Ya entonces formaban un trío arengador y contagioso, con dos o tres de esas canciones que te saltan al cuerpo apenas las escuchás. Pero entonces ingresó Rocío, la novia de Migue, al bajo (Nico entonces pasó a la segunda guitarra), y La Ola tal como la conocemos terminó de erguirse y romper. Como un tsunami. “Hacemos algo así como ‘canciones de amor embarradas’”, no dudan en responder cuando se les pregunta por su música. “Los huesos del alma rotos de felicidad”.

Y su EP debut, Entre un ladrón y una beba de seis meses, es una buena muestra de ello. Temas de factura lowfi que te llevan como en una montaña rusa — con sus picos y bajones — y letras que cuentan el barrio tanto desde lo cotidiano (la coqueta que le gusta ir a la panadería sólo para que la vean comprar, por ejemplo) así como desde la propia convicción (“estamos cambiando/ pensando todo el día en lo que hacemos/ haciendo todo el día lo que pensamos”, cantan en Estamos).

Canciones que nacieron durante el verano (“Muy tranquis, con el perro y la pileta”, detallan) y que denotan el impacto del indie americano (Daniel Johnston, Beat Happening; ambos vía Cobain) y de alternativos locales como El Otro Yo o Boom Boom Kid, aunque ellos prefieran nombrar a sus pares: “Nos influenciamos más de bandas que tocamos seguido como Guerra de Almohadas, El Mató o Viva Elástico, que de grupos importantes de acá o de afuera”, remarcan con orgullo. Una sintonía con el rock contagioso y arengador que también incluye a Los Reyes del Falsete, Valentín y los Volcanes y al gran Reimon, el solista caótico de La Plata: “Hace poco nos mudamos a City Bell y lo tenemos de vecino. ¡Aprovechamos para zapar juntos y tomar mate!”, cuentan sobre él.

Antes habían participado de una pequeña escena porteña que reunía a bandas como Tengo un grupo Musical, Maldito Maniquí o Macramota, y que hacía pie en los acústicos del Pachamama, el epicentro de la literatura pulenta (de Funes a Incardona, pasando por Oyola, Levín y demases). Allí surgieron los primeros temas y hasta coquetearon con la posibilidad de fundar e instalarse en un Centro Cultural en Villa Ballester. Pero un incendio terminó con toda ilusión: “Estuvimos un año pagando los arreglos”, se lamentan, sin dramatizar.

“Imaginate una ola que está ahí con toda la energía, como quedada en el tiempo o trabada en algo, y que nunca rompe. ¿Para qué carajo es ola?”, explicaron hace poco, en una entrevista para El Acople, a propósito de su particular nombre. “Yo me sentía como una ola re manija que nunca rompía”, contaba Migue. Está claro que La Ola finalmente rompió y que ese momento es hoy.