NOTA PERFIL | Muhammad Alí | El ícono negro del Estados Unidos más convulsionado

Publicada en abril de 2007 en la revista Clase Ejecutiva de El Cronista

En ocasiones gana el asombro técnico, la conciencia de que se está ante un fuera de serie (Tyger Woods en el golf, Roger Federer en el tenis). Y en otras, la verborragia, la capacidad del deportista — más allá de su talento específico — de afiebrar las mentes de su época, de convertirse en perfectos síntomas de una carencia, ronchas violentas de un malestar (José Luis Chilavert y sus filosas declaraciones, por ejemplo). Pero a veces — algunas pocas veces — lo que ocurre es una síntesis, el talento a la par del aura, el ícono sumado al genio. Es el caso de Diego Maradona, obviamente. Y antes, el de Muhammad Alí, el boxeador que alguna vez se llamó Cassius Clay, pero que a fuerza de hitos, pasó a ser The Greatest, el más grande de todos los tiempos.

“Alí es el mayor ego de Estados Unidos. Y la más veloz personificación de la inteligencia humana habida hasta el momento: es el mismísimo espíritu del siglo XX, el príncipe del hombre masa y los medios masivos de comunicación”, supo sentenciar el escritor Norman Mailer, amigo cercano de Muhammad y autor de El Combate, relato alrededor de la famosa pelea Alí vs Foreman del ’74. “Un héroe no sólo por su talento arriba del ring, por demás indiscutible. Sino también porque conservó la dignidad cuando su propio país, el más poderoso del mundo, se le volvió en contra”, completa a Clase Ejecutiva el escritor Marcelo Figueras.

Símbolo del anti establishment, estrella pop, rapero pionero, sex symbol, canchero, deportista vivaz, pocas figuras del siglo XX reunieron tanta condiciones para convertirse en íconos culturales como Muhammad. “Los Beatles y Alí fueron los transgresores mas importantes que tuvo la segunda parte del siglo XX. Los más creíbles y masivos. Que hoy Alí sea propuesto para el Nobel de la Paz es porque daba solución en donde ni la política ni la cultura ni el arte llegaban. Con él se han intentado hasta parar guerras”, señala el legendario cronista de box Osvaldo Príncipi. Su colega, Daniel Guiñazú, completa: “Una figura que trascendía largamente el boxeo. Capaz de hablar mano a mano con Malcom X, Martin Luther King, los Beatles, Andy Warhol, Norman Mailer. Alguien que aprovechó el boxeo para ampliar su auditorio y lograr que su palabra obtuviera mayor resonancia”.

Crónica de un despojo
Hasta el día en que lo suspendieron y le sustrajeron el título mundial, Muhammad Alí no era mucho más que un gran boxeador. Es cierto, al nivel de los más grandes: Rocky Marciano (con quien compitió en un simulador de boxeo en… ¡1970!) o el legendario Joe Louis, el campeón pesado que reinó entre los ’40 y ’50. Pero eso sí, fanfarrón (de los que fascinaban al periodismo con sus declaraciones soberbias e ingeniosas antes de cada match) y bastante más controvertido. Sobre todo, por su afiliación a los Musulmanes Negros, grupo radical que lo indujo a abandonar su nombre de nacimiento (Cassius Clay, por pertenecer al dueño de su abuelo) y que propugnaba como solución al racismo la separación total entre blancos y negros.

Sin embargo, no fue hasta la suspensión que sufrió hace algo más de cuarenta años — el 28 de abril de 1967 — que Muhammad se convirtió en lo que finalmente fue: uno de los íconos máximos de la contracultura estadounidense (capaz de fascinar con su filosa verba y sus posicionamientos irreverentes a intelectuales y escritores, así como a artistas pop y de vanguardia) y, tal vez, el primer ídolo deportivo de alcance global, antes que Diego Maradona, Michael Jordan o Ayrton Senna. “Sus peleas eran de las primeras en ser televisadas a todo el mundo. Coinciden con la transmisiones por satélites y la conversión del deporte en un espectáculo mediático”, señala al respecto Guiñazú.

Claro que también tanta exposición mediática le jugó en contra. La gota que rebalsó vaso — luego de reconocer su adhesión al Islam y cambiar su nombre — fue su negativa por incorporarse al ejército de Vietnam. “Ningún Vietcong me ha llamado nunca nigger. No veo porqué debería ir combatirlos”, sentenció. Y millones de afroamericanos se sintieron inmediatamente identificados. La “ofensa” le costó la suspensión por 3 años como boxeador profesional y la consiguiente pérdida del título mundial. “A diferencia de Elvis, que en su momento se integró de buen grado al servicio activo, Alí hizo uso de su derecho al disenso en un país democrático. Y pagó un precio carísimo sin chistar ni una sola vez”, rememora Figueras.

La condena, sin embargo, tuvo un costado “positivo”. Convirtió a Muhammad en referente de la contracultura de Estados Unidos — reverenciado tanto por los escritores del New Yorker y del mensuario Esquire, como por los negros del Bronx — , y en ícono mundial. “Con el tiempo, cada pelea de Alí se convirtió en un cuento”, afirma Príncipi. “Sus grandes combates son recuerdos comparables a los primeros trasplantes transmitidos por satélite o la emisión de la llegada del hombre a la luna. La caída de Sonny Liston en el segundo enfrentamiento con Alí es uno de los diez cuadros más famosos del mundo”, señala.

Flota como abeja, pica como avispa
Sin duda, el gran hito en la carrera de Alí fue la pelea que libró contra George Foreman en Zaire. Y que reunió el récord de $ 5 millones para cada contendiente. El mundo se paralizó durante los electrizantes nueve rounds que duró el combate y que, además del indudable interés deportivo, supuso el enfrentamiento entre dos modelos antagónicos de adaptación al star system: la conforme, educada y aséptica de Foreman; y la irreverente, resentida y molesta de Alí. “Había dos negros sobre el ring, pero sólo uno luchaba por algo más de $ 5 millones”, escribió Osvaldo Soriano en una recordada reseña para la revista Crisis. Una trascendencia que se agigantó aún más porque Alí, contra todos los pronósticos, ganó. Su fortaleza fue principalmente mental. “Primero se convenció él mismo de que Foreman no le podía ganar, después a sus entrenadores y después al propio Foreman. Al final, el otro se cayó de impotente”, grafica Guiñazú.

“En el boxeo Alí condensa una definición práctica y simple: deporte, espectáculo y trabajo”, define Príncipi. “A mi entender ha sido el mejor peso pesado de la historia. En esa categoría existe un cuadrado de oro: Jack Dempsey, Rocky Marciano, Joe Louis y Muhammad Alí, quien perfeccionó la obra de los anteriores, la evolución del sistema de boxeo en estilo y pelea”. Por algo, uno de los lemas favoritos de Alí era aquel que pronunció e hizo famoso antes de su primera pelea con Sonny Liston (1964): “Floto como una mariposa, pico como una abeja”. Un estilo por demás atípico y heterodoxo: veloz como su amado Sugar Ray Robinson (peso mediano) y cerebral como Louis. Y esto sin contar la inusual capacidad de vencer “psicológicamente” sus rivales.

De acuerdo a Rey del Mundo, apasionante biografía a cargo de David Remnick (premio pulitzer y director del New Yorker), Alí solía leer de las entrevistas de sus rivales de pe a pa con el objeto de encontrarles la tara emocional que los volviera vulnerables. Así, a Sonny Liston le enrostró la falta de reconocimiento que recibía del público debido a su pasado presidiario y vinculado a la mafia. Y, a Floyd Patterson, su otro rival de los ’60, su condición de “Tío Tom”, el negro bueno respetuoso y valorado por el establisment blanco. Luego repetiría el procedimiento con sus archirrivales de los ’70: Joe Frazier y George Foreman, como brillantemente retrató el documental Cuando fuimos los mejores, ganadora del Oscar en el ’96. Por su puesto, había mucho de show en la perorata que Alí hacía frente a las cámaras. Pero era justamente esa capacidad histriónica lo que daba muestras de su fortaleza mental (capaz de incidir emocionalmente sobre su rival), y lo que, al final de cuentas, convertía esas grandes peleas en peleas memorables e icónicas, más allá de que el Alí de los ’70 fuera marcadamente inferior que el de los ‘60.

“En la segunda etapa, luego de la suspensión, Alí pierde su velocidad de piernas. Y entonces se vuelve fuerte y con capacidad para soportar el castigo. Su fortaleza de mandíbula hizo que absorbiera golpes que a cualquier otro boxeador lo hubieran mandado al piso”, sostiene Guiñazú. Una resistencia al castigo que luego derivaría en el Mal de Parkinson, la enfermedad que lo aqueja hoy. Pero que en ese momento le permitió vencer a rivales más jóvenes y potentes que él. “Si bien Muhammad fue boxísticamente inferior a Cassius, como personaje se puede decir que lo ahogó, lo sepultó”, señala Príncipi. Y agrega: “Alí fue un tipo respetado y sabio, y Cassius fue un tipo verborrágico y resistido”.

Si se compara la trascendencia de aquellos combates con la repercusión que genera el boxeo hoy, el logro de Alí se magnifica. “No es que ahora no existan boxeadores de calidad. Existen. Pero no suscitan demasiado interés más allá del ambiente. Quizás Mike Tyson fue el último”, analiza Guiñazú. La nostalgia tal vez provenga de cierta comparación con los irrepetibles ’60: sus rupturas estéticas, sus revueltas juveniles, el inconformismo creativo que dotaba de signficado mítico toda idolatría mundial (Elvis, Marilyn Monroe, los Beatles, Muhammad). Pero lo cierto es que en el mundo del box, y del superestrellato deportivo en general, aún espera se otro Alí. Alguien que vuelva a traer, desde el fondo de la historia, la verdad de un corazón. Y gane por KO.


Cuando Alí fue argentino

Alí no tuvo un vínculo fuerte con nuestro país hasta la recordada pelea con Ringo Bonavena el 7 de diciembre de 1970 en el Madison Square Garden. A partir de entonces, se convirtió en un favorito, tanto del público de box como del no especializado, y cada pelea suya fue seguida por millones de argentinos. Literalmente. “Tuvo 79.3 puntos de rating, una marca aún hoy sólo superada por la semifinal Italia — Argentina, del Mundial ‘90”, consigna Daniel Guiñazú. “La pelea despobló Buenos Aires al punto que canal 11 (que era de Ricardo García, compadre de Bonavena) puso la pantalla negra y un cartel que decía: ‘Vea canal 13’”. Un evento que marcó un antes y un después en la relación de Muhammad con la Argentina. “Aquel 7 de diciembre, nació un Alí argentino. Apareció un consumo pro Alí y un cariño que se vio reflejado en el apoyo que recibió en las peleas que después hizo con Frazier y Foreman”, sostiene Osvaldo Príncipi. “Después al venir al programa de Horangel y al hacer una exhibición en Atlanta con Miguel Ángel Páez, Alí terminó de ganar una imagen más tierna y humana en la percepción de la gente” agrega.

Ahora, bien. ¿cómo fue la pelea? “Fue muy buen: cambiante, eléctrica”, define Príncipi. “Bonavena rindió más de lo que el mundo esperaba. Y Alí mostró que ya no era Cassius”, recuerda. “Todos suponían que Muhammad sacaría a Ringo del cuadrilátero — agrega Guiñazú — . Y sin embargo no pasó papelones. Terminó perdiendo porque se jugó a ganar por knock out. Fue una actuación que prestigió a Bonavena: hizo de esa derrota la mejor pelea de su vida”. Otro momento icónico asociado a la vida de Alí.


¿Sabías que… ?

Muhammad Alí y Joe Frazier entablaron una de las rivalidades más inolvidables de la historia del box. Con dos victorias para The Greatest, una para Joe, y una enemistad personal que no pudieron disimular ni cuando 40 años después un canal los juntó para rememorar las disputas. Pero lo curioso es que la trilogía tuvo un bonus track. Y fue cuando Lalia Alí y Jackie Frazier-Lyde, sus respectivas hijas, se enfrentaron en un ring el 8 de junio de 2001. El match fue disputado, pero dio como ganadora a Lalia cuando hizo prevalecer su jab y su mentalidad ganadora. Como no podía ser de otro modo.


Dicen de mí…

“Llegué a tomarle cariño a Alí. Al final entendí que yo no era más que un boxeador. Él, en cambio, era historia” (Floyd Patterson, ex campeón mundial)

“Sus discursos eran dulces y tenían melodía; cuando hablaba, casi cantaba. ‘Flota como mariposa, pica como abeja’. Esas palabras fueron las letras de rap más famosas. Alí fue un portavoz, un mensajero, un profeta, un representante, un diplomático y un embajador. Fue un rey. En cierta forma, su historia casi alcanza proporciones bíblicas. Érase una vez un rey que fue grande y poderoso toda su vida y ganó grandes batallas. Y en su vejez fue privado del talento con que Dios lo bendijo. Aunque ahora está callado, habla más fuerte que nunca” (Darryl Mc Daniels, integrante de Run-DMC, el primer grupo de rap que consiguió un Grammy).

“Era guapo, era simpático, era fuerte. Fue nuestro radiante príncipe negro. Para la gente negra fue como un Dios”. (Spike Lee, cineasta)